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BLACK MIRROR Y LA DESHUMANIZACIÓN DE LA CULTURA AUDIOVISUAL

Últimamente parece que hay algo en el sector del audiovisual que no va bien. La calidad ha disminuido, los consumidores están descontentos, cada vez se escucha más aquello de que las series no son lo que eran y parece que no hay series que satisfagan al espectador promedio. Esto que parece ser una mala época para el sector del consumo de contenido en streaming, y que seguramente termine por olvidarse cuando inventen una nueva forma de captar nuestra atención con otro tipo de producto, sin ningún atisbo de duda, será un caso reincidente. Por dos motivos: porque las crisis siempre son cíclicas, y porque la cultura del audiovisual se ha deshumanizado tanto en los últimos años que cada vez es más difícil conectar con el público, lo que supone un gran problema de raíz.

Ante la reciente finalización de una serie que ha supuesto un fenómeno a nivel global, como lo es Juego de tronos (2011-2019, David Benioff & D.B. Weiss), y la problemática y el discurso que ha nacido a raíz de su última temporada, es buen momento para hablar de este hecho, que consideramos un tema de obligado tratamiento y debate en los tiempos que corren. Aprovechando que Black Mirror, otro fenómeno a nivel global, estrena su nueva temporada este mes de junio, será útil tomarla de referencia y de apoyo para ilustrar la escala de la problemática situación y crisis que vive el medio.

Black Mirror es una serie británica creada por Charlie Brooker, que comenzó en 2011 como una humilde miniserie de 3 capítulos y que este mes de junio renueva por su quinta temporada, a cargo de Netflix desde su tercera.

Podríamos remontarnos muy atrás en el tiempo para encontrarnos con los orígenes de los problemas que a día de hoy vivimos debido al incesante avance de la tecnología. Ya pensadores y escritores de finales del siglo XX, tales como Orwell, Huxley o Philip K. Dick, presagiaban con temor un cambio en el sistema producido por este desarrollo. Preocupaciones morales de este tipo siempre han existido, el avance tecnológico cuenta con evidentes virtudes que en multitud de ocasiones se han visto eclipsadas por el miedo a lo desconocido, el mal uso de estas o la desinformación. Esta última postulada como otro cáncer para la cultura actual y la sociedad en general, que parece estar al alza.

Esta intranquilidad relacionada con las tecnologías como controladoras del modo de vida tradicional del humano promedio se ha heredado hasta nuestros días y ha tenido su representación en el cine en multitud de producciones, exhibiéndolas en muchos casos como un arma de doble filo, que hay que tratar con respeto y cuidado. Sin embargo la regla, por lo general, ha sido una visión bastante negativa acerca de su uso, incluso a veces condenando este avance injustamente y alimentando ese desconocimiento.

Black Mirror podría no ser muy original desde este punto de vista, pues muestra el lado oscuro de la tecnología y de cómo esta afecta y altera nuestra vida con consecuencias a menudo impredecibles y aterradoras. Podría parecer, al igual que las obras de Orwell o Philip K. Dick, que la serie presenta distopías dibujadas como futuros improbables, pero nada más lejos de la realidad. La virtud de la serie reside en mostrar realidades actuales caricaturizadas y exageradas con el adorno o el maquillaje del ‘futuro distópico’.

Encontramos entonces comportamientos cotidianos que incluyen una crítica satírica con un mensaje ácido. La serie realmente no es explícita en las formas, produce en el espectador una lejanía respecto al problema que plantea, al ubicarlo en contextos completamente ficticios. Sin embargo se vuelve bastante explícito y chocante en el contenido, pues muestra un trasfondo crítico que emula las situaciones que vivimos desde el otro lado de la pantalla. Black Mirror provoca un sentimiento de choque y de extrañeza, ya que casi siempre incorpora un elemento real que la hace verosímil. Nos hace pensar que, de encontrarnos en ese contexto, esas situaciones se darían.

En Black Mirror 1×03: Tu historia completa los recuerdos se acumulan en un disco duro interno y pueden ser consultados y manipulados a placer.

LA PARADOJA BLACK MIRROR

Una vez entendidos los pilares sobre los que Black Mirror construye su discurso, podemos entrar a valorar el tema que ocupa este artículo, partiendo de una premisa que podríamos denominar como ‘la paradoja Black Mirror’.

