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EL SUEÑO DE MALINCHE

Yo avanzo hacia el destino entre cadenas

Y dejo atrás lo que todavía escucho:

Los fúnebres rumores con los que se me entierra.

“La Malinche”, Rosario Castellanos

Desde los rumores del golfo de Esmirna hasta la actualidad, el hombre ha necesitado glosar sus proezas y sus afrentas. La épica ha sido culto al pasado y factor movilizador del presente. Pero existe una épica sutil, cargada de melancolía, de derrota y remordimiento que, más que movilización, causa parálisis. Nos sume en la meditación; esa meditación dantiana (que no dantesca) de Rodin. No despierta nuestra admiración porque el “hombre” se nos muestra excesivamente cercano, excesivamente conocido. Más que un tributo a los actos es un tributo a las miserias y desgracias que los grandes actos dejan tras de sí. La humanidad es fruto de esa reflexión; de esa catarsis.

Gonzalo Suárez apela a esa épica desgarrada. Su emotividad se ampara en el sentimiento de extrañamiento que produce vivir un mundo que nos desborda. Para ello se sirve de los medios de la creación en busca de la trascendencia: la música, la imagen y la palabra se unen en el ideal moderno de la expresividad. No hay superioridad poética, tal y como afirmaba Hegel; ni musical, como podría decir Schopenhauer. La inmediatez de la imagen no supera el significado de las palabras. Es la hibridez del arte que la tecnología y el talento consiguen aunar. Porque, aunque no oigamos palabras, la música nos habla de la cadencia del destino. Desde el presente no hay elección. Así tenía que ser. Así es la épica que anula la libertad de sus héroes; seres nacidos desde ahora para protagonizar una historia de siempre. Símbolos de pasiones que nos explican y justifican.

Pero cuando la música cesa, las palabras siguen siendo cantos que danzan para dar movimiento a la quietud de las imágenes. Los estribillos se repiten para crear un diálogo imposible entre mundos distintos; entre épocas diferentes que buscan en estos relatos un nexo, una explicación común, un imaginario que dé sentido a lo que somos… o que lo destruya. Una unión difícil que no siempre se consigue a lo largo de la película. Fallan algunas voces que nos sacan del relato como una nota desafinada; en ocasiones, la poesía, que se mantenía en sobrecogedor hermetismo, se vuelve excesivamente explícita, mundana. Pero no fallan las imágenes.

Pablo Auladell no abandona en ningún instante el sentimiento trágico. Es cierto que tiene mucho a lo que acudir y a todo acude. El mundo de las sombras, el abismo de lo desconocido. La conciencia de la pequeñez del hombre frente a la inmensidad del misterio lo vemos en las primeras imágenes en las que una diminuta figura se enfrenta a un averno de formas descomunales. Lo sublime. Terrorífico y sobrecogedor al mismo tiempo, nos remite a Friedrich y al romanticismo sosegado; o al hombre frente a la fuerza de la naturaleza salvaje de Turner, su insignificancia frente a la creación. La conciencia de este sentir es uno de los motores del nuevo hombre moderno que se lanza a la incertidumbre de los océanos en su afán de conocer, de dominar… un hombre que ya no tendrá límites pero que deberá pagar con la terrible soledad. De nuevo la melancolía. Pero para lograr un mayor dramatismo, un impacto certero y rápido: el trazo del dolor del expresionismo de Otto Dix, o la inquietante imprecisión de Valdés Leal. La muerte como único destino cierto se convierte así en un destino sublime por obra del arte. Pero también las raíces precolombinas, o su imagen revivida por la vanguardia, que nos recuerda a las obras de José Sabogal (esta vez en el Perú inca) y a la revista Amauta (de ella hay una magnífica exposición en la actualidad en el Reina Sofía), abigarradas y tensadas hasta el paroxismo en las escenas de violencia y confusión.

Las naves de Hernán Cortés divisadas en su llegada forman parte del imaginario colectivo, quizá para recordarnos sutilmente que no descubrimos nada. Las masacres caribeñas no interesan al relato. Vamos a hablar de los hombresconmayúscula. Esos hombres que deciden su destino y el de aquellos que les rodean. Los que queman las naves sin mirar atrás. Los que sellan sus palabras en el cuerpo de una mujer. Los hombres que hacen Historia “de verdad”, la “Historia verdadera” de Díaz del Castillo. Al final, todo es carne de cañón para la Leyenda Negra de una España inexistente. El horror quedará resumido en un remordimiento: ¿Qué fue lo que hicimos? Ego te absolvo?

