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El 30 de noviembre de 2013 se publicaba, por primera vez, The Ancient Magus Bride en la revista Comic Blade — aunque luego pasaría a formar parte del catálogo de Mag Garden. Han pasado casi cinco años y hasta ahora, la obra solo ha logrado publicar nueve volúmenes recopilatorios.

No es algo de extrañar. Y es que la obra tiene una publicación mensual. Por capítulo. Es una pequeña tortura para sus seguidores —recordemos que el ritmo medio de publicación suele colocarse en los cuatro capítulos mensuales— pero que también se ha convertido en parte de su sello. Quizás es una apreciación personal, pero siento que es un formato en el que su autora puede desenvolverse con mayor facilidad.

Un camino de distensiones

No lo digo por los tiempos o los ritmos, sino por su trasfondo. Porque la historia que Kore Yamazaki cuenta en sus líneas se aleja de pretensiones generales —porque la suma de sus factores nos llevaría fácilmente al shonen clásico— para crear algo diferente. Es un manga de tempos lentos, de excesivos detalles en su dibujo y una sensación envolvente generalizada que se entiende, precisamente, con ese transcurrir pausado de sus días.

The Ancient Magus Bride pinta un mundo mágico, repleto de detalles y secretos. Pero su premisa no es tanto la de hablar de estos lugares y criaturas, sino de cómo ese conjunto afecta a Chise y Elias. No importa si la acción pone un ojo en una maldición, en un dios antiguo o en el nuevo viaje a la tierra de los dragones, porque la idea es la misma. Lo representa en esa escena en la que ambos hablan de la distancia cuando Chise se encuentra con Lindel o en cómo luchan por encontrarse tras la aparición de Ashen Eye.

La idea, insisto, siempre gira alrededor de ambos. Sin embargo, el último arco del manga se adentraba en el drama y la acción de una forma tan brusca que las pausas hacían mella en ella; se ahogaba. No es que perdiese fuerza, porque la introspección sobre el pasado de Chise, la historia de Cartaphilus y Joseph y como las maldiciones de ambos afectaban a sus vidas servían como punto de ancla. Pero con la espera era más fácil perder el hilo y así su épica se disolvía ligeramente entre sus viñetas.

La coherencia de las pausas 

Pero tras ello se cerró un ciclo. Su anime llegó a su fin, casi al mismo tiempo que la entrega original, y todo quedó cerrado. De hecho se cuestionó si Yamazaki continuaría la obra y como lo haría en el caso de que así fuese. Lo cierto es que lo hace de una forma que la enmarca totalmente. Porque Chise sigue sobreviviendo a su maldición y Joseph aún vive, adormilado, por el hechizo de la misma.

Pero la acción ha quedado en segundo plano y ahora, tras todo lo vivido, es hora de pasar al formato escolar. No solo es un punto acertado para la distensión de su historia, sino que a su vez crea nuevas oportunidades para explorar a ambos personajes. Es la primera vez que permite a la chica socializar, abrirse a nuevas personas. Y el papel de Elias —que ahora ejerce como maestro— es incluso más importante porque descubre esa parte de sí mismo que ya había surgido del contacto con la chica, su lado más humano.

Es una forma, también, de explorar hasta qué niveles llegan las influencias de Yamazaki —en su extensa mayoría paganas—, descubriendo que existen todo tipo de usuarios mágicos en el mundo en el que habitan y que no todo tiene porque derivarse de magias y seres antiguos. Alcanza un tono mucho más personal, algo que se había comenzado a tocar con Stella y especialmente en ese episodio en que Chise visita Londres junto a Angelica. Pero aquí hablamos de compartir un espacio, de habitar con otras personas. De las tensiones que surgen del día a día en un lugar que les es ajeno a ambos.

Es, de nuevo, un nivel totalmente diferente. Uno en el que se permite a sus personajes soltarse sin contar con grandes incursiones y sin la necesidad de introducir un arco dramático —como es el caso de Joel y Redcurrant o cuando se adentran en el pasado de Silky.

Quizás sea una apuesta arriesgada porque en el momento de escribir estas líneas el nuevo arco apenas ha sumado cuatro capítulos. Pero en tan poco espacio su autora ha sabido construir mejor a sus personajes y relaciones de lo que lo hacía en la entrega anterior. Deberemos esperar, pero siento que The Ancient Magus Bride ha vuelto a reencontrarse. Y no es que la trama esté falta de secretos porque hay incógnitas aquí y allá y la tensión aumenta en un segundo plano. En las sombras, pero constante.

Sabe que sus pausas tienen más coherencia cuando realmente necesita de ellas, cuando puedes volver a sus páginas y sentir su envoltura sin necesidad de pasarlas hacia atrás para recordar esta o esa otra batalla. Y en la víspera de su quinto aniversario es algo que hace honor a sus líneas. Un retorno que no es tanto una vuelta a casa como un paso en la mejor dirección para una obra como la que Kore Yamazaki intenta pintar.

Óscar Martínez

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