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El Palomitrón

Los arqueólogos, que para eso han estudiado, nos cuentan que la escritura convive con nosotros desde hace seis mil años. Esos mismos, que para eso han estudiado, creen que el ser humano fue consciente de sí mismo hace más de 1270 siglos. Solo son matemáticas. O biología, si gustan, pero nos sirve para ejemplificar lo que es Zama. La nueva película de Lucrecia Martel se recrea en una superficie testimonial de la América añeja y se zambulle en la propia conciencia de un desgraciado quijotesco.

Por perezosa y manida que pueda resultar, la equiparación al personaje eterno de Cervantes no deja de ser cierta. Con matices, claro está. El Diego de Zama del filme que nos ocupa, como el caballero manchego, oye voces, cuenta con un escudero consciente de su propio patetismo y persigue gigantes ficticios. En Zama, eso sí, los paralelismos presentes y vivos no son más que un espejo: las voces que oye, en lugar de alentarle, le auguran fracaso y pérdida de su propia identidad; su escudero es despreciado y vilipendiado; y sus gigantes matan de verdad, delante de sus propias narices.

El Palomitrón

Argumentalmente, el espejo de lo que hablamos en silencio que presenta Martel nos cuenta la historia de un corregidor aislado en Paraguay que ansía poder exiliarse. Perdido en su propia casa, el poliédrico personaje interpretado por Daniel Giménez Cacho es movido a voluntad por su destino funesto. A lo largo de tres actos tan de Tarkovsky que uno podría esperarlo como doctor del guion, el protagonista de Zama sufrirá primero la desesperación del deseo encaprichado, luego la del calendario de piedra y, finalmente, la del que sabe y no dice, y la del que dice, pero no elige. La referencia quijotesca queda, entonces, en un reflejo arquetípico de dos hidalgos sin gloria que luchan, pierden batallas ajenas y ganan deudas allá donde ponen el pie.

El Palomitrón

Más allá de la enjundia misma del filme, en la superficie rayada y convexa del arquetipo, Zama ofrece una mirada plástica sobre la América española decadente. Cuando los gobernadores se sucedían unos detrás de otros y los funcionarios se cuestionaban su españolidad misma. Los ecos de la Revolución Americana y, sobre todo, sus cañonazos ilustrados vibran con fuerza en la película a través de frases sueltas y puñetazos al aire. Al final, la película se convierte en una metáfora tan exacta como cruda de la soledad del hombre antiguo en el mundo nuevo. Una traducción literal de la muerte de la pomposidad en favor de una obvia y obviada realidad trasatlántica. En resumidas cuentas, Diego de Zama languidece y caduca igual que el Imperio.

La simbiosis entre el primer y el último plano abstracto de Zama se funde en simbiosis gracias a una serie de elementos técnicos que nos ayudan a calificarla como cine mayúsculo. Aquí, sin ejercer de adjetivo vacío. Poco más se puede decir ante una Lola Dueñas tremenda en el cuerpo de una María Antonieta de andar por casa, de andar por Las Indias. Poco más se le puede pedir a una fotografía, obra de Rui Poças, que es capaz de absorber lo obvio y lo elíptico. Poco más se le puede pedir a una mezcla de sonido tan perfecta que asusta. “Calla, si quieres vivir”, le espeta uno de los personajes al protagonista. “Callen, si quieren disfrutarla” les podríamos recomendar humildemente desde aquí.

El Palomitrón

Apagar la luz del proyector devuelve al espectador del estado de embriaguez estética en el que entra con Zama. La película de Lucrecia Martel es una alegoría vívida de la soledad y la pérdida de la lucidez que se revela como un gran truco de magia que se cierra sobre sí mismo. Tres actos, dos reflejos despedidos y un pobre idiota que usa y es usado. Quizás la única pega sea esa, que la historia sea sobre el desgraciado caído y no sobre los que pululan a su alrededor buscando su suerte; o sobre el rebelde segundón que habla con las ínfulas de la conciencia del americanismo incipiente; o sobre la dama domesticada; o, a fin de cuentas, cualquier otro de esos personajes tan ricos que pueblan la novela original de Di Benedetto y que, si gustan, deberían devorar.

LO MEJOR:

  • La atmósfera fantasmagórica que consigue Lucrecia Martel.
  • Las reflexiones poco impostadas a las que invita el filme.
  • Una fotografía que alimenta los bastones oculares.

LO PEOR:

  • Lo onírico del filme puede espantar y, en algún caso, hasta aburrir.

Matías G. Rebolledo

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