La ironía de la serie reside en la exposición de un mundo tecnológico cada vez más aislado e individual, dominado por las apariencias, los likes en redes sociales y la constante necesidad de ser aceptado. Cada capítulo genera en el gran público una reflexión acerca de lo que ha visto, que parece olvidarse a los cinco minutos de terminar. Una conclusión superficial emerge tras ver la serie: ‘las tecnologías nos perjudican’, mientras el espectador lo comparte con su smartphone. Existe una inacción del gran público que no entiende Black Mirror como una llamada de atención o una advertencia, con gran cantidad de matices acerca de la realidad que estamos viviendo hoy, y no en el futuro.

Que el mensaje auténtico de Black Mirror o de cualquier otra serie actual no llegue a calar en el espectador de manera efectiva se debe a tres puntos fundamentales, que nos servirán para ilustrar y simplificar el desarrollo de la teoría de la paradoja.

  • La calidad y el valor de la obra
  • Limitaciones del formato serie
  • El tipo de audiencia que consume el contenido

Estos tres puntos se desarrollan juntos y se retroalimentan entre ellos. Se encuentran relacionados directamente y avanzan de la mano en una u otra dirección. Por este motivo, no será extraño que recurramos en varias ocasiones a uno u otro dentro del mismo apartado.

La calidad de una obra de índole audiovisual o de cualquier otro tipo sería un tema de debate interesante al que se le podrían dedicar varios artículos o libros (de hecho, ya se le dedican). No consideramos que sea conveniente dedicar un punto a tratar el tema de la calidad de una obra en este artículo, no nos corresponde. Sin embargo, recurriremos a este apartado en el desarrollo de los otros dos, pues como hemos dicho, no puede entenderse uno sin el conocimiento de los otros.

Un sistema de likes y dislikes normalizado articula el universo dónde se desarrolla Black Mirror 3×01: Caída en picado.

EL PROBLEMA DEL FORMATO SERIE

El formato serie tal como lo conocemos cuenta con una problemática de raíz que le limita a la hora de alcanzar a transmitir un mensaje íntegro. Entendiendo el formato serie como un producto seriado, dividido en capítulos y emitido por temporadas.

Partimos de dos premisas fundamentales respecto a la calidad, de las que ya habló el cineasta ruso Andréi Tarkovsky en el libro Atrapad la vida.

  • Una de las características que marcan que una obra sea de mayor calidad es cuán íntegra es la misma, y esto ocurre cuando se adhiere perfectamente a una idea principal auténtica y concisa, concebida por el autor, y esta marca un mensaje claro.
  • La segunda es que podríamos decir que uno de los factores que hace a una obra ‘mejor’ es la capacidad de desmarcarse del resto en cualquier aspecto, ya que en el arte siempre se premia la creatividad y la innovación (ya sea en forma o en contenido).

Entonces una obra de calidad sin duda tomará riesgos, que, por consiguiente, generarán opiniones diversas (esto no quiere decir que todas las obras que generan controversia sean de calidad, eso dependerá de otros factores que no trataremos aquí).

Una película soportará críticas tras su estreno, habiendo tomado una serie de riesgos y postulándose como mejor o peor para la audiencia. Sin embargo, pase lo que pase, se mantendrá íntegra, pues esas decisiones acerca del contenido, la forma o el mensaje se verán inalterables en el tiempo.

Una serie convencional, con varios ‘paquetes’ de capítulos, se ve sometida a que la crítica y el público la juzgue en cada nueva temporada, lo cual puede implicar que la serie cambie su rumbo de un lado al otro, deje de tomar algunas decisiones u opte por asumir nuevos riesgos. Y esto puede derivar en que se alargue o se acorte innecesariamente, e incluso a veces, en que directamente se cancele. Por lo tanto, dicha serie tiene muchas posibilidades de perder su integridad. Existen buenas series que saben manejar la situación de una forma más o menos efectiva, sin embargo, hay un conflicto de intereses, por todos conocido, por parte de las productoras y de la industria audiovisual que hace que el formato serie cuente con un hándicap importante a la hora de crear contenido de calidad. Este suceso también ocurre en el mundo del cine, de cara a las secuelas, que nacen a raíz de una película original que ha triunfado y cambian el discurso a favor del beneficio de la producción. Sin embargo, el cine se salva de esta premisa, ya que los films son capaces de funcionar de manera individual.

