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TRES ENSAYOS SOBRE TWIN PEAKS

Laura. Muerta y envuelta en plástico. El 8 de abril de 1990, Laura Palmer llegaba para convertirse en un icono y para dinamitar lo que hasta ese momento se entendía como televisión. Pero, tal y como descubrimos adentrándonos en Tres ensayos sobre Twin Peaks, no fue la primera Laura. Muchos símbolos que componen la iconografía de Twin Peaks están tomados de la filosofía, la literatura, el cine o de los libros más sagrados, pero con el interesantísimo matiz de estar filtrados por la increíble mente de David Lynch y la pluma de Mark Frost: La Laura (Sheryl Lee) de Twin Peaks (a quien luego conoceríamos mejor en Fuego camina conmigo) es única, pero tiene una conexión, más allá de la simple nomenclatura, con la película de Otto Primiger de 1944. 

Con esta referencia cinematográfica da comienzo Pacôme Thiellement su primer ensayo sobre la serie que, junto con otros dos, fueron publicados por Alpha Decay el pasado mes de marzo. En pleno confinamiento no se nos ocurre mejor momento para abrir nuestras mentes y dejarnos llevar por los nuevos planteamientos que Thiellement nos ofrece sobre nuestro pueblo de ficción favorito. Coged vuestra taza de café solo, “negro como noche sin luna” y vayamos en busca de los sicomoros.

“Si Perdidos se abre y se cierra con la imagen de un ojo, Twin Peaks se abre y se cierra con la imagen de un espejo. Este reflejo está en el corazón de toda la poética de Twin Peaks. La serie habla del espejo en el sentido de San Pablo: <<Vemos todo como en un espejo, en enigma>>. La serie habla de un mundo donde todo es espejo, es decir, donde todo es doble. Los picos gemelos (Twin Peaks) son dos de los estados de la manifestación burda y sutil, es decir, material e imaginaria (falta el tercer estado, o “cielo”, es decir, el no manifestado). La duplicidad es la condición de este mundo, donde no solamente la realidad es doble, sino que cada ser que encontramos tiene un personaje doble: en tanto que humano y en tanto que signo de una realidad espiritual”. (Pag.109)

El espejo. Nadie que haya visto el fin de la Twin Peaks original puede olvidarse de él. De los tres ensayos de Thiellement los dos primeros están dedicados a las dos temporadas de los años 90. “La mano izquierda de Lynch” y “Exégesis de la Logia Negra” se encargan de toda la simbología y la filosofía que abre las puertas de la Logia Negra y que facilitan la comprensión de la serie. Thiellement no se queda en un análisis simplista de los símbolos, ni tampoco se limita a reproducir teorías filosóficas que ya otros han planteado; lo que nos descubre en estos dos ensayos es una nueva teoría en la que no debemos tomar Twin Peaks como algo independiente ni de Lynch ni de su carrera. 

La serie es Lynch y eso lo sabemos nada más conocer a Dale Cooper (Kyle MacLachlan), el mismísimo alter ego del propio director. Pero el autor nos recomienda que entendamos toda su filmografía como un todo común: antes de Twin Peaks, los finales presentan esperanza, a pesar de todo lo terrible que puede estar oculto en nuestro jardín (como ocurría en Terciopelo Azul); después de Twin Peaks los personajes no encuentran paz ni esperanza (como demuestran las protagonistas de Inland Empire o Mulholland Drive). El tercer ensayo, ‘La sustancia de este mundo’, es quizás el más jugoso, pues no se han tenido más de dos décadas para teorizar sobre la tercera temporada. El autor no solo analiza la última temporada de la serie con el mismo tono filosófico que en los anteriores ensayos, sino que además nos da varias claves para entender por qué algunos no comprenden esta temporada como un final, sino como un algo añadido. 

Lo que está claro es que Thiellement y todo el equipo de El Palomitrón seguimos la máxima que el agente Cooper le revela al sheriff Truman (Michael Ontkean): “Todos los días, hágase un regalo”. Nosotros lo tenemos claro, después de la cuarentena, regalad este libro: no resolverá ninguno de los enigmas que orbitan alrededor de David Lynch, pero ayudará a que lo admiremos más, si cabe. 

Lorena Rodríguez


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Una tarde, con siete añitos, entré en el salón cuando mi madre veía El Padrino. La escena en cuestión era la del caballo y mi madre me gritó que no mirase, pero miré. Desde aquel entonces no pude dejar de mirar, de observar y soñar. Lo más cerquita que pude quedarme del cine fue haciéndome historiadora del arte. El cine es mi Tardis, un Delorean que me hace la vida real más fácil. Mi primera serie fue Urgencias, siempre fiel, a pesar de lo mal que la trató la tele. No sé decirle que no a una serie.