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Crítica final de Fruits Basket
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FRUITS BASKET, UN MENSAJE DE SUPERACIÓN PERSONAL

Atendemos a la ficción por múltiples motivos. A veces por olvidar. Otras por sentir. Los hay que, incluso, tienden a sumergirse en una realidad paralela donde las leyes de nuestro mundo y nuestro sistema no los atan. Nos gusta soñar, viajar a otros mundos. Vivir otras historias.

Fruits Basket fue uno de esos frágiles lugares a los que proyectarse, muchos años atrás, cuando nada más parecía estar bien. Un espacio seguro, cálido, decorado de mensajes de amor propio, de superación y esfuerzo. De la idea de seguir adelante. Una obra que tiraba muros y convicciones. Una obra que se convertía en mi primer shojo y que sobrevivía a una ya castigada taxonomía para descubrir un nuevo mundo.

Más allá de las convicciones

El regreso de Fruits Basket ha sido mucho más que eso. Más que un simple regreso. La obra de Natsuki Takaya se apagó débilmente en su emisión original, dejando tras de sí un mensaje alto y claro que, sin embargo, no alcanzaba jamás su verdadera intensidad. Ahora TMS Entertainment firma ese mensaje. Un tributo que va más allá del bien hacia la autora y habla de nosotros. De aquello que perdimos por el camino. Un destello más allá de la pantalla.

Hablamos de una obra transgresora. No la única, por supuesto, pero sí una capaz de desbancar los absurdos muros que distancian a según que espectadores de un género tan capaz y fuerte como cualquier otro. Una obra que, una vez más, nos tiende un abrazo tan tierno, tan cálido, que resulta difícil no emocionarse de nuevo mientras se escribe sobre la misma.

Fruits Basket es el alma de la inocencia. Una obra inmortal que destaca el valor de un género. El amor de Takaya por sus lectores y lectoras. Una entrega que, incluso a la espera de sellar su regreso con su segunda temporada, nos inunda con su sentimiento. Con su forma de sentir y hacernos sentir. Porque más allá de roles, convicciones o taxonomías, la historia de Tohru es, en menor o mayor medida, la historia de todos nosotros. De esos pequeños momentos. De pequeños detalles. De espinas clavadas y días de lluvia. Pero también de heridas que cicatrizan y nubes que despejan un nuevo día. Una obra que, si no has vivido aún, te espera con los brazos abiertos.

Una conexión inevitable

Son muchos los detalles que abarca Takaya en Fruits Basket. Familia, amigos, amor… Constantes que nos acompañan a lo largo de la vida. Lo queramos o no. Un eje central que pivota con un discurso multidimensional que, incluso trabajando siempre sobre una columna establecida, sabe aportar nuevos matices y sentimientos para mostrarnos una historia que, de nuevo, no deja de ser parte de nosotros mismos. Porque su argumento es uno que ocurre mientras avanzamos, mientras seguimos caminando. No pretende que nos reflejemos en cada una de sus líneas y particularidades. Pero, incluso sin darnos cuenta, nos vemos reflejados aquí y allá.

Un reflejo que no solo apela al sujeto. Sino también a cuanto les rodean. Tohru pierde a sus padres. Kyo es incapaz de conectar. Momiji emprende un viaje hacia la madurez a la sombra de su madre. Kisa y Saki son incapaces de encontrar un sitio en la sociedad. Yuki huye de sí mismo. Ayame intenta recuperar el tiempo perdido, el amor de su hermano. Hatori se encuentra anclado a sí mismo, mientras ve a su amada rehacer su vida…

Tayaka no pretende mostrarnos una vida, sino que hace de su obra un espejo de múltiples de ellas. Un lugar del que provienen decenas de ecos diferentes. Cada uno de ellos con sus propios miedos, complejos e inseguridades. Y todos ellos convergen en un solo punto. En la obra, ese punto es Tohru. Fuera de ella, y si extrapolamos su sentimiento, ese punto somos nosotros. Porque quizás no seas Kyo, ni Yuki. Quizás seas Kagura, o Shigure. Quizás incluso no seas ninguno de ellos y, simplemente, seas una parte de todos o de algunos. Quizás, insisto, ese reflejo se encuentre en tu pareja, en tu amigo. En tus padres o hermanos.

Porque Fruits Basket es, ante todo, una obra personal. Una obra que nos grita y nos insiste en el esfuerzo personal. Pero también es una obra de empatía. Porque nos empuja, no sólo a seguir adelante, sino en ayudar al resto a hacerlo. Y, pese a ello, la obra no siempre cumple con su propio objetivo. Tohru cae al hacerlo. Yuki sigue paralizado ante su pasado y Kyo no consigue obviar el temor que le obliga a odiar a su compañero — el mismo que le hace odiarse a sí mismo. Pero es que ese es otro punto esencial, tanto de la obra como de la nuestra propia, porque las cosas no cambian de uno para otro día.

La constancia de la superación

Y es por eso que, a lo largo de toda su extensión, Fruits Basket insiste una y otra vez. Insiste en el hecho de seguir adelante. Pero también en el saber cuando llorar antes de volver a reír. Escenas como la de Tohru, sola, en fin de año y su encuentro final con los chicos es una muestra de ello. De cómo todo tiene su propio espacio. De que para seguir adelante a veces hay que tropezar, hacerse daño y volver a levantarse. Pero también de cómo el apoyo es importante.