El formato serie cuenta con otras ventajas en cuanto al desarrollo narrativo, ofreciendo un tiempo mayor de familiarización con el entorno, que puede ser atractivo para algunos espectadores. Pero digamos que una película es una apuesta a uno, y una serie puede evolucionar en el tiempo y eso no siempre sale bien.

Black Mirror nació en un momento en el cual el boom de las series aún no había llegado. Comenzó siendo una serie de culto que denunciaba, entre otros muchos temas, el consumo de masas, las modas y el uso abusivo de las redes sociales como medio de comunicación y entretenimiento. No obstante, Black Mirror se transformó en 2016 en aquello que denunciaba, cuando fue comprada por el portal de contenido en streaming Netflix. Se convirtió en una serie mainstream de la que todo el mundo hablaba y que se situaba en el centro de tuits e historias de Instagram, como un fenómeno a escala global.

Si la gran audiencia terminaba por ver la serie de forma automática, para decir que la había visto y poder subirse al carro de la moda del momento, el mensaje desaparecía. Se pierde la integridad y la intención de partida si aquello contra lo que luchas y pretendes erradicar es de lo que te vales para seguir construyendo. Aquello contra lo que luchas acaba por consumirte, lo cual forma parte de la paradoja.

A medida que las temporadas han ido avanzando, se ha ido convirtiendo en una serie menos crítica, menos extraña, que trata unas cuestiones menos ácidas y de una forma más blanda y superficial. Ahora exhibe sus capítulos en un portal audiovisual a la carta, que guarda información acerca del contenido que consumes, que se usa para manipularte y ofrecerte alternativas similares con el fin de captar tu atención.

Resulta que uno no tiene derecho a criticar el sistema si forma parte de él, si es una de las piezas que hace que ese sistema se mantenga. Así mismo lo expone el mismo Charlie Brooker, creador de la serie, en 1×02: 15 Millones de méritos.

Esta paradójica hipocresía, que arranca mensajes acerca de la idea original cada vez menos viscerales, es una actitud que se repite en multitud de aspectos de la sociedad. Recuerda, por ejemplo, a aquellos partidos políticos que triunfaron en un primer momento por establecerse al margen del sistema, denunciando las deficiencias de este, criticándolas con dureza y atreviéndose a decir cosas que nadie decía, y una vez han pasado a formar parte del mismo, su discurso se ha visto rebajado y ha perdido la credibilidad.

En el momento en el que uno cambia de posición y se encuentra al servicio del público, pierde su fidelidad. Pues ya no es solo la inspiración personal la que mueve la maquinaria, sino también otros intereses (económicos, sociales, políticos, de reconocimiento), aunque el gesto de por sí sea el mismo.

El protagonista de Black Mirror 1×02: 15 millones de méritos se rebela contra el sistema para después dejarse seducir y pasar a formar parte de él.

LA TOXICIDAD DE LA AUDIENCIA Y LA ‘CULTURA DEL SPOILER’

Este es tal vez el bloque más problemático, ya que nos implica directamente a los espectadores como parte del problema, pero sin duda, viene motivado por los dos anteriores.

Vivimos en un tiempo en el que el cine y las series están considerándose cada vez más un elemento de ocio, y cada vez menos uno de expresión cultural. Cada vez existe más gente que consume asiduamente contenido sin buscar necesariamente que eso que consume les aporte algo más que pasar un buen rato.

Esto viene dado por un fenómeno social que trató el sociólogo americano George Ritzer ya en 1996, llamado ‘la McDonalización de la sociedad’, un movimiento que se aplica no solo al ámbito de la cultura, sino también a cualquier aspecto de nuestro modelo de vida (político, económico, sanitario, educativo, antropológico…).

Aplicado al campo que nos ocupa, el autor ilustra la teoría equiparando el campo de la cultura con el de la gastronomía, hablando del efecto que ha provocado el auge de los restaurantes de comida rápida en el modo de vivir y de alimentarse de las sociedades.

El individuo acude a McDonald’s cuando no tiene tiempo o ganas de acudir a comer a otros establecimientos, que no son tan rápidos o tan baratos, a consumir lo mismo, preparado de la misma manera siempre. La comida de McDonald’s es una comida que no encanta, pero que satisface y llena el estómago, y es un menú que en un momento de necesidad todo el mundo es capaz de consumir. Aun así, el individuo es consciente de que la comida rápida no es lo que podríamos considerar ‘una buena comida’. No tiene matices, no está sabrosa, y por supuesto, no es sana.

