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Boku No Hero Academia

La segunda temporada de Boku no Hero Academia llegó a su fin el pasado mes de octubre, ofreciendo uno de los mayores auges que hemos vivido junto a la obra desde el estreno de su adaptación el pasado abril de 2016. Y es que tanto BONES como el guión original de Kōhei Horikoshi aún tienen mucho que contar, incluso dos años después de su primera emisión

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Si bien, y como es de esperar después de la inactividad que brota entre el lanzamiento de una y otra temporada Kenji Nagasaki nos recibió con un capítulo recopilatorio donde nos ponía al día de los últimos acontecimientos sucedidos en la historia de Deku y compañía. Sin embargo, llegados a la segunda entrega de esta tercera temporada, toca empezar de verdad.

Lo orgánico de la fantasía

Boku no Hero Academia siempre ha tenido un carácter distintivo del resto de obras que se centran en los mismos compases que ilustra. Y es que, por mucho que su temática no deje de ser algo genérico, su ejecución es completamente orgánica y natural. No necesita acercarse a la deconstrucción del héroe como hace One con One Punch Man, tampoco busca introducirse en la psique de sus villanos, como comenzamos a entrever en la animación de Persona 5.

Boku no Hero es más simple. Pero también más contundente. La obra de Horikoshi disfruta con su propio planteamiento. El hecho de que la segunda temporada ilustrase un festival deportivo en el que participaban todo tipo de estudiantes con particularidades no desentona —no sigue las pautas de Dragon Ball y sus torneos, donde competían todo tipo de personajes fuera de lo común—, es lo que se espera de un mundo donde gran parte de la población tiene poderes especiales. Boku no Hero Academia normaliza su propio mundo amén de ofrecer algo diferente.

Y es por esta misma razón que cuando Eraser Head abre el capítulo anunciando que llegan las vacaciones de verano no esperamos un resultado propio de Assassination Classroom. Esperamos algo propio de BONES, algo propio de Boku no Hero Academia. Y un campamento de verano es, sin lugar a dudas, un planteamiento fantástico para que su estudio y su guion nos regalen una gran experiencia.

Campamento de verano

Las cosas no pueden seguir un planteamiento más básico —de nuevo, al nivel de lo esperado— el campamento de verano da comienzo con algo simple, llegar hasta cierto punto antes de la hora determinada. Quien no llegue no tendrá derecho a su almuerzo.

Sin embargo, BONES decide regalarnos un momento que equivale a la obertura de su segunda temporada, con esa carrera repleta de obstáculos. La introducción de las Wild Wild Pussycats cambia el juego y lo que en un principio era una carrera contrarreloj se torna una completa aventura, repleta de bestias monstruosas a las que superar para poder continuar.

Su planteamiento, de una tirada básica, sirve para ponernos al día. Si bien ya es algo que se hacía en el capítulo anterior, esta segunda entrega refuerza el hecho de que ha pasado tiempo. Los chicos y chicas han madurado y ya no solo son más fuertes, sino que incluso han aprendido a trabajar en equipo y realizar su trabajo. El trabajo que se espera de esas personas a las que se llama héroes y heroínas.

Ver a Bakugo —con sus más y sus menos, ya que desechar su personalidad derrumbaría la figura que han creado— trabajando con Todoroki es una gran muestra de ello. Pero BONES tampoco pierde oportunidad y aprovecha para ilustrar el trabajo de forma magnífica. La animación vuelve a convertirse en algo arrollador, especialmente en manos de Deku, que ya consigue dominar su One For All. El dinamismo y la celeridad con la que se mueven sus personajes sirve de preludio a lo que queda por ver en esta nueva temporada.

El peso de ser un héroe 

Incluso dentro del trasfondo que se crea para el episodio, Nagasaki se atreve a jugar con el hecho de que significa ser un héroe. Sin grandes pretensiones ni reflexiones innecesarias, pero como contrapunto al tono juvenil del argumento del capítulo. El campamento de verano tiene razón de ser. Los inminentes peligros que se formulan en la oscuridad y la amenaza de Shigaraki están más presentes que nunca en su fórmula. Por mucho que se intente dar un enfoque divertido —incluso con ese punto de fanservice humorístico con la clásica escena de los baños termales— el ambiente de peligro se intuye en la distancia narrativa que marca su historia.

Kota, el pequeño que acompaña a las Wild Wild Pussycats entra dentro de este factor. Es un huérfano, de padres héroes. Se da a entender que sus padres murieron de forma honorable y que aún se les recuerda como a salvadores. ¿Pero que se lleva él en todo esto? No hay gloria ni honor para aquél que pierde a sus padres en una lucha que no siente suya. Aunque de forma lejana, se intenta identificar esta visión en la figura de aquellos que causan el caos desde las sombras. No hablamos de blancos y negros, de héroes y villanos, hablamos de personas, cada una con su propia visión. Una que no siempre tiene que encajar en la fantasía que Midoriya formula a lo largo de toda la serie.

Pero el peso de ser un héroe no solo se identifica en esa lectura, sino en lo que queda por delante. Shigaraki ha demostrado estar por encima de los protagonistas. Y aunque consiguieron derrotar a Stain al final de la segunda temporada los daños causados fueron demasiado grandes. Eraser Head lo deja claro al final del capítulo. Han pasado tres meses, han aprendido a colaborar y han mejorado en todas sus aptitudes. Pero sus particularidades aún tienen mucho que mejorar. ¿Hasta dónde deberán llegar para poder detener todo lo que les espera?

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Óscar Martínez

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