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Crítica de Los niños del mar (Children of the Sea) destacada - El Palomitrón
ANIME / MANGA CRÍTICAS REDACTORES

LOS NIÑOS DEL MAR

El océano siempre ha sido fuente de inagotables cuestiones acerca del mismo; de su naturaleza, de su funcionamiento, de todo lo que esconde su ancestral feudo. Una infinita masa de agua donde es fácil obnubilarse, perder la vista en tan vasto horizonte y sentir. Conectar a un nivel más íntimo. El mar es bello, pero también incontrolable, como lo es la naturaleza más pura. Y de esas sensaciones que provoca, de ese misticismo en torno a él, muchas voces se han servido de su inmensidad para crear y explorar. Porque el infinito mar azul llama a la aventura, pero también al terror, al pavor por lo que esconde la profundidad de lo desconocido. Daisuke Igarashi se sirvió del mismo océano para elaborar Los niños del mar (Kaijuu no Kodomo); una mística, existencialista y preciosista oda a la naturaleza conformada por un total de 5 volúmenes recopilatorios editados también en España por ECC Ediciones. A través de un arte espléndido, con un sobresaliente tratamiento en los trazos y en la ilustración de todo ese imaginario fantástico-marino, Igarashi confeccionaría una pieza rica en matices, pero también algo obtusa y que demandaría cierta permisividad. Permisividad en cuanto a no encontrar respuestas para todo, en no atar los cabos de semejante acervo fantástico. Porque quizá no todo tenga una respuesta. Quizá el ser humano está destinado a no comprender jamás completamente todo aquello que le rodea. 

Los niños del mar es un título genuino y extraño a la par, una de tantas propuestas que quedan lejos de ser piezas idóneas para ser llevadas al formato audiovisual —ya no solo por la idiosincrasia de la misma, sino porque se sitúa en las antípodas de lo que se consideraría comercial—. Aun con todo, Studio 4ºC (Mind Game, Tekkonkinkreet) reunió no solo el valor suficiente, sino el talento necesario para llevar a cabo tal gesta. Bajo la batuta de un Ayumu Watanabe —conocido por su trabajo en la franquicia Doraemon y, recientemente, en la elegante e intimista After the Rain— en estado de gracia y una imperturbable composición musical a cargo del reputado compositor Joe Hisaishi —ampliamente conocido por sus trabajos con Studio Ghibli—, entre otros tantos nombres propios, el resultado no podría ser más embriagador. Un éxtasis pictórico que alcanza un clímax indomable donde el espectador ni siquiera debería preguntarse qué está ocurriendo. Simplemente sentir y dejarse llevar por la corriente. Porque, como decía, hay cosas que jamás llegaremos a comprender del todo.   

Crítica de Los niños del mar (Children of the Sea) mar - El Palomitrón

Ruka es una joven adolescente con dificultades a la hora de expresar sus sentimientos. Comienzan las vacaciones de verano, la libertad y la despreocupación, pero un encontronazo con sus compañeras de clase y una relación cada vez más distante con su madre —sus padres se separaron recientemente— tiñen los primeros compases del período estival. Un día acude al acuario donde trabaja su padre y donde, de pequeña, solía quedarse embelesada ante la majestuosidad del mar. De la fauna marina que lo conforma. Solía escuchar una canción, además de sentir un increíble vínculo difícil de explicar. Mientras trastea por la zona, Ruka conoce a Umi, un joven con ciertas peculiaridades que, junto a su hermano Sora, están bajo la tutela del acuario. Ambos fueron criados de pequeños por un grupo de dugongos, creando una enorme relación de dependencia con el agua del mar. Literalmente, Umi y Sora son niños provenientes del mar. El predestinado encuentro entre Ruka y «los niños del mar» se produce casi al unísono de una serie de misteriosos fenómenos: comienza a desaparecer fauna marina y un extraño meteorito cae en algún lugar del mar.

Los niños del mar condensa en su primera parte de metraje unas líneas muy cercanas al coming-of-age, con un guion más bien simple y el desarrollo de unos acontecimientos a los que resulta sencillo seguir la pista. Sin embargo, Ayumu Watanabe no duda un ápice en adaptar con fidelidad los valores intrínsecos de la obra original. Así, mientras Ruka interactúa en mayor medida con Umi y Sora, la estrecha brecha que separa ambos mundos poco a poco termina difuminándose por completo. Lo que comienza mostrando el control del humano sobre el mar —destacando sobre todo el acuario como lugar de ocio, además de la vertiente científica que estudia a Umi y Sora y trata de dar con la clave para los fenómenos que se están dando— termina dando un giro de ciento ochenta grados. Lo sobrenatural, lo fantástico, los mitos con los que Igarashi trastea en su obra, se elevan sobre el conocimiento y entendimiento humanos. Los niños del mar es un claro manifiesto del inmenso poder que ejerce la naturaleza y de lo inescrutable que llega a ser.