Acostumbrar nuestro paladar a este tipo de ingestas puede ser un problema cuando nos inviten a cenar a un restaurante de mayor calidad, ya que quizá no sabremos apreciar una buena carne o un pescado, o sus sabores nos resulten repulsivos por ser demasiado intensos a nuestro gusto.

Nos encontramos en una época en la que el público engulle contenido, no lo consume. Hay cierta indiferencia generalizada hacia la forma de entender el medio. Cada vez se graban más series y cada vez es más sencillo llegar a ellas, lo cual, de entrada, es algo positivo. Cuantas más posibilidades y más facilidades tengamos para elegir lo que queremos ver, mucho mejor. Sin embargo, hay una masa engullendo producto sistemáticamente sin detenerse a pensar sobre qué es realmente lo que está viendo o sobre cuál es la calidad del mismo.

El problema de consumir una cantidad ingente de contenido sin filtrar y sin establecer juicios de valor sobre aquello que vemos es que no da tiempo a asimilar el mensaje ni la intención. Es atiborrarse de Big Mac’s para llenar la barriga. No cuenta el entendimiento, y en contadas ocasiones, ni siquiera existe un verdadero disfrute.

En muchas circunstancias, prima el poder expresar que uno es conocedor de la serie de la que se habla antes que encontrar algo que realmente motive o inspire de verdad. Desarrollaremos esta idea y sus porqués más adelante, pero ahora recordemos el primer capítulo de Black Mirror y analicemos la paradoja de nuevo.

El primer capítulo de Black Mirror (1×01: El himno nacional) cautivó a la audiencia por su atrevimiento desvergonzado. En él, el Primer Ministro británico debe tener sexo con un cerdo delante de las cámaras en una retransmisión para el país entero, con el fin de evitar que asesinen a una niña secuestrada. En el capítulo toda la sociedad denuncia el acto del secuestrador y el gobierno pide al país que apaguen sus televisores para no presenciar un acto tan degradante.

La moraleja del capítulo se descubre cuando al final nadie apaga el televisor, ya que todos sienten curiosidad (por llamarlo de alguna manera) por ver a un hombre humillarse en un gesto asqueroso y desagradable, aunque por otro lado lo condenen. Ese mismo morbo es el que movilizó a gran parte de los espectadores que acudieron a ver Black Mirror ante la premisa que exponía la publicidad de la serie, o la recomendación de un amigo, que anunciaba: ‘Mira Black Mirror, se follan un cerdo’. La crítica de Charlie Brooker es dantesca, porque la gente no es capaz de retener el mensaje y emulan exactamente aquello que la serie denuncia.

Black Mirror 1×01: El himno nacional critica con fiereza el morbo de la audiencia por presenciar acciones cada vez más grotescas.

Tras cuatro temporadas, este ingenioso funcionamiento termina por desvirtuar el objetivo que la serie tenía en primer lugar. La gran audiencia ve los capítulos por la forma en la que están hechos y no tanto por lo que cuentan. Se preguntan con qué elementos sorprenderá Black Mirror, no tanto acerca de los mensajes moralistas que pretende transmitir. Ante esta situación y recogiendo la idea que exponíamos al hablar del formato serie, se ha terminado por abogar por un esfuerzo mayor en elementos visuales (4×01: USS Callister) e introduciendo un mensaje menos crítico cada vez.

Numerosas series de televisión han causado movimientos y se han convertido en fenómenos a escala global, y siempre ha existido una audiencia tóxica y un gran público insensible. La McDonalización existe en el audiovisual desde que este se convirtió en un medio al alcance de todos. Sin embargo, el auge de las redes sociales en los últimos años ha supuesto un crecimiento desproporcionado de este fenómeno. Determinados gestos han propiciado la llamada ‘cultura del spoiler’.

Es tan sencillo como detenerse a pensar un momento lo chocante que resulta que una persona que no sea seguidora de Juego de tronos (o de cualquier serie de moda) entre en redes y conozca con exactitud todo lo que ocurre en cada momento y con cada personaje. No se pestañea al soltar un spoiler en redes, ya sea en forma de meme o de manera deliberada.

