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Habría que empezar planteándose si lo que unos llaman radicalidad, para otros no es sino la única forma de hacerse oír. Los olvidados, los despojados de voz, los que los medios convenientemente se niegan a retratar, pueden encontrar en el escándalo y la controversia la única forma de hacerse visibles ante nuestros ojos. Así pensaban Larry Kramer y el resto de fundadores de ACT UP, la organización fundada en Nueva York en 1987 con el objetivo de concienciar sobre la pandemia del sida y ejercer una acción directa para conseguir legislaciones favorables y un mayor desarrollo científico en la cura de la enfermedad. ACT UP se caracterizó por sus métodos provocativos, generando rechazo entre los sectores más conservadores pero cumpliendo con su misión de poner en la palestra un tema socialmente incómodo que requería una acción urgente. La organización creció y su expansión se produjo a lo largo de los Estados Unidos y también de Europa, especialmente en París. Es precisamente en la capital francesa donde se desarrolla 120 pulsaciones por minuto, la película de Robin Campillo que funciona al mismo tiempo como radiografía de la sociedad francesa de principios de los años 90, como testimonio directo de las bases de la organización y, de paso, como un trágico canto de amor a las víctimas del sida.

Campillo, al igual que su coguionista Philippe Mangeot, formó parte de ACT UP París, y su experiencia y conocimiento acerca del tema quedan fuera de toda duda al comprobar la precisión y honestidad con las que retrata las asambleas de la organización y sus métodos a la hora de idear y ejecutar sus campañas. Con un estilo cercano al documental que evoca al de su compatriota Laurent Cantet en la ganadora de la Palma de Oro La clase, el director nos traslada al centro de la acción, al núcleo mismo de la lucha. Es un acercamiento preciso, milimétrico, que sin embargo no trata de ocultar una profunda admiración por ese grupo de personas que lucharon (y siguen luchando) por concienciar al mundo acerca de una enfermedad que hasta hace un año seguía cobrándose más de un millón de víctimas anuales.

Pero 120 pulsaciones por minuto es también, como no podía ser de otra manera, un canto a la vida. Lo es a través del personaje de Sean (un soberbio Nahuel Pérez Biscayart), un joven afectado por el sida que decide volcar su vida en la lucha por un futuro más justo, y Nathan (Arnaud Valois), el joven activista que da sus primeros pasos en la organización y se queda inmediatamente fascinado por la valentía y la entrega del primero. Entre ellos surge un amor marcado por la inevitable tragedia, sí, pero también lleno de humanidad y comprensión, una unión entre dos hombres que se reconocen y deciden recorrer un incierto pero apasionado camino juntos.

120 pulsaciones por minuto se alzó con el Gran Premio del Jurado en Cannes, aunque muchos apuntaban a ella como digna merecedora de la Palma de Oro. ¿Demasiado incómoda, quizá, incluso para nuestros tiempos? Los círculos de críticos de Los Ángeles y Nueva York la han galardonado como la Mejor película extranjera, pero en ámbitos más conservadores como los Globos de Oro o los Oscar ha sido completamente ninguneada. Quizás sea más cómodo para ciertos sectores premiar un cine LGTB más luminoso y dar la espalda a su lado más oscuro. El ejemplo más claro lo tenemos en la extraordinaria Call Me by Your Name, una película en la que uno desearía quedarse a vivir, mientras que 120 pulsaciones por minuto cuenta una historia de la que no quisiéramos formar parte.

Si ACT UP es un ejemplo de lucha por dar visibilidad a los enfermos de sida, 120 pulsaciones por minuto es su traducción directa en modo de película. 143 minutos de congoja e inspiración que se demuestran hoy tan relevantes como siempre. Si el silencio equivale a la muerte, esta película, por el ruido que genera, es lo más cercano que el cine puede estar de la vida.

LO MEJOR:

  • La energía y la furia que mueven toda la película.
  • La honestidad de su puesta en escena.
  • La interpretación de Nahuel Pérez Biscayart.

LO PEOR:

  • Que haya quien prefiera ignorarla por considerarla demasiado incómoda.

Alex Merino

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