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Claudia Piñeiro (Buenos Aires, 1960) llegó a la escritura de forma tardía tras pasar por el aburrido mundo de las auditorías. Después de varios intentos en géneros dispares (fue finalista en La sonrisa vertical y escribió novelas juveniles) parece haber encontrado su lugar en la novela policíaca que alterna con la de referentes históricos y el teatro. Éxito de ventas en Argentina, se configura como una autora popular con estilo de las que hacen las delicias de las editoriales.

Betibú es una novela de suspense en la que la intriga se traslada a la investigación periodística: “allí donde no llega la policía, llega la prensa”. Es un relato urbano, ambientado en la ciudad de Buenos Aires, en concreto en uno de los allí denominados countries, urbanizaciones exclusivas, blindadas por la seguridad, que constituyen un microcosmos social. Diariamente los empleados de las grandes mansiones deben hacer largas colas y someterse a humillantes controles para acceder a sus puestos de trabajo. Este hecho constituye el trasfondo de denuncia social que, más que otra cosa, decora a la obra y que ya utilizó en su anterior novela Las viudas de los jueves. El detonante será un asesinato con referencias explícitas a Cortázar (imposible esquivarlo en el imaginario argentino) en su aspecto estético (el asesinado aparece descrito de la misma forma en el cuento Continuidad de los parques) e implícitas en otros momentos por la intromisión de la protagonista pugnando por novelar su propia historia. Las teorías conspirativas, los grandes grupos mediáticos que acaban con la libertad de prensa al aliarse con el poder, la añoranza y la crisis existencial meta-postmoderna que se redime al retomar el contacto con la realidad, las referencias a la Dictadura…Todo esto acompaña al esclarecimiento de un crimen que desafortunadamente decepciona en su fundamento, carente de cualquier credibilidad, pero que sirve como base para un bello alegato sobre la discriminación que sufre el género masculino a la hora de poder expresar sus emociones: el derecho de los hombres a ser sensibles, sufrir, llorar y ser ultrajados. Laura Piñeiro resulta más eficaz en su defensa de la igualdad cuando aboga por los hombres que en su feminismo de manual que se mueve en difícil equilibrio con la caballerosidad.

 

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Sustituye el eclecticismo formal, que tan buenos resultados dio a la literatura argentina contemporánea, por un eclecticismo temático que entretiene, contenta a muchos, pero no profundiza en nada. Es literatura fácil, no exenta de talento que toca lo que debe tocar y peca de lo que no debe pecar. Recurre a renovaciones lingüísticas ya asentadas, manejadas con corrección para otorgar fluidez al texto, crear un lenguaje cercano y coloquial que no presente dificultades y con licencias ortográficas reivindicativas (ya sabemos que en la lengua de Cervantes coger siempre será coger), lícitas por ser intencionadas (aunque no sea Juan Ramón Jiménez).

Su literatura tiene cierto aire cinematográfico y sus recursos más originales se inspiran más en el arte visual que en el verbal. Acierta en la narración de acciones simultáneas, no por su aportación a la historia sino por el deleite descriptivo que enriquece la ambientación, es decir, una concesión al realismo, a la importancia de los tiempos y los irrelevantes gestos cotidianos que capturan el universo del libro. Esto, junto con la minuciosidad en la descripción de los actos, pensamientos y reflexiones de los protagonistas a través de los que nos deberían exponer su alma, son sus grandes aportaciones a nivel estilístico. A pesar de contar con la técnica para crear personajes complejos y psicologías realistas, no consigue franquear la descripción máscara que se acaba quedando en el estereotipo. En esencia, no deja de ser un cuento de hadas con princesa prisionera (aunque sea de ella misma), príncipe ad hoc (es decir, adaptado a las necesidades de la interesada)y un malo al que no le falta ningún detalle para ser detestable.

Pero la gran baza de esta novelista es su capacidad para dosificar la información que descubriremos con los protagonistas. La técnica de las pistas, más o menos previsibles, con cierta dosis de peligro o inquietud, sirven de hilo conductor para introducir lugares y personajes diferentes que sustentan el dinamismo y mantienen la atención en la superficialidad de la acción. Su eficaz uso del sentido del humor permite otorgar fuerza a dos de los momentos más estimulantes de la novela: su rebeldía frente al abuso de autoridad y la cruel mofa, merecida en este caso, del deterioro físico por el envejecimiento masculino (tema en el que sí se agradece, por fin, un trato más igualitario).