Podríamos abrir otro debate, tal vez en tono jocoso, respecto a este tema, pues un spoiler es el descubrimiento de una información concreta que anticipa un momento en la trama de la serie o película y que hace perder al espectador la oportunidad de sorprenderse o disfrutar de la misma. Si las redes hasta este punto han llegado a contar la serie completa, incluyendo todos y cada uno de los pasajes de la misma, ¿lo seguiríamos considerando un spoiler?

Compartir el final de una serie, de un capítulo o de una película es algo totalmente fuera de lugar y era inconcebible hace unos años. Es preocupante que este movimiento no sea una minoría, y que existan spoilers a las cuatro horas de un estreno sin ni siquiera dar tiempo suficiente a los fans más acérrimos para ver el contenido. Contribuye a crear esta atmósfera en la que el respeto al medio y al espectador se ha ido desvaneciendo.

Llegados a este punto, una buena pregunta sería cuestionarse cuál es la razón de que la ‘cultura del spoiler’ se haya acentuado en estos últimos años. Si nos apoyamos en las premisas que hemos ido exponiendo desde el inicio del texto podemos encontrar una respuesta sencilla.

Si las personas vuelcan buena parte de su tiempo libre en el consumo de series (y no solo eso, sino que se trata siempre de las mismas series), se terminan por monopolizar los temas de conversación. Miles de conversaciones triviales del día a día se ven reducidas a “¿has visto el último capítulo de…?”, y en redes este fenómeno se agudiza. La serie como producto comercial y mainstream se vuelve un ambiente en el que el espectador común quiere estar. En muchas ocasiones el proceso de deshumanización se vuelve competitivo, como una carrera por ver quién consume más contenido, o quién ve antes el nuevo capítulo. Gestos como subir fotos o vídeos a Instagram, capturando la pantalla del ordenador portátil con imágenes de tu serie, para dar eco de lo que estás consumiendo y conseguir formar parte de ese grupo, son los que normalizan esta desvirtualización de la cultura. Los capítulos han pasado a ser objetos de mero consumo, un ocio y divertimento (a veces discutible) para no quedar excluido (3×01: Caída en picado).

Finalmente, el espectador ‘sano’ que busca disfrutar de la serie a su ritmo y a su manera se encuentra acongojado. No le queda más remedio que subirse al carro y convertirse en uno más de esos fans que trasnochan para ver el nuevo capítulo de estreno sin miedo a ser spoileado. La otra opción consiste en aislarse social y digitalmente, lo cual no deja de ser una solución bastante extrema y triste.

La serie ha terminado por dedicar un mayor esfuerzo a la espectacularidad visual que al contenido del mensaje, en Black Mirror 4×01: USS Callister.

LA MITIFICACIÓN Y EL FANATISMO DESPROPORCIONADOS

Lo realmente dañino acerca del consumo de estas obras no es tanto la calidad de la obra o si lo que esta transmite es mejor o peor, ni siquiera lo que representa o en lo que se haya convertido la obra en sí. El verdadero problema es la tendencia a entender estos fenómenos de masas como una única realidad. Se mitifican, y una vez mitificados, cuesta ver más allá de la hamburguesa de McDonald’s.

Este fanatismo desproporcionado que idolatra ciertos fenómenos es la pescadilla que se muerde la cola y que alimenta el conflicto de intereses. El público pide, y la industria da, el mismo producto que ellos conocen y que controlan. No hay juego, no hay riesgo. Se termina por buscar un contenido fácil y concreto, que se comparta rápidamente por llamativo, con el que sea sencillo opinar (2×03: El momento Waldo).

Contribuye a sesgar el modo de conciliar el gusto personal con el criterio propio y la calidad de las obras, cuya línea, en este contexto, se hace cada vez más borrosa. El fanatismo enfermizo empuja al fan a gestos como acudir al cine hasta en tres ocasiones en un lapso de menos de una semana para ver, por ejemplo, hablando de fenómenos globales, Vengadores: Endgame (2019, Anthony Russo & Joe Russo) (con todo respeto a Marvel), ignorando en todo momento otros films que se exhiben en salas contiguas que pudieran ser igual o más estimulantes, y banalizando la capacidad que el cine posee para emocionar y sorprender. Si solo consumes hamburguesas, no sabrás enfrentarte a un cocido. El criterio no existe, por lo tanto, se hace imposible evaluar la calidad de un film de forma certera.

