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Pese a no haberme sentido atraído jamás por el género spokon, abría las impresiones de esta temporada de verano con una idea en mente: Harukana Receive iba a ser mi obra. Es un concepto extremadamente personal y no son pocas las personas que me han contestado con una recomendación, la de ver Hanebado!. Pero incluso así, sentí que las connotaciones de la obra de Nyoijizai son más cercanas. Más humanas.

No es de extrañar que la cita «no hay ases, sino equipos» sea algo recursivo en su extensión. Porque incluso dentro de sus confines parece que Harukana Receive no quiere hablar tanto del deporte en sí mismo, sino de lo que significa participar en él. Del hecho de sentirse parte de algo y encontrar tu propio sitio en el mundo.

Una introspección sobre lo cotidiano del deporte

Y siento que Harukana Receive brilla en ese apartado. Porque, aunque no deja de lado la esencia de su género, antepone a las personas sobre su trasfondo para ofrecer algo diferente. No es un metajuego propuesto para cambiar las tornas, es el uso de la simplicidad en sí misma, el apostar por un espacio distendido donde se permite brillar a la naturalidad.

La idea de que Haruka se mude desde Tokio a Okinawa comporta parte de esa naturalidad. Porque la chica no solo llega a un lugar distinto, sino que se ve obligada a convivir con otras personas. Un punto fácil del que estirar para hablar de la incomodidad, del aislamiento social, como hacen otras como Hitoribocchi o The Ancient Magus Bride. Pero el giro en Harukana Receive juega a favor de su protagonista, una chica con facilidad para adaptarse y un carácter afable que le permite socializar con pocos problemas.

Una idea que la obra aprovecha como contrapeso para las inseguridades de Kanata, que se ve en ese punto de incomodidad incluso jugando en territorio propio. Pero aunque se para de ese punto, Nyoijizai no se centra en los problemas de la misma sino que los utiliza como excusa para la evolución interpersonal de ambas para luego extenderlo al resto de su plantel.

Ya en sus primeros compases nos muestra a Narumi como una chica reservada y competitiva, cuando en realidad solo carga con las cicatrices del pasado; sueños rotos y promesas incumplidas. Y por mucho que Claire suela mostrarse como la más positiva y fuerte de las chicas al final resulta que necesita ganar para mantener cierto orden mental. Para llenar los huecos de una mentalidad dominada por la sombra de figura materna con un potencial innato para el deporte que practican.

El valor de la confianza

Así, la obra traza una constante introspección. No pretende hablar —o al menos no convertirlo en su núcleo argumental— sobre la complejidad del volleyball playa, sobre sus reglas y su evolución. El deporte es importante, por supuesto, pero al final solo es una excusa, un hilo conector capaz de enlazar las personalidades de sus actrices.

Es por este motivo que su premisa, «no hay ases, sino equipos», cobra tanta importancia a lo largo de la obra. Porque Harukana Receive habla de las dificultades de las personas para compartir algo con otras personas. La relación entre las hermanas Thomas es un perfecto ejemplo de ello. Una muestra de como el conformismo moral anida en las relaciones en una repartición desigual de la confianza. Ambas son un equipo imparable, pero no lo consiguen hasta que entienden que su fuerza reside en la confianza mutua, en saber que si una cae, la otra estará allí para sujetarla.

Es una estructura recursiva, que aparece en cada una de las relaciones. Haruka y Kanata forman la columna principal; la motivación de una y la forma de recuperar la vida de la otra.Pero hay más, porque Ai y Mai tienen espacio para su drama, el de un sueño juvenil que ve sus llamas apagarse frente a la impasibilidad del tiempo. Son estas pequeñas historias las que dan forma a una obra que no necesita centrarse en grandes retos sino que brilla en las secuencias más simples.

Lo suyo son los problemas del día a día — los demonios con los que cargamos y los fantasmas que nos atemorizan. El dolor invisible. La incapacidad de Kanata para superar sus miedos, el ansia de Akari por ser reconocida con el único motivo de conectar con otras personas o incluso la difusa celosía emocional de Ayasa ante la posibilidad de que su compañera la abandone si vuelven los fantasmas del pasado.

El precio de la victoria

Harukana Receive no teme en hablar de personas. De pequeños problemas. De amor, de soledad, de personas rotas que afrontan su día a día. Así hace del deporte su bastón, un apoyo necesario para todas ellas y una forma de conectar emocionalmente entre sí.

No persigue la grandeza, sino la riqueza que reside en esa distensión. En esa conexión que hace de sus vidas algo más cálido. Y lo hace con un esfuerzo constante. Físico en parte, pero anímico también. Es algo que traslada a su animación, a como la obra evita alargar las escenas y aprovecha los tempos lentos para marcar la dinámica de los partidos. Cada salto, cada golpe, tiene su propia fuerza. Pero el uso de los factores morales, los flashbacks o la auto-superación de las chicas resuena mucho más fuerza que ese apartado técnico que sabe como encontrar recursos en la narrativa más simple.

La recompensa también está ahí. La victoria siempre es una constante, es la meta a perseguir. Pero su significado es mucho más difuso de lo que se entendería en otros contextos. Lo demuestra en sus compases finales, tras la intensidad del último partido. Porque cuando la última bola toca la arena la obra se tiñe de tonos grises. La victoria es pírrica, porque aunque Haruka y Kanata ganen, todas sienten que han perdido.

No hay celebración, no hay gritos ni vítores. Ese es el precio de la victoria en Harukana Receive. La idea de que el premio no es más que lo que arrebatas a quienes caen. Porque la verdadera victoria está en como todas ellas crecen juntas, en como la victoria y la derrota las acercan y crean un camino a seguir.

Harukana Receive acaba con un mensaje de optimismo. Con la promesa de un legado que cumplir y un torneo que ganar. Pero también lo hace con la fuerza de una declaración. La idea de que en el volleyball no existe la soledad, siempre hay una compañera irremplazable a tu lado. Una metáfora, a su vez, que habla de como los problemas del día a día, los fantasmas del pasado o los demonios personales resultan mucho más pequeños cuando una persona te da la mano. Cuando puedes compartir el mundo, tu mundo, con ella.

Óscar Martínez

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2 Comentarios

  1. Me agrada tu pluma y tus críticas Óscar, es muy bello y contingente el trabajo que realizan en Palomitron, saludos y abrazos desde Chile.

    • Muchas gracias por leernos y por tomarte el tiempo para felicitarnos, siempre sienta bien leer cosas así. ¡Espero que sigas leyéndonos en el futuro!

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