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Hajime Isayama es todo un portento utilizando la crueldad como recurso narrativo. No es algo ajeno al género y hay otros autores, como Sui Ishida, que también saben bailar con estos tintes oscuros para obtener la historia que buscan. Pero, lo cierto es que en la obra de Isayama hay cierta belleza. Una inspiración oculta en la tiranía de lo cruel, de lo angustioso. Del causar dolor.

No hay más ver como abre Shingeki no Kyojin, con un golpe; la grotesca muerte de la madre de Eren. Es una visión terrible que se repite una y otra vez, definiendo la estructura que mueve los engranajes de la obra y la encamina a lo que Isayama quiere que sea. La crueldad reina siempre sobre sus cielos, dicta sentencia y ejecuta sin mostrar clemencia. Una impiedad que guía, enseña y marca la trayectoria a personajes tan importantes como Historia Reiss.

Destronando a los tópicos

Shingeki no Kyojin siempre se ha alejado de los conceptos clásicos del manga. Un punto que la obra aprovecha para empoderar a la mujer y olvidar los clichés que suelen encasillarla en el medio. Y es que, en el fondo, Isayama parte de unos importantes valores antropológicos en su obra. Incluso tratándose de un título de corte fantástico, nunca pone a una persona por encima de otra.

Esta forma de romper con los tópicos, de tirar muros, se reflejan en Mikasa primero, en cómo defiende a Eren desde su infancia —un ejemplo que, además, sirve prácticamente como choque cultural al ser la mujer quien defiende al hombre sin que se cuestione su capacidad para hacerlo. Pero es algo que se extrapola al resto de su plantel de personajes femeninos. Sasha y la capacidad para abandonar su hogar en busca de algo mejor; Annie, que se infiltra en las murallas para dar caza a la persona que contenga el poder del titán fundador o Ymir, que es el más puro ejemplo de superación y auto-sacrificio.

Y es ella, la propia Ymir, quien se convierte en la piedra angular de la vida de Historia. Una importancia capital que no solo influye en su vida y trayectoria, sino que origina un nuevo fragmento de la obra donde Eren y la propia Historia intercambian papeles por momentos. Donde ella, la nueva reina por derecho de sucesión, demuestra que su valentía no la convierte en monarca. Pero su fuerza y determinación la elevan e invisten como la reina sobre el muro.

Creciendo entre sombras

De nuevo, y dejando incisos a parte, la crueldad de Isayama se encuentra especialmente presente en la vida de Historia. Abandonada por su padre, olvidada por su madre, la chica representa poco más que un borrón —una mancha— en el historial de la oculta familia real. Algo que atenta contra su propia existencia y trastorna su personalidad hasta el punto de pensar que es mejor sentir dolor a no sentir nada.

Es notable en esa escena en la que la chica es rechazada violentamente por su madre tras intentar abrazarla por primera vez. Un acto horrible que, ella, ajena al sentir, a la calidez del amor humano, entiende como algo positivo. Una respuesta que, incluso acompañada del punzante dolor, representa la única forma de romper su encarcelamiento de soledad. Historia sólo conoce el rechazo en su vida. Hasta Frieda —su medio hermana— utiliza sus poderes para alterar los recuerdo de la niña. Incluso la única persona que quizás llegase a amarla en algún momento de su vida la rechaza.

Hay un aislamiento social, la idea de que el problema reside en ella. Es un acercamiento a la idea del repudiado, el núcleo argumental de otras obras como Naruto. Pero en Shingeki no Kyojin es algo más afilado. Porque incluso aunque la obra se cuente siempre en un contexto épico, en cómo la humanidad debe sobrevivir al ataque de los titanes, hablamos de un título extremadamente político por necesidad. Hay una tensión enorme, la idea de encerrar a miles de personas tras unos muros y esperar que el gobierno haga su trabajo y mantenga un sistema rígido y prácticamente amoral que se sustenta en el modelo feudal clásico.

Resumiendo, existe una tensión. Pero no es una en sí misma, sino cientos de ellas, que sustentan la obra a su vez. Miedo, autoridad, soledad, ansiedad. Shingeki no Kyojin, en su totalidad, es una masa agónica. Y dentro de ella, Historia ocupa un papel importante. Es una chica que nada contracorriente. Supera la soledad, la enfrenta e incluso tras la muerte de su madre y la obligatoriedad impuesta por un estado en el que es incapaz de creer, acepta las condiciones y se une al cuerpo de Cuerpo de Exploración —lo que muchos consideran un suicidio— para seguir con su vida.

Vive por ti y solo por ti

Su entrada al cuerpo es un cambio necesario en su vida. Pero lejos de como eso afecta o no a la obra, lo que importa es como Historia, Krista en ese momento, supera su propia vida, la deja atrás y avanza sin freno. Hablamos de una persona azotada por la desgracia, rechazada por todas y cada una de las personas que han pasado por su lado.