Tayaka no tiene tapujos al hablar de cómo todos buscamos reconocimiento. De cómo lo hace Arisa, arrojando su vida a un pozo sin fondo por el simple hecho de “ser quien es”. Pero también nos habla de cómo recomponerse. De como Kyoko consigue que rehaga su vida hacia un punto en el que se siente cómoda, sin necesidad de aparentar para ser realmente feliz consigo misma. Es un punto al que arroja, a su vez, a Kyo en multitud de ocasiones.

De cómo el chico consigue calmar su infierno interior al verse en los brazos de Tohru. No en un sentido romántico, per se, sino por la idea de verse aceptado y complacido a nivel sentimental. Por saber que hay alguien a su lado. No por la necesidad de ser quien debe ser, sino por saber que alguien le acepta por tal y como es. Porque, insisto una vez más, Fruits Basket es una serie de consciencia propia. Una que nos obliga a reflexionar, a luchar contra nuestro “yo interno”, nuestro ego, y aceptar tanto aquello que somos como aquello a lo que aspiramos a ser.

Así, por qué negarlo, Fruits Basket se convierte en una serie de constantes. De recursividades. Una obra acaramelada que puede resultar empalagosa a quienes no quieran adentrarse en su mística. Pero es una obra que nos abre su corazón y que pide, para ello, algo de esfuerzo. Un nimio paso hacia adelante, que nos ayude a abrirnos también. A sentir junto a ella, junto a sus personajes. A emocionarnos cuando destripa el sentido de la familia en sus líneas, a aguantar una punzada de dolor cuando Arisa y Saki desvelan su pasado y como tanto Tohru como Kyoko les abrieron su puerta. La recompensa, sin embargo, es una muy especial.

De maldiciones y bendiciones

La idea de la maldición de la familia Soma también es un hecho recurrente en la obra. Se habla de ella como realidad. Pero también como punto metafórico. Como una representación de la exclusión social que mantiene, de alguna forma, a sus congéneres apartados del resto del mundo. Una pretexto que la obra esgrime una y otra vez, sobre sus bases de fantasía, para relatar la desgracia de aquellos que son tocados por la misma.

Y es que las particularidades de los Soma, a diferencia de otras obras, no traen ninguna particularidad positiva. Los espíritus del Zodiaco son una carga. Una espina enorme que les hace sangrar constantemente. Que los aparta, los abandona y avoca a una vida de sombras. Sin embargo, también muestra una lucha continua. Encabezada por Yuki y Kyo —especialmente por este último, considerado como el peor espectro de la maldición—, que buscan salir del espacio en el que son recluidos para vivir una vida normal.

Pero también por Kagura o Ayame, que buscan la correspondencia de un amor duro. O Hatori, que ve, a través de Tohru, una posibilidad de escapar de su propia cárcel de cristal. Así es como Fruits Basket habla de maldiciones pero, utilizando un contrapeso metafórico, también de bendiciones. Porque es la maldición la que impide que Momiji pueda vivir al lado de su madre, pero también es un punto que recalca el esfuerzo del chico y como intenta superarse a sí mismo con una constancia implacable.

Volvemos a la idea, al núcleo de la obra: la cesta de frutas. Porque no importa que seas el onigiri. Y es que es la única pieza capaz de destacar dentro de la misma. La obra se atreve a hablar de ello. De nuestras diferencias, de los muros que nos separan, pero también de cómo podemos empujarlos. De cómo podemos derribarlos. Tanto Kisa como Saki, como Tohru —como quien se encuentras tras estas líneas y posiblemente quien las lea— sufren el duro golpe del bullying. De la injusta exclusión por ser, de nuevo, el onigiri en la cesta de frutas. Pero al final del día no importa una vez has salido de ello. No mientras seas capaz de seguir adelante. Porque, pese al dolor, es parte de tu propio ser

Una seña de identidad propia

Fruits Basket es una obra de auto-consciencia. Tohru se convierte en un pilar indiscutible de la misma. Es ella quien, a pesar de todo, sigue sonriendo y avanzando. Es ella quien consigue conectar con todos sus personajes. La única persona que consigue obviar la maldición y seguir a su lado. Trabajando día a día para ser mejor persona, pero ayudando al resto a obrar en esa misma dirección.

Pero Tayaka nunca nos pide que seamos Tohru. Solo nos muestra su vida. El camino que sigue, acompañada de todo el resto de actores y actrices de la obra. Nos abre su corazón para mostrarnos su sentimientos y nos invita a vivirlos junto a ella. Nos invita a seguir adelante siempre, a no rendirnos; a ser constantes. Pero también nos recuerda que no tenemos porque lanzarnos a la carrera, que son los pequeños cambios los que nos llevan realmente a cambiar.

La forma en la que Natsuki Takaya humaniza a sus personajes también la humaniza a ella, a su obra. Nos tiende el abrazo más cálido y sentido posible y nos acoge en unas líneas que siempre apuntan hacia adelante. Una lección de esfuerzo y superación personal que la convierte, ahora y siempre, en una obra inolvidable. Una de esas entregas que dejan un pequeño vacío al tocar su fin. Una obra a la que volver cuando sientes que no puedes más. 

Una que gusta de recordarnos que cuando la nieve se funde siempre llega la primavera

Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.