Al no existir un criterio, una reflexión y/o una puesta en común sobre aquello que se consume, en muchas ocasiones, el espectador se cree con unos derechos que no le corresponden. Muchas series contemporáneas han provocado un descontento o decepción generalizada en momentos puntuales o de cara sus finales. Recordamos algunos finales controvertidos como el de Perdidos (2004-2010, J.J. Abrams, D. Lindelof, C. Cuse, J. Lieber), que si bien fue discutido, sucedió en un momento en el que el auge de las redes aún se estaba cocinando. Otras series más actuales, foco de polémicas y discusión, encontraron un Instagram en pañales y un Twitter menos afilado de lo que lo es hoy en día. Véase el final de Cómo conocí a vuestra madre (2005-2014, Carter Bays & Craig Thomas) o el capítulo de la mosca (3×10: La Mosca) de Breaking Bad (2008-2013, Vince Gilligam).

Con esto queremos decir que la crítica de por sí no es mala, al contrario, es bienvenida y necesaria. Es imprescindible expresar el descontento o la opinión hacia un tema para que, de este modo, sirva para abrir una discusión y crear criterio, compartiendo ideas, que al fin y al cabo es el objetivo si queremos disfrutar de forma plena de lo que nos gusta.

Sin embargo, es peligroso cuando a la crítica se le da un mal uso. Encontramos el ejemplo de Juego de tronos, la cual cerró su octava y última temporada el mes pasado. Una de las reacciones de la audiencia fue la recogida de firmas para la regrabación de la octava temporada ante la disconformidad que había experimentado el público por el abrupto final. Esto mismo ya ocurrió, por cierto, con el lanzamiento en 2017 de Star Wars: Episodio VIII – Los últimos Jedi (Rian Johnson). Aunque no es común que un equipo de producción modifique sus planes para contentar a legiones de ‘fans’ disgustados, hay ocasiones en las que esto se ha producido. La controversia acerca de la recién anunciada Sonic: la película (2019, Jeff Fowler) ha colocado al estudio en la tesitura de modificar el diseño del personaje para que este satisficiera las expectativas del gran público.

El concepto del fan service existe y siempre ha existido. Las series que se alargan innecesariamente porque tienen audiencia, o las películas con ideas íntegras e interesantes que debieron quedarse en una entrega y se han explotado hasta la saciedad con numerosas secuelas.

Sin embargo, esta es una situación grave, pues encontramos que el público ya no se siente satisfecho con elegir lo que ve (ante la enorme oferta que hoy tenemos a disposición y cada vez más), sino que ahora también quiere elegir cómo lo ve y de qué forma. Un gesto que expone comportamientos soberbios y aspira a tener la libertad de elegir sobre determinados aspectos sobre los que no deberíamos tener voz como espectadores, y que limitan, aún más si cabe, a los creadores de contenido, a los que la industria comercial les pide que hagan lo de siempre una y otra vez. Si con la ‘cultura del spoiler’ existía una total falta de respeto a los espectadores compañeros, con la idealización de las series esta problemática supera los límites y lleva a desprestigiar el trabajo de los autores y trabajadores, y a agotar el poco respeto que quedaba frente a la cultura. Y aunque parezca que se critica mucho, que tal como comentábamos es una buena cosa, nunca ha habido una actitud menos crítica.

Black Mirror 2×03: El momento Waldo habla de la mitificación de ídolos o tendencias atractivas cuyo apoyo masivo puede constituir un peligro.

MENOS SENSIBILIDAD Y TOLERANCIA, MÁS VELOCIDAD

Sin duda, estos encuentros propician cada vez más que se polarice la opinión y que, sin embargo, no exista un debate. En lugar de esto, se establece un juego de poderes, en el que las opiniones rivalizan y se lanzan como cuchillos. Las conversaciones giran en torno a personas conformes y personas disconformes, y obliga al espectador medio a posicionarse en un lado u otro sin pararse a analizar los porqués ni hacerse preguntas o plantearlas. Este fenómeno, que es una consecuencia de esta McDonalización, lo venimos viendo reflejado en otros campos de la sociedad como el deporte o la política. Cuando hay un mayor nivel de desinformación y de desconocimiento, todo acaba en enfrentamientos sobre quién tiene más razón, en algunos casos incluso con conductas agresivas y violentas. Todo se gesta como parte de una cadena: si no hay criterio, no hay reflexión, y si no hay reflexión, no hay debate.

