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Gigantes No todas las series son para todos los públicos. Y Gigantes, el último estreno de Movistar+, es un ejemplo bastante potente de que en estos días, en los que la fiebre por las series ha alcanzado un apogeo desconocido hasta ahora, siguen existiendo productos, y ojalá siga siendo así, especialmente concebidos para sectores de público muy definidos. Porque la creación de Enrique Urbizu para el catálogo de ficción nacional de Movistar+ renuncia a lo mainstream para conformarse de buen grado en saciar a su público objetivo, aquel que ha crecido mecido por el cine Samuel Fuller, de Sam Peckinpah o de Francis Ford Coppola.

Porque Gigantes es árida desde el minuto uno, y no concede ningún guiño al espectador medio, a aquel que necesita empatizar con los protagonistas de sus maratones seriéfilos. Aquí la complicidad reside en el pacto casi mercantil en el que Urbizu se compromete a no abrir la puerta al melodrama blindando este retrato familiar de violencia contenida, en su atmósfera y en sus personajes.

Movistar+ pone en circulación una de sus series más adultas, desde que hace prácticamente un año diese la campanada de salida a un catálogo de ficciones que brilla por su pluralidad. Probablemente, junto a Matar al padre, de Mar Coll, Gigantes sea una de las series de la plataforma que menos gustará al espectador acomodado, aquel que persigue fórmulas fáciles para saciar su apetito y curiosidad.

Gigantes: dando forma a una ficción diferente

Manuel Gancedo es el padre ideológico de Gigantes, y Enrique Urbizu, el ejecutor. Cuentan con Miguel Barros y Michel Gaztambide en las labores de guion, y con Jorge Dorado en la de dirección, actividad que acabó delegando Urbizu para centrarse en el montaje de la serie. Una propuesta que ya desde sus inicios fue muy bien recibida en las oficinas de Movistar+ y que desde un principio ha contado con la confianza de la plataforma. “Gigantes es una saga familiar de delincuentes. Queríamos crear una mitología familiar no existente en la ficción española ambientada en un contexto muy conocido y reconocible. El Rastro, Embajadores, las luchas de los ochenta por el control de la heroína, la convivencia entre payos y gitanos… Todo para construir una historia que recorra la saga de los Guerrero”. Un proceso largo que no ha desarrollado su arco de tramas hasta el final y que ha huido desde un principio de la descripción psicológica de personajes. “La serie huye del sentimentalismo y de esas descripciones psicológicas complejas que realmente siempre me han resultado falsísimas en el cine”, apunta Urbizu, consciente de lo que tiene entre manos, y notablemente orgulloso del resultado final.

Gigantes: sus sombras

La principal sombra, la más alargada de todas, es la que planea sobre su primer capítulo, un piloto duro, sucio, sin concesiones y el que reina el patriarca de los Guerrero, Abraham, interpretado por un José Coronado que, lejos de firmar un trabajo mejorable, vuelve a encarnar a un personaje frío como el acero y despegado de cualquier sentimiento que despierte empatía en el espectador. Y es quizá en esta elección del intérprete que ya dio vida al inspector Santos en No habrá paz para los malvados donde más se resiente este primer bocado de Gigantes, pues no será complicado que el espectador experimente un juego de relaciones que puede interferir en el visionado entregado de este primer capítulo. “Es posible que Abraham tenga mucho peso en ese primer capítulo, pero era imprescindible, al igual que su destino. Ahora, el físico legendario del personaje… tenía que ser José Coronado. La melena, el traje de tres piezas, la elegancia… Todos esos rasgos de casi Wyatt Earp, o de rey del barrio pues… José te da un plus. Lo que sí creo es que la presencia de Abraham llega a ser asfixiante, pero tenía que ser así. Había que lidiar con este riesgo, y por eso ‘Devastación’ es directamente el título de este capítulo de apertura.

El resto de los capítulos no quedan muy alejados de la violencia que reside en el verbo y en las miradas que marcan este primer capítulo, aunque ciertamente los personajes que van llegando a la trama están muy lejos de la sordidez del patriarca de los Guerrero. Eso sí, todos son animales en constante estado de alerta, atentos a su propio beneficio y totalmente desvinculados de códigos morales o éticos, a excepción los vástagos de Abraham cuando se trata de salvar a la familia como entidad de cara a la galería, y de la inspectora Ángela Márquez, interpretada en la serie (y de manera muy convincente) por Elisabet Gelabert, cuyos valores son machacados por la corrupción, la ambición y el egoísmo que dibujan al resto de personajes, a ellos y a ellas.

Gigantes: sus luces

Y precisamente uno de sus grandes aciertos son ellas, las mujeres y su papel en Gigantes. Fuertes como ellos, y en algunos casos mucho más inteligentes, ellas comienzan a abrirse paso desde el segundo capítulo echando abajo las limitaciones impuestas en un mundo tradicionalmente habitado por hombres. La herencia del patriarca frente al relevo generacional, y la inteligencia y la paciencia frente a la fuerza bruta. Y entre todas ellas destacando Sofía Oria, que encarnando al cachorro del clan promete un papel mucho más relevante en la segunda temporada, y también interesante. Porque todos en Gigantes se mueven con soltura, y todos y todas en el universo de Urbizu viven sin remordimientos. Listos para actuar, listos para traicionar.

Gigantes
Sofía Oria da vida a Carmen, la hija de Tomás Guerrero

Así, al elenco masculino se le suman personajes femeninos poliédricos, que lejos de servir para inclinarse hacia el melodrama escriben las líneas maestras de los cambios en la trama, y probablemente firmen su futuro. “Siempre hemos dejado respirar a la serie, y hemos optado en todo momento por ver hacia dónde nos llevaban sus tramas y sus personajes. En el caso de los personajes femeninos, según estos avanzaban nos íbamos dando cuenta de su protagonismo, cada vez mayor. Algo que, efectivamente, se verá subrayado en la segunda temporada, con la proyección que van a alcanzar algunos de los personajes femeninos de esta primera temporada”.

Y envolviendo a estos depredadores, un trabajo notable en fotografía y en producción, que rescata el Madrid de los ochenta y se cuida de señalar que los bajos fondos son atemporales, y que el consumismo y sus virtudes visuales quedan relegados a otra vida, a otro plano al que los personajes (con excepción de Tomás Guerrero y, en buena medida, de su hija Sara) renuncian o parecen poco interesados.

Con todo, el resultado final es un serial de seis episodios que no descansa ni hace escalas, y en el que la familia Guerrero vertebra y canaliza la violencia heredada para luchar por mantener su posición en los bajos fondos. Seis episodios que abren la puerta a una segunda temporada que ya está en marcha, y que promete resolver conflictos en el aire y atender a otros nuevos que, con seguridad, aparecerán de la mano de personajes que en esta temporada han enseñado las uñas y tienen pendiente el zarpazo.

Por lo pronto, la serie ya está disponible completa en Movistar+ desde el pasado viernes 5 de octubre.

 

 

Alfonso Caro

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