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CRÍTICA: 2020

LOS ANTECEDENTES

Todo comienza con un hombre que despierta tras cincuenta días en coma inducido y recibe la noticia: ahí fuera hay una pandemia, señor, y está muriendo mucha gente, y las cosas van a tardar en volver a ser como eran. El documentalista Hernán Zin nos había hablado, entre otros temas, de abusos sexuales en La guerra contra las mujeres, del conflicto árabe-israelí en Nacido en Gaza, de la guerra en Nacido en Siria, y del periodismo en la guerra de Vietnam en Morir para contar. Todos estos títulos pueden visionarse en Filmin o en Netflix, y eso es altamente recomendable.

2020 está rodado durante los cuatro meses que usted y yo estuvimos confinados, y eso le da una perspectiva interesante a las cosas. Se trata de una producción de DOC Land, Antiestático y Eva Films y afortunadamente será distribuida en salas por Caramel Films a partir del 27 de noviembre.

LA PELÍCULA

El escenario de esta historia dolorosamente real es Madrid, una de las regiones más golpeadas por el coronavirus en todo el planeta. El momento es en pleno estado de alarma, y Hernán Zin se las ha arreglado para tener acceso exclusivo a la zona cero del desastre: hospitales, ambulancias, residencias, controles policiales, parques de bomberos, cementerios, crematorios… Se trata, en definitiva, de un doloroso retrato de cómo la pandemia ha afectado a esta comunidad.

Hay un gran número de escenarios desde dónde asomarse a la tragedia, y todos nos duelen. En el hospital, vemos cómo los médicos hablan de que hasta hace nada bromeaban con lo que ocurría en China, o en Irán, o incluso en Italia, como si fuera otro planeta… y un día, pum, les llega el primer paciente en cuidados intensivos de España… y cómo ni sus compañeros de otros centros son capaces de creerse la que se viene encima. O cómo empiezan a planificar las cosas mientras a la administración le da por empezar a administrar. O cómo unos doctores van pasando revista por las habitaciones, hasta llegar a una en concreto, frente a la que sentencian: “pendiente de fallecer, se ha hablado con la familia… y a esperar”.

Vemos Madrid vacío, y cómo impresiona ver las calles de una ciudad de más de seis millones y medio de personas totalmente desiertas: la Gran Vía, la Puerta del Sol… Y, entre todo eso, un hombre que pasea sin mascarilla con sus perros: es Enrique, un sintecho que no puede seguir eso de “quédate en casa”. Algún día recordaremos que por nuestras calles sólo transitaban las ambulancias, en un tiempo donde muchos tuvieron que saber qué se siente cuando las sirenas alejan de ti a tu madre, o a tu abuelo, hacia no se sabe dónde, porque además se lo han llevado sin teléfono. O cómo los sanitarios tuvieron que enfrentarse a su nuevo pan de cada día: saber que, ante alguien que arrastra una patología, unida una infección pulmonar grave, no van a poder hacer nada. O toda esa pobre gente que tuvo que despedirse de sus familiares por teléfono. O ni eso.

2020 hace referencia en su título al año más extrañamente trágico que nos ha tocado vivir a la mayoría de nosotros. Para contar la historia de estos doce meses condenados a ser recordados por la pandemia que los vertebra, se centra en historias humanas: como la de esa mujer que conoce a su hijo a través del iPad… o como la de ese hombre que espera ante una residencia de Leganés, en la que de momento han fallecido cuarenta y cinco personas, aguardando noticias de su madre. Y ese es en parte su gran acierto: ahí fuera tenemos todas las historias que queramos encontrar, pero Hernán Zin escoge con cautela a sus protagonistas. No hay una escena dura que no trate de decirnos algo: aquí hay humanidad, aquí se podía haber hecho mejor, aquí faltó material y aquí personal, aquí la previsión no funcionó y tampoco se quedó cerca… Sí hay algo que se repite a menudo: trabajadores que se buscan la vida ante una dirección que se muestra incompetente. No pasa siempre, pero pasa mucho. En realidad que pase una sola vez ya es mucho, y llegará el momento de pedir cuentas. Escuchamos frases como “no te pongas la mascarilla, que asustas a los internos” y uno no se lo puede creer.

LA SECUENCIA / EL MOMENTO

Vemos las funerarias hasta arriba, algo que no nos han enseñado y que por eso pensamos que no existen. Vemos funerales en la puerta de la capilla del cementerio de La Almudena, con cuatro personas ante un coche fúnebre. Y ya. Un hombre se despide de su madre mientras murmura “se nos están yendo los que nos han sacado adelante”.

No parece haber lugar para la esperanza en el mundo del Covid-19. En el mundo real, no en el de la fiesta en los balcones. De repente, al fondo, algo de luz: vemos a los pacientes que se van recuperando, los que salen entre aplausos, el agradecimiento sincero de la familia ante lo impagable. Vemos el trato de los sanitarios, buscando una cercanía que parece imposible. Vemos, en fin, bailando a aquellos que hasta hace no tanto ni siquiera podían respirar por sí solos.

LO MEJOR

  • El privilegio de ver Madrid durante el confinamiento, algo que pocos pudieron hacer.
  • El acceso a todos los puntos donde se tomaban decisiones importantes durante la pandemia. Excepto a las zonas de gobierno, aunque casi lo agradecemos, visto lo visto.
  • La vitalidad y las ganas por salir adelante que desprenden algunas historias en mitad del horror.

LO PEOR

  • Que no es ficción. Ojalá lo fuera. Y ojalá no tuviéramos trescientos muertos cada día ni nos hubiéramos acostumbrado a oírlo como quien oye de fondo un anuncio al que no da importancia.

Pablo Núñez Noriega

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Walter Murch tiene la teoría de que la felicidad es dedicarse a lo que te gustaba con diez años, y yo tengo un problema porque en mi caso no recuerdo con exactitud de qué se trataba. Mientras tanto, hablo por la radio y escribo en sitios. No confirmo que fuera lo que me gustaba con diez años pero tampoco lo descarto.