Al igual que una parte de la masa se cree con el poder de decidir cuál debería ser el final de una serie, también se atribuye el derecho a decidir sobre ciertas cosas que superan los límites de la ficción. La insensibilización hace al individuo no pensárselo dos veces a la hora de condenar a un creador de contenido, o hacerle la vida imposible a alguien que no comulga con sus ideales y que seguramente ni siquiera conoce (2×02 Oso blanco, 3×06 Odio nacional).

Las causas y consecuencias de actitudes de este tipo, que trascienden el plano del audiovisual, desembocan en que cada vez somos menos tolerantes. Desarrollamos una menor tolerancia al dolor físico, pero también al mental. Se sacan cosas de contexto, y nos llevamos a lo personal situaciones que ocurren en una pantalla, en una red social o en un campo de fútbol. Y esto desemboca en un consumismo exacerbado, que nos insensibiliza aún más y nos devuelve al primer apartado de este artículo. La reflexión nos lleva a afrontar que las cosas no siempre son como queremos, y eso resulta molesto, da miedo, o las dos cosas al mismo tiempo (2×01: Ahora mismo vuelvo, 3×04: San Junipero)

En Black Mirror 3×06: Odio Nacional los tuiteros pueden elegir quién será la siguiente persona en morir.

En síntesis, puede que el culpable o el detonante más acusado de que se produzcan estos comportamientos sea el ritmo frenético al que continuamente estamos sometidos. George Ritzer, en su libro advierte de los peligros de la McDonalización y se opone a ella firmemente, pero es consciente de que se trata de un fenómeno imparable e inevitable, del que muchas veces él mismo es también cómplice.

Y es que resulta que, incluso en el audiovisual, considerándolo una ficción, es complicado escapar de este modo de vida tan agitado. Sin embargo, al parecer, esta cadencia imparable nunca es suficiente. Al enfrentar al público a la pantalla, hay una tendencia de salida que exige que deben de estar ‘pasando cosas’ todo el rato. Este modo de vida ha acostumbrado al público a estímulos constantes que no dejan margen para el aburrimiento, para irónicamente, escapar de un mundo que cada vez va más rápido, olvidándose por completo de la contemplación y la tranquilidad. Las situaciones más increíbles y extremas son las confesiones de personas viendo temporadas completas a velocidad x1.5 para ponerse al día o para engullir todo lo posible en el menor tiempo posible. O, en su defecto, encontramos a gente incapaz de ver una película de dos horas completa porque le parece demasiado larga y puede aburrirse. Esto último, a título personal, espero que no sea lo más común.

En ocasiones olvidamos que el elemento más importante del cine es el tiempo, como ya decía Tarkovsky. Si no respetamos el tiempo, si no le damos una oportunidad al tiempo, en todas sus formas y colores, ¿cómo sabremos si realmente estamos disfrutando aquello que vemos? Se suele decir que cuando el tiempo pasa rápido significa estamos disfrutando de verdad. Si forzamos el paso del tiempo o no lo legitimamos, ¿qué estamos queriendo decir?

Muchos han sido los pensadores, cineastas, sociólogos que han advertido sobre esta desnaturalización que acaba por degradar gravemente el proceso creativo, por desvirtuar y hacer que se pierda toda relación entre creador y espectador. Desconozco si Charlie Brooker con Black Mirror tenía en mente un mensaje con tantos matices, o quizá era una crítica menos profunda que el panorama de la industria y la audiencia han convertido en una triste realidad.

La facilidad para reemplazar a un ser querido por una copia en Black Mirror 2×01: Ahora mismo vuelvo nos habla de la escasa tolerancia al dolor y a la muerte que la sociedad está desarrollando.

Esperamos que el lector la próxima vez que disfrute de Black Mirror o de cualquier otra serie y lo haga con su móvil en la mano, reflexione sobre lo que está viendo, porqué lo está viendo y de qué manera. Pero sobre todo que se tome su tiempo para disfrutar y que haga el esfuerzo de apreciar con todos sus matices un producto que él mismo ha elegido ver.

Y si en futuras ocasiones se pregunta por qué ninguna serie le motiva, le gusta o le llena, o por qué entre tanta oferta ‘no sabe lo que ver’, recuerde la McDonalización de Ritzer. Quizá sea buen momento para volver a los clásicos, a un contexto en el que la valoración crítica y el disfrute personal no dependían de un tuit. A veces se agradece.

Pablo Sánchez

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