 

NOVELA VS. PELÍCULA

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Las novelas de Claudia Piñeiro parecen buscar, intencionadamente o no, su continuidad en el cine. En esta ocasión, el director argentino Miguel Cohan adapta (junto a su hermana ANA COHAN) y dirige BETIBÚ.

Los dos elementos principales de la novela: la investigación y los personajes que la realizan, serán los ejes de una película que prescinde de todo posible añadido temático. Con ello anula el pequeño universo que los protagonistas podrían usar para dotar de realismo a personajes que, ya de por sí, están bastante estereotipados. No obstante se trata de “tipos” interesantes que juegan un papel que permite lucirlos en la trama que desarrolla.

Betibú (o Nurit Iscar), interpretada por la actriz MERCEDES MORÁN, es quizá el personaje más perjudicado por el vacío de contenido en su paso a la película y que, sin embargo, aparece bastante definido en la novela. A falta de otra cosa, es necesario recurrir a los referentes que todo espectador tiene sobre tipos estándar de personajes para dotar de un contenido que complete la interpretación. Estos referentes no existen para Mercedes Morán que crea, casi de la nada, un personaje que cumple su cometido y poco más. Al contrario de lo que ocurre con Jaime Brena, magistralmente interpretado por DANIEL FANEGO. Todos tenemos en nuestro imaginario el papel del periodista de raza, hastiado del mundo, bebedor y honesto que acepta una vida entregada a su vocación y que se rebela en silencio ante unos tiempos que no comprende. FANEGO sabe dejarse llevar y convencernos recreando el papel más logrado de la película. El tercer personaje clave de la investigación, el joven periodista que interpreta ALBERTO AMMANN, está suavizado con respecto al relato de la novela: ni es tan insoportable en su origen, ni nos enteramos casi de la evolución que sufre a medida que transcurre la investigación. Todos salvan sus personajes con profesionalidad y por la distracción de la acción.

Especial mención merece Lorenzo Rinaldi. En este caso no hay vacío sino una desvirtuación absoluta del personaje que parece haber sido acondicionado para el lucimiento de JOSÉ CORONADO, pero que ni por ésas. Si en el filme padece de un encanto engañoso, casi él mismo víctima de las circunstancias, en la novela es clarísimamente un machista sin escrúpulos, de técnicas rastreras que abusa del mismo poder al que está vendido (ni siquiera en la novela entendemos cómo la protagonista acaba enamorada de semejante tipo; una concesión de novelilla). De este modo su papel no requiere casi interpretación porque los momentos más escabrosos y humillantes pasan a ser narrados en lugar de ser actuados. Nada, salvo espectáculo, aporta el personaje de Gato que los guionistas se sacan de la manga, otro estereotipo cómico innecesario. Y anulado queda el papel de Karina Vives, redactora de cultura en la novela y elemento clave para demostrar la miseria de su jefe (JOSÉ CORONADO) y la corrupción en los medios de comunicación, que en la película no pasa de ser una secretaria cuyo papel se limita a sonreír y hacer cuadrar el emparejamiento final de los protagonistas (recordemos que eran tres).

En cuanto a la historia, el asesinato y el mundo de crimen que acaban descubriendo, también se producen licencias innecesarias (hasta cambiar la identidad de la verdadera víctima) que acaban empeorando una historia que no tiene mucho fundamento. Acierta en la crítica solapada de los grupos mediáticos que destruyen el derecho a la información y acaban sirviendo a los grupos de poder que actúan en la sombra. Ese poder invisible que inspira las más creativas teorías conspirativas y que se convierte en un elemento de misterio, ambiguo e indefinido, que tanto juego acaba dando a la ficción.

A pesar de todo, la película funciona por los mismos motivos que la novela: el buen manejo del suspense; la espectacularidad de las imágenes, que la hacen visualmente muy atractiva; y un final abierto (aunque hubiera sido deseable que fuera tan abierto como en la novela) que invita a una reflexión interesante y deja la sensación de que, además de una historia, la película está alertando sobre algo que está mucho más allá (siempre más allá de lo que pensamos). Y lo que está más allá es un pozo sin fondo para la imaginación. Mucho más estimulante que la mera realidad.

*Recordad que estamos sorteando 5 packs compuestos por la novela de Claudia Piñeiro+poster de la película (Ir al concurso)

 

 

Marina Calvo

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