No solo es que Krista —por respetar al guión de Isayama en ese punto— supere sus miedos, sino que consigue incluso socializar. Hacer una vida, por decirlo de alguna forma, normal. Incluso rota en mil pedazos, se siente capaz de cargar con todo el peso de su vida, hacerlo a un lado y servir como soldado. Por si fuera poco, sus apariciones el punto más álgido de la historia son escasas, pero siempre relacionadas con la asistencia. El momento en que le lleva pan a Sasha, cuando ayuda a Reiner, Jean y Armin durante el Arco de la Titán Hembra…

Es algo que se relaciona de forma intrínseca con su relación con Ymir. La única persona que sabe de su existencia, con la que se siente fuertemente identificada. Es ella, Ymir, quien consigue que Krista recupere su vida. Le despoja de su máscara, le arrebata sus ganas de vivir por nada, de encontrar una excusa para morir de forma heroica y dejar al menos algo tras su nombre al desaparecer. Es la propia Ymir quien le suplica que, en el momento de revelar su secreto, Krista tome su vida y se convierta en quien es realmente.

Y es precisamente por eso, por el peso emocional que contiene la escena, que la ruptura de la chica con su vida resuena a lo largo de toda la obra. El momento en que Krista se levanta sobre la muralla y no pide, sino que ordena a Ymir no perder la vida en la batalla. Es un grito de libertad, un preludio a la ruptura de sus grilletes. Un acto que desencadena una serie de acontecimientos que juegan con el plantel narrativo de la obra y la enfocan a un apartado más personal. Como si hablara de corazón a corazón. Pero no entre la obra como tal y su espectador, sino entre ambas chicas.

Enemiga de la humanidad

Pero incluso así, su autor sigue explorando la crueldad con ella. Prácticamente todo el Arco del Enfrentamiento de Titanes se dedica a la chica. A realizar una introspección sobre ella y su relación con Ymir. Pero vuelve a ser abandonada, a quedarse sola. Si bien, es precisamente su lección de humanidad la que invita a la chica a dejarla atrás, sigue siendo Historia quien se queda sola.

Y es por ese mismo motivo que la tercera temporada de Shingeki no Kyojin abre de la forma en que lo hace. Porque está ese grito silencioso que conectará de alguna forma con su final, la idea del mar, del cambio de tempos. Pero cuando la cámara vuelve al presente, es Eren quien habla con Historia para demostrarle su aprecio. Y es una escena seca, con mucho valor sentimental, pero poco trasfondo y una ejecución paupérrima, pero es una extensión de su propia humanidad. De los lazos afectivos y la dificultad para relacionarse, porque tanto Eren como ella han pasado por tanto y han sufrido tantas pérdidas, que las verdaderas murallas son las invisibles, las que se levantan entre sus sentimientos.

Y esto, en el umbral de la insurrección, del momento en la que la obra hace estallar esa presión política, es lo que realmente define la personalidad de la chica. Porque hay una ligera involución, un golpe emocional tan fuerte que Historia, en conceptos de construcción de personajes, cae en la nada. Pierde los estribos al conocer a su padre, Rod Reiss. No le importa que ella sea la verdadera heredera al trono, no le importa la humanidad. En realidad tampoco le importa el hecho de que sea su padre, sino el que haya alguien en este mundo que le acepte, que no la abandone una vez más.

Historia avanza, en un primer momento, decisiva. Capaz de acabar con Eren. En parte por esa frágil conexión con su padre, pero también con la idea de que es él quien carga con la vida de Frieda. Y es precisamente por esa convicción, por la realidad del planteamiento, que la rebelión es tan intensa. La idea de traicionar a Ymir, de volver a vivir en nombre de otra persona le aterra. Y entonces despierta.

Reina sobre el muro

Isayama la empodera como nunca lo ha hecho con otro personaje hasta el momento. Reniega de su nombre, de su linaje y de la propia humanidad. La forma en la que entiende como su propio padre vuelve a usarla únicamente en beneficio propio la devuelve a la realidad y la convierte en la verdadera reina. No por su sangre, sino por sus acciones.

Incluso bajo la imponente sombra de la monarquía, de la obligación de proteger a toda la humanidad tras las murallas, ella grita lo contrario. Se declara enemiga natural de la humanidad. ¿Qué han hecho por ella? Su vida ha sido un martirio constante, siempre perseguida por los actos de aquellos que la repudiaron. Hombres y mujeres. Humanos. Historia demuestra la misma fuerza que el propio Erwin, incluso obrando en motu propio, lo hace por encima de sus valores y en compensación a toda la humanidad, incluso tras declararles la guerra. La forma en la que Eren y ella intercambian papeles es tan latente que se llega al punto en el que es ella quien le hace callar cuando le pide que le mate.

Es ella, Historia Reiss, quien controla el argumento de toda la obra. Y, de nuevo, es ella misma quien se inviste para gobernar, para tomar la decisión de no hacerlo, ni permitir que nadie lo haga en su nombre, con la tiranía de los Reiss. Pero la crueldad de Isayama se encuentra por encima de las decisiones de sus personajes y el siguiente movimiento la marcará como reina. Cuando Historia consigue conquistar el muro —su propio muro— y llega a la convicción de que quiere ser quien es, la crueldad actúa en su contra. Pero incluso así, ante el destierro fruto de la coronación, es ella quien decide, por una vez, cómo afrontar su destino. A sabiendas de que esa corona no refleja el poder de salvar a la humanidad, sino la convicción de que ella misma es la persona que ha decidido ser.

Óscar Martínez

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