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Estamos citados con Imanol Arias (I. A.) y Hugo Silva (H. S.) en una localización de lujo: el Palacio de Linares, uno de los edificios más bellos de Madrid. Acaban de estrenar Despido procedente, una comedia que, bajo su fachada disparatada, esconde no pocas realidades reconocibles del mercado laboral actual. En la película, ambos interpretan a empresarios españoles afincados en Argentina que, por diferentes circunstancias, deben luchar contra el sistema para salvar el pellejo. El personaje de Imanol es un alto cargo que vive en un engaño y el de Hugo es un trepa sin escrúpulos. Nada que ver con los dos hombres que amablemente nos reciben ahora, agotados por las horas de entrevistas que han acumulado durante el día pero sonrientes y dispuestos a charlar un rato con nosotros.

¿El acento argentino lo llevabais de casa o aprendisteis rodando en Buenos Aires?

H. S.: Tenemos la baza de que ninguno de los dos interpretamos a un personaje argentino. En mi caso, mi personaje lleva tiempo en Argentina y es tan absurdo que quiere ser el más argentino de todos los argentinos: tener más acento, bailar tango mejor que nadie y esas cosas. Todo lleva un proceso, claro, estábamos todo el rodaje hablando con acento argentino, y el resultado al final aflora.

I. A.: Mira, yo empecé a trabajar en Argentina en el 83. He hecho películas, he hecho teatro, y nunca he tenido problema con el acento. Además, no es lo mismo el acento lunfardo o el argentino puro, como no es lo mismo la forma de hablar de un locutor de la SER o de un tío de Vallecas. Pero no supone mayor complicación, al final todo se pega.

Al director, Lucas Figueroa, parece que no se le ha pegado nada el acento español.

I. A.: ¡Pues en eso tienes razón! Lleva 20 años en España y no se le ha pegado el acento para nada, parece que acaba de llegar.

En Argentina hay mucha picaresca, pero en España tenemos una larguísima tradición en ese terreno. A día de hoy, ¿quién gana?

I. A.: Argentina como país está bastante igualado, pero Buenos Aires como ciudad gana por goleada. Tiene la picaresca y la envidia española, mezclada con la omertà italiana y la comunidad judía más importante fuera de Israel, que son los contables y comerciantes, y con una gran inmigración alemana, que no viene de los nazis, sino de la gente pobre que huía en la II Guerra Mundial y que hoy son los dueños de las cerveceras más importantes. Todo eso mezclado en una ciudad que es la mitad de un país.

H. S.: Cuando vine de Buenos Aires por primera vez y me preguntaron mis amigos, les dije: Buenos Aires es como Madrid si se hubiera hecho un ciclo de esteroides. La esencia es la misma, pero más. ¿Mejor, peor? No, más. Pero es cierto que, en esencia, son ciudades muy hermanadas. Se parecen incluso físicamente.

I. A.: Solo que ahí no beben alcohol.

H. S.: No sé con quién te has juntado tú…

I. A.: Vino sí que toman, pero es difícil encontrar un sitio donde estar toda la noche bebiendo gin-tonics.

H. S.: Yo te llevo, no te preocupes.

I. A.: Hugo en ese aspecto me lleva una enorme ventaja.

H. S.: Yo llevo unos años yendo, y ya te digo que tiene un underground muy potente.

I. A.: Incluso en las zonas tradicionales encuentras locales que no cierran en 24 horas, pero son comercios como librerías, tiendas de música, restaurantes…

H. S.: A mí me recuerda a los 90. Ese Madrid que no dormía. Y además es una ciudad muy joven.

Presentimos un choque generacional…

I. A.: ¡Es que lo hay, pero a mí me encanta! Rodar con actores de otra generación es una maravilla. Nadie viene a quitarte el sitio, eso es absurdo. Este no va a hacer de abuelo, como hago yo ya.

H. S.: Con maquillaje…

I. A.: Te enseñan su forma de ver el mundo, que es diferente. Ellos aprenden de tus errores y aciertos, y tú de ellos, porque ven las cosas con otros ojos. Hace poco cierto escritor escribió en cierto periódico un artículo en el que venía a decir que los millennials no saben nada. ¡Menuda bobada! Yo no puedo pedir a la generación de ahora que tenga los mismos ideales por los que luchaba yo en los años 70. Puedo pedirte, eso sí, que seas un tío honesto y busques los ideales de tu generación. En mi época había otras necesidades. Luchábamos por la Revolución porque el dinero no era una preocupación tan grande. Tampoco es que creciera en los árboles, pero más o menos era fácil encontrar un trabajo e ir acumulando con los años. Ahora los tiempos no son buenos para los jóvenes, pero no es porque lo estén haciendo peor, sino porque les ha tocado vivir este momento. Los años de bonanza no vienen por méritos de la generación a la que le tocan, sino porque el sistema, que siempre busca beneficio, a veces suelta y otras le toca recoger. Cuando afloja, todo va bien; cuando recoge, hay que apretarse el cinturón.

La industria del cine tampoco está en su mejor momento ahora. ¿A quién habría que despedir para reflotar el barco?

I. A.: No hay que despedir a nadie porque en el cine nos contratan y nos despiden a los dos meses. Cada vez que haces un trabajo eres contratado y despedido, y no hay indemnización, porque somos trabajadores por obra. Y en la televisión igual, cuando acabas, acabas. Incluso puedes tener un contrato por varias temporadas, que en cualquier momento pueden echarte sin indemnizaciones ni explicaciones.