Crítica de Los niños del mar (Children of the Sea) Ruka - El Palomitrón

Bajo un subtexto propiamente ecologista, Los niños del mar muestra especial interés en explicitar la falta de entendimiento humano ante la majestuosidad de lo primigenio. Interpretado por un océano y unos niños que se nutren de simbolismo —por ejemplo, Umi y Sora significan «mar» y «cielo» en japonés, respectivamente—, Ayumu Watanabe plasma en el filme toda connotación impuesta en el trabajo original de Igarashi; confiere a ese líquido que supone el 70% de la superficie terrestre todo significado de origen de vida. El océano es el lugar donde todo nace, donde todo sale de él, pero también vuelve a él. Solemne, magnético, lleva toda su simbología a una hipérbole creativa audiovisual que no cede el pulso ni un solo milímetro. Se niega cualquier tipo de mesura o moderación para que, en el momento de convergencia final, el estruendo sea uno fruto de la libertad más pura. Un espectáculo que, de nuevo, elude la mente humana y su ansia de ofrecer respuesta a todo. Los niños del mar detona en un último tramo de metraje donde se escuda en lo críptico de lo sobrenatural para ofrecer un clímax que no se preocupa en destapar respuestas, pero sí en ofrecer un auténtico torrente audiovisual que crea perplejidad por tan magno universo.  

El largometraje de Studio 4ºC es un ejercicio de pura poesía visual. Un deleite para los sentidos que hace gala de la animación más puntera y un estilo propio que rezuma personalidad en cada uno de sus fotogramas. Su apartado artístico entona a la perfección las sensaciones y la impronta que Igarashi dejó en el material original, y el principal culpable de ello es Kenichi Konishi; a cargo del diseño de personajes y de portar la batuta en el campo de la animación. Conocido por anteriores trabajos en Paprika, Tokyo Godfathers o El viaje de Chihiro —entre otros proyectos de Studio Ghibli—, Konishi permea en Los niños del mar cierto sello reminiscente al emblemático estudio nipón. Efecto que se acrecienta cuando las melodías de Joe Hisaishi —consagrado compositor de Ghibli— resuenan entre el acervo imaginativo de la producción. Bajo un montaje exquisito y una atención pasmosa en los pequeños detalles, la cinta de Watanabe se beneficia enormemente del trabajo de Miyuki Itō a cargo del cromatismo. Una paleta de colores que evoca gran calidez a la vez que consigue penetrar fácilmente en la retina humana y acompasar el frenesí fantástico e hipnótico que baña la producción

Crítica de Los niños del mar (Children of the Sea) Umi - El Palomitrón

Los niños del mar es una auténtica oda a la naturaleza. Un canto a lo indescifrable solo apto para las mentes más abstractas. Un torrente de soberbia técnica que, a veces, y tal como ocurría con el material original, se pierde en su propio mensaje. Pero, aun con todo, es uno de los mejores largometrajes de animación de los últimos años. Excelsa, surrealista, comedida cuando ha de serlo y colérica cuando el guion lo demanda. Los niños del mar representa el equilibrio entre paz y caos, entre el sosiego de unas cristalinas y placenteras aguas y la furia propia de un atroz temporal. Invita, llama a adentrarse en él pese a sus consecuencias. Porque al final, no hay mayor placer que ver salir de nuevo el sol.

LO MEJOR

  • La representación de la omnipotencia de la naturaleza y la infinidad del océano.
  • Su apartado artístico y sonoro. Una perfecta simbiosis que retrotrae al sello Ghibli.
  • Animación puntera. Pura exhibición técnica que marca nuevos estándares dentro de la industria.
  • El profundo respeto y grado de fidelidad respecto el material original de Daisuke Igarashi.
  • Su atrevimiento. Elevado presupuesto para un cinta que se aleja del cine más comercial.
  • El surrealismo que impera su narrativa.

LO PEOR

  • Su surrealismo y trama en ocasiones ambigua pueden suponer una barrera de entrada. 

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Intento de muchas cosas y una de las piezas que hacen funcionar la sección manganime. Ávido lector de manga, enamorado de la tinta y de la tragedia de Sui Ishida. Firme defensor de la industria como arte y la abolición de estúpidas etiquetas.