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La cara oculta de la luna en El PalomitrónProbablemente la cara más deshumanizada del capitalismo, la más salvaje, y también la más agresiva, sea la liga de las fusiones y adquisiciones, una jungla poblada de depredadores con la más alta formación en la que el único objetivo, en la mayoría de los casos, es ganar a toda costa, y si ello conlleva la humillación del equipo rival, pues doble triunfo y palmadita en el hombro asegurada. Una liga de verdaderos champions en la que los jugadores se ven obligados a aparcar cualquier conato de moral o ética en su toma de decisiones si lo que quieren es aspirar a la victoria. Una liga que solo pueden jugar perfiles muy determinados y que resultaría muy poco saludable para la mayoría de nosotros.

Urs Blank, el protagonista de La cara oculta de la luna, es un crac en esto, y su proyección parece no tener límite. Observador, perspicaz y frío como el hielo, juega con inteligencia sus bazas para conseguir sus objetivos y sumar hitos a su historial profesional. Lamentablemente, su sólida (y ascendente) trayectoria se verá interrumpida cuando uno de sus adversarios derrotados en el inhumano mundo de las finanzas de alto nivel se suicida delante de sus narices, tambaleando de forma contundente su visión de las cosas y transformando su férrea pirámide de aislamiento en un castillo de naipes desmontado sin mucho esfuerzo, y sin previo aviso, por los vientos de la ética y la deontología. A partir de este momento, Urs Blank empezará a cuestionarse su realidad y tendrá que lidiar con los planes de Pius Ott, un agresivo empresario farmacéutico sin escrúpulos dispuesto a no perder a su mejor jugador.

LA cara oculta de la luna en El PalomitrónHasta aquí todo muy correcto, y además interesante. El planteamiento de la cinta del alemán Stephan Rick convence y se beneficia de un cuidado trabajo en fotografía y diseño de producción. Pero solo hasta aquí, porque tras un sorprendente (y poco convincente) flirteo de Urs con alucinógenos, el guion empieza a acumular conductas y situaciones muy difíciles de entender o defender. Y como si de otro castillo de naipes se tratase, el interés comienza a evaporarse por culpa de un guion imposible que se refugia en las metáforas (rozando la fábula en el sentido estricto de la palabra) para justificar un festival de desatinos narrativos insólito y muy poco esperado en los primeros compases del metraje.

Los trazos de nuestro personaje protagonista se difuminan en una espiral de violencia difícil de explicar e imposible de controlar, brindándonos episodios de pura esquizofrenia poco desarrollados y muy someramente explicados, confiando siempre, eso sí, en que sea el espectador el que termine el trabajo de un pobre guion que lastra sin piedad la función, incapaz de trasladar al lenguaje cinematográfico la novela homónima de Martin Suter.

Pese a todo, es de recibo reconocer el esfuerzo de su reparto, y aunque Moritz Bleibtreu, actor alemán que os sonará a muchos gracias a sus escarceos con la industria norteamericana (Munich, Guerra mundial Z o El quinto poder, entre otros títulos), parezca pasado de rosca en alguna secuencia, lo cierto es que es único elemento que nos anima durante toda la película. Él y las apariciones en escena de Jürgen Prochnow, una bestia parda de la interpretación con casi 45 años de filmografía a sus espaldas en títulos de toda condición y nacionalidad, muchos de ellos muy populares y conocidos (El submarino, Dune, Air Force One, El código Da Vinci, o incluso la española La conjura de El Escorial).

Un título, en definitiva, que ha tardado dos años en llegar a nuestras carteleras y que en conjunto poco o nada aporta, aparte de servir como ejemplo perfecto si queremos recuperar títulos con interesantes premisas desperdiciadas por un guion insalvable.

LO MEJOR:

  • Su fotografía y diseño de producción, que no es suficiente ni de lejos.
  • La presencia de Jürgen Prochnow, ideal para el papel.

LO PEOR:

  • Que prometa tanto en su primer tramo y falle tan estrepitosamente en su segunda mitad.
  • No es capaz de mantener el interés, pese a sus escasos 98 minutos.

Alfonso Caro

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