H. S.: Forma parte del juego.

I. A.: A veces, en grandes empresas, una televisión privada por ejemplo, puede haber recortes. Y los recortes siempre vienen cuando las cosas van mejor, porque el crecimiento consiste en endeudarte. Y cuando hay deuda, la siguiente palabra que viene seguida es austeridad. Pasa en los países, en la familia… Ya te puede ir fantástico, que si te compras un coche más grande, algo te tienes que quitar: el cubata, salidas de fin de semana, el menú que te comes… En las empresas lo que pasa es que afecta a mucha gente.

H. S.: El sistema está diseñado para que cuando más parece que estás triunfando, más embarrado realmente estás. Pasa en todos lados.

A vosotros la televisión os ha dado buenos años.

I. A.: Creo que he hecho una de las mejores series de televisión de la historia. No hay otra igual en el mundo, no hay equivalente de 17 años en serie familiar en televisión pública con los mismos actores. A veces me viene gente diciendo: “Oye, ¿cuándo se va a acabar la serie, que ya es muy larga?” y yo me tengo que frenar para no gritarles: ¿¿¿Cómo se va a acabar si tiene 4 millones de espectadores???

¿Lo de aprender a frenarse viene con la experiencia?

I. A.: Estoy en un momento de la vida en el que te quitas responsabilidades. No se puede estar pensando que tienes la manija del desarrollo. A esta edad, es mejor tranquilizarse, ser menos competitivo, porque sufres menos. Te queda un tramo de vida, que aún puede ser largo, que te permite comprender el juego y poder elegir no participar en él. Lo único que manejas eres tú. Cuando se es joven, soy partidario de decirles a los mayores: “Oye, no me pongas tapones”. Pero ahora me toca aceptar las cosas como vienen. A veces intentan hacerme entrevistas profundas y, mira, llevo 40 años contando lo mismo, y estoy hasta los cojones ya. Me parece cansino. Siempre cometes un error, siempre la cagas, y hay gente que va a ponerte en tu sitio. Y si te empeñas en justificarte, te vuelves soberbio.

Tantos años de Antonio Alcántara no parecen haberte acomodado. Sigues buscando nuevos retos, como el que te ofrece Despido procedente.

I. A.: Es que forma parte del trabajo y de proyecto de vida. Los años pasan y se suman trabajos. Pero a mí siempre me fascina buscar la novedad: nuevas tecnologías, nuevos actores, historias que no has hecho nunca… La televisión tiene carácter masivo, pero eso no supone una presión, sino que te da muchas tablas. El cine es diferente. Cada nuevo proyecto supone la dedicación de una etapa de tu vida en la que tienes que jugar con tu talento, tu magia y tus ideas. Y, además, te permite relacionarte con gente de forma creativa. Cada uno lo vive de una manera. Yo saco el niño que llevo dentro, porque los niños son los mejores actores: juegan a creérselo y a no sufrir mucho, pero son muy exigentes.

H. S.: Lo corroboro.

I. A.: También tengo la necesidad, algún día mi psicoanalista descubrirá por qué, de querer a la gente y demostrárselo.

Esta es una comedia que se apoya en un gran drama. ¿En qué género os desenvolvéis mejor?

H. S.: He disfrutado mucho encontrando un rasgo infantil muy lúdico en mi personaje, aunque hay que admitir que es un gilipollas. ¡Es así, no me importa confesarlo! Tiene un pensamiento a corto plazo, está cegado por el poder y la apariencia. Es una tónica general, todo el rato estamos demostrando lo felices que somos en las redes sociales. La sociedad, en general, piensa a corto plazo. No hay más que ver cómo está el mundo, que levantas una piedra y te encuentras todo lleno de plástico.

I. A.: En mi caso, he hecho menos comedia, y la echo de menos de vez en cuando. Incluso en Cuéntame, que no es una comedia, mi personaje tira al humor. No un humor de gags, sino uno que te recuerda a otra época, a tu padre, a cómo veían las cosas y, a veces, lo equivocados que estaban. Es muy difícil hacer comedia porque hace falta mucha medida y hay muchos gustos diferentes. Hace falta ritmo, pausa, punto de vista y aprender a no sobrepasarte. La observación es clave.

Se nos acaba el tiempo.

I. A.: ¿Ya? Es que no callo.

Pues esta es de respuesta breve: ¿por qué hay que ver esta película y no, por ejemplo, Wonder Woman?

I. A.: Yo le diría a la gente que viera también Wonder Woman, que les va a dar un poco de alegría.

H. S.: La nuestra es una película muy interesante porque es una comedia, pero en ocasiones hace que te preguntes: “¿De qué me estoy riendo?”. Te hace pensar y reír, echar las manos a la cabeza… Creo que es una combinación interesante y muy divertida.

I. A.: Además de lo que ha dicho Hugo, creo que al final hay un mensaje sobre el espacio personal que cada uno necesita, ese momento sagrado para uno mismo. A uno le gusta subirse a los árboles, a Hugo le gusta el surf y hay que ir a Tarifa a buscarle, a mí cocinar, etc. En esos sitios tu vida cambia y eso no hay que sacrificarlo por nada. Si mantienes claros tus principios, no se llega más lejos que eso.

Concluimos la conversación con la sensación de haber pasado un tiempo entre amigos. Despido procedente está en cartelera desde el 30 de junio, no os la perdáis.

Alex Merino

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