“Hágase la voluntad”, dice Malinche, ¿la voluntad de quién? El ineludible sacrificio del inocente por un noble fin nos oculta la injusticia. El Antiguo Testamento está lleno de casos así. El sacrificio de la mujer de carne para crear la mujer símbolo. Una, para denostar, y la otra, para reverenciar. Y la historia lleva su nombre. Pero lleva su nombre en la medida que ella lleva el mensaje de los héroes; en la medida que es capaz de cumplir su voluntad. Esa voluntad que Malinche conoce sin que sea verbalizada, porque la función de la mujer es llevar en ella la culpa (para unos) o la salvación (para otros) Y el verbo se hizo carne. La imagen nos vuelve a traer un resquicio de rebeldía. Su rostro. El orgullo. El desafío. No podemos dejar de pensar en Frida Kahlo. Porque Malinche porta su mirada, y su mirada nos dice que lo sabe. Nos reta desde el pasado, desde el presente ¿seremos capaces de castigarla aún más? Por supuesto. Frida Kahlo expresó en su propio cuerpo el sufrimiento como mujer, las contradicciones; esas mismas que genera la figura de Malinche ¿madre espiritual del pueblo mexicano actual o demonio que vendió a los suyos con el único propósito de sobrevivir? ¿Fue ella la primera traidora que se entregó a occidente? o ¿ya sólo existía una salida (para ella y para todos)? Pero ¿y si la pregunta no fuera lo que hizo Malinche? ¿y si nos preguntáramos qué fue lo que le hicieron a ella? Quizá contaríamos otra historia, o una historia otra. Eso hace Rosario Castellanos en su poema, “La Malinche”.

A Malinche se le pide “expresar el mismo pensamiento con distintas palabras”. Y lo hará. Es pos de la nueva economía mundo de Wallerstein, del capitalismo, de la homogenización de todos los pueblos, en definitiva, de los supremos valores del hombre blanco occidental: la colonización. Pero inevitablemente también expresará “con las mismas palabras, pensamientos diferentes”, el pensamiento otro, la ineludible heterogeneidad de un mundo que se resiste y que, latente, esperaba su momento. Un principio que contiene su propio fin. Pero no hay dialéctica hegeliana; jamás llegará la síntesis, ya lo advirtió Mignolo. Todo a lo que podemos aspirar es a convivir sabiendo que la belleza y la diversidad de los relatos que nunca son la verdad, son sólo sueños.

Y por qué mover estas aguas turbulentas. Ya lo hizo Octavio Paz en ese “Laberinto de la soledad” que explora el alma mexicana en su búsqueda de las raíces culturales. Pero el surgimiento de los estados en América se produjo en pleno auge del nacionalismo romántico y, como siempre, había que llenarlo de mitos. Mitos de unión, de diferenciación frente al enemigo, da igual cuál. Plena actualidad ¿será que no hemos aprendido? La película nos propone otra lectura. Ni mitos de unión ni de desunión; mitos para excavar en la conciencia de los tiempos; en las pasiones y miserias humanas; en sus grandezas y sus derrotas. Volvamos a los griegos, refugio siempre de la fatiga moderna europea.

Puede que todo comenzara como un murmullo donde se insinuaba algo que contar con las palabras de Hélène Girard y Antonio Saura al que, quizá, la música de Luis Mendo dotó de poesía, para acabar convirtiéndose en un sueño que cobra vida en la pantalla. Y en los sueños están nuestros demonios y fantasmas, lo recóndito y perturbador. Pero sueños son también las cosas que deseamos y que, aunque parecen imposibles, tenemos esperanzas de conseguir ¿Es El sueño de Malinche un sueño de demonios o de esperanzas? Quizá es el binomio indisoluble de la pesadilla del hombre moderno. Ya nos contó la historia más terrorífica de ese nuevo hombre, su mejor representación en el cine, en Remando al viento. El sueño de otra mujer.

 

Marina Calvo


BIBLIOTECA: HISTORIA Y ARTE DE LA MIRADA

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Alfonso Caro Sánchez (Mánager) Enamorado del cine y de la comunicación. Devorador de cine y firme defensor de este como vehículo de transmisión cultural, paraíso para la introspección e instrumento inmejorable para evadirse de la realidad. Poniendo un poco de orden en este tinglado.