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The son - El Palomitron

Cultura y cine van ligados tanto en los buenos como en los malos tiempos a la propaganda. Durante generaciones, Hollywood ha machacado al espectador fotograma a fotograma, vendiendo el edén del sueño americano (algunas veces sin escatimar en almíbar). Eso sí, eran otros tiempos. Ahora, la industria ha madurado y, a la vez, los espectadores se han hecho mayores. La quimera se ha roto desintegrando el ideal, abriendo paso a la realidad de la historia. Desde la constitución misma del país, la libertad se forjó sobre una base ingente de violencia. Es lo que plasma el escritor Philipp Meyer en su ambiciosa novela El hijo (The Son). El relato, nominado al Pulitzer, aporta una visión honesta de la configuración de Estados Unidos.

Con menos ingredientes que The Son, la industria audiovisual se ha embarcado en adaptaciones literarias, eso es un hecho. Por eso, aprovechando el no poco tirón del libro, la cadena AMC, junto a Sonar Entertainment, le ha dado vida. El resultado es una épica serie de producción propia de diez episodios que se estrena el 27 de abril en España. La epopeya (fiel al libro, pues el propio Philipp Meyer forma parte del equipo de guionistas), sigue la historia de la familia McCullough desde la creación de la República de Texas en 1836 hasta la actualidad, pasando por su ascensión a magnates del negocio petrolero y convertirse en uno de de los clanes más poderosos del estado. Ante todo, un camino marcado por un reguero de sangre y violencia reflejados con pasmosa crueldad. Pierce Brosnan (saga James Bond) se encuentra a la cabeza del reparto, donde también participa el actor español Carlos Bardem (Alacrán enamorado).

Brosnan sitúa a su personaje, Eli McCullough (El Coronel) en el centro del relato con la elegancia interpretativa a la que ya nos tiene acostumbrados. Raptado por los comanches en su adolescencia, cautivo durante años. Combatiente en la guerra de Secesión y fundador de un imperio después, el protagonista acarrea sobre sus hombros el peso del mito fundacional estadounidense. Todo él es una carismática contradicción con sombrero de cowboy al que el actor irlandés, además, consigue darle las dosis necesarias de chulería, ambición, humanidad e ironía. Al mismo tiempo, enseña que detrás de cualquier xenofobia o racismo se esconde una motivación más poderosa: la codicia.

Indios The Son - El Palomitron

The Son es una gran producción hollywoodiense para televisión. Como producto audiovisual es absolutamente un espectáculo que no escatima en medios. Paradójicamente, eso no le ayuda a solventar el problema principal. La mayor parte del tiempo la serie da la sensación de grandioso juego de indios y vaqueros. Repleto de personajes demasiados shakesperianos, llevados al límite exageradamente, a veces recuerda más a un culebrón con mucha testosterona que a un relato complejo sobre un periodo convulso de doscientos años de historia. Arranca con un ritmo apabullante y con unas escenas sembradas de violencia; no obstante, no son suficientes para crear simbiosis entre el espectador y el público. En los wésterns clásicos al John Wayne de turno se le podían perdonar las muecas de macho americano y las frases grandilocuentes, pero en una producción de 2017 esa archimasculinización de la historia chirría demasiado y pide una reinvención del género que no llega.

Por el contrario, es de agradecer que los pocos personajes femeninos aparezcan como el contrapunto de la damisela en apuros. Es un gusto verlas moverse con agallas en ese mundo de hombres. Además, y no es baladí, resulta un acierto la caracterización alejada del betún. Los personajes indios son realmente actores indios. Los latinos, interpretados por latinos. Y aunque curiosamente Bardem se mete en la piel de un hacendado mexicano vecino de los McCullough (y más tarde enemigo), da total credibilidad a su acento gracias a su extensa carrera en el cine de México.

En definitiva, y si bien la trama de la serie arranca dos siglos atrás, The Son reafirma desgraciadamente esa idea de la historia cíclica. Porque, teóricamente, ya los conflictos entre vecinos no se arreglan a tiros. También la justicia se presupone igual para todos. O los derechos civiles amparan a toda la población de la discriminación por sexo o raza. Lo malo es que, si se escarba la superficie y se leen las noticias, los problemas del mundo no han cambiado. Los muros, las fronteras, el racismo y el fanatismo, grandes males de la humanidad, continúan siendo los mismos.

María Robert

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