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Steins;Gate 0 ha dado un cambio, un profundo vuelco. El capítulo anterior jugó con todo lo que representa y puso los engranajes en marcha. La línea temporal, el trance entre beta y alpha y el regreso de Kurisu para después perderla de nuevo. Un cambio importante que acerca a la obra a su original pero que, quizás, pueda llevar a su protagonista a la orilla de la locura.

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El final de su octavo capítulo cerraba, como no podría ser de otra forma, con un importante cliffhanger. Un beso, un retorno. Unas piezas que empiezan a moverse demasiado rápido, como si se preparasen para algo importante.

La calma antes de la tormenta

Steins;Gate 9 es increíblemente lento. Como si tras todo lo ocurrido —y al amparo de lo que está por suceder— tocase tomarse un respiro y reflexionar.

Pese a las múltiples diferencias siento que esta entrega se asemeja sobremanera a Detective Conan, como si se tratase de esa parte del episodio donde nos dan un tiempo a los espectadores para enlazar las pistas. Casi como si su guión quisiese darnos la ventaja, esperando a que resolvamos el problema antes de lo que lo haga el propio Okabe.

Y es que es un capítulo repleto de detalles, de pistas, de reflexiones. Los terremotos de Rusia, como ya comentamos, es un indicio de que Rusia ha empezado a experimentar con la máquina del tiempo. El hecho de que Fubuki conserve recuerdos de la línea alpha apunta a que la chica puede usar Reading Steiner y el que hayan entrado a robar  a la habitación de Hijayo solo puede apuntar a una cosa: Amadeus.

Determinación

Pero todo esto, a su vez, implica un cambio. Primero la determinación de Okabe, que ve los sacrificios realizados por él como un impulso para seguir adelante. Y luego, el acercamiento a la obra original. Porque como bien revela Suzuha, los movimientos de Rusia les acercan a la Tercera Guerra Mundial.

Un punto que revela la sombras emocionales que se extienden a lo largo de todos los personajes en una escena cargada de fuerza. Un Okabe incapaz de superar el infierno que atravesó, aún mucho menos aceptar que debe escoger una línea temporal donde muera uno de sus seres queridos al que se suma una Suzuha devastada, incapaz de cumplir su misión y viendo como el mundo comienza a venirse abajo.

El realismo épico de Steins;Gate 0 azota a sus personajes con toda su intensidad. Son bombas emocionales, todos ellos. Y aunque sea un episodio tremendamente lento, cada segundo del mismo está cargado de esa presión, de ese dolor ficticio, del miedo de cerrar los ojos y que el mundo haya dejado de ser lo que es ahora.

Y es quizás esto lo que da pie a ese cambio. Lo que da pie a ver a un Okabe renovado, que se siente capaz de luchar contra su futuro. Incluso a una Suzuha mas humana que nunca, que solo quiere descansar junto a su padre y olvidarse del peso que carga durante unos minutos. Todos se ven elevados. Pero lo más importante es lo que nace de ese duelo moral entre ambos personajes y en lo que desemboca:

«Y entonces, Hououin Kyouma renacerá.»

Mozart y Salieri

La calma continua predominando la narrativa y animación de su décimo capítulo. Pero algo ha cambiado, de nuevo. El episodio toma un rumbo más reflexivo que el anterior. Lo hace de forma indirecta, discreta, pero efectiva.

Que sea Hiyajo quien presenta el argumento esta vez es la primera señal de ello, pero hay mucho más. La metáfora. El que se represente a si misma como Antonio Salieri y a la difunta Kurisu como Amadeus Mozart. Una forma de decirnos que siempre se ha visto inferior, a la sombra de su compañera. Como si la obra quisiese remarcar que, al fin y al cabo, trata de personas reales. Con sus problemas, sus vidas. Sus inquietudes.

Sin embargo, algo se mueve entre sus pausas. Amadeus vuelve, al fin. Y vemos como Hiyajo deposita un portátil —el de Kurisu, si estuvimos atentos al cierre del episodio anterior— en una taquilla. Por mucho que Okabe lo desee, por mucho que lo haga Suzuha, el mundo sigue moviéndose.

Relaciones

Pero antes de seguir adelante, su guión siente la necesidad de introducir nuevas pausas. Unas que, por primera vez, parecen algo forzadas. Lógicas dentro de su contexto, de donde y como se ambienta o de quien es sus creador original. Pero, de nuevo, forzadas.

La introducción de Nae como “Sargento Limpieza” es un punto que reduce la tensión con un toque de comedia pero resulta incluso desagradable en las palabras de Daru. Y la pequeña reunión entre Faris, Moeka y Hiyajo es una extensión de lo anterior, cargada de un fanservice —algo que, sin quitarle peso, resulta menos ofensivo que las escenas anteriores— innecesario.

Sin embargo, entre esas líneas se pueden encontrar pequeños detalles. Unos que apuntan a las relaciones, a seguir evolucionando a sus personajes. Primero para que formen vínculos y relaciones entre ellos pero también para unirlos al espectador. Así tenemos la charla entre Moeka y Hiyajo sobre sentirse inferior, sentir que cualquiera puede reemplazarte. E incluso se atreven a mostrarnos una tierna escena que relaciona de nuevo a las dos científicas y nos permite ver un poco más de Kurisu a través de su historia con el peluche del @channel.

Pandora

No es hasta los compases finales del episodio cuando su argumento decide lanzarse a un viaje sin retorno. Cuando sienta las verdaderas bases de la obra.

Y es entonces cuando todo se entiende. Cuando el escenario ya está montado, actores y actrices preparados para la representación y el telón comienza a levantarse. Pero no son actores. Tampoco actrices. Son marionetas, movidas por el desidio del flujo del tiempo y sus caprichos.

Porque cuando Okabe y Hiyajo visitan el edificio de radio en Akihabara su argumento no solo ahonda en esa relación que se va construyendo poco a poco. También ata los hilos y levanta el telón. La caja de Pandora de ha sido abierta.

Y la línea beta ha quedado sellada.

Óscar Martínez

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