El Palomitrón

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PRIMERAS IMPRESIONES SERIES

SNOWPIERCER: ROMPENIEVES

Una de las cosas más bonitas que encierra el cine es la fulgurante democratización de directores que durante muchos años han sembrado una filmografía muy interesante pero nunca han llegado al gran público, porque el gran público no sigue los festivales de cine y el gran público tampoco se molesta mucho en investigar, a no ser que un prescriptor de confianza le recomiende visionar este o aquel filme de ese director cuyo nombre quizá no ha oído pronunciar en su vida.

Los Oscar son los premios del gran público, del más numeroso. No los más prestigiosos pero sí los más importantes porque son, con diferencia, los más masivos. Y por eso cuando un director salta de los festivales más reputados del planeta, que no son territorio del gran público, a los Oscar, y por tanto a las carteleras de todos los cines, se produce un efecto muy divertido: por un lado algunos de los que conocen al director y su trayectoria se alegran de que su obra comience a llegar a toda la audiencia; y por otro lado los hay que viven esta popularización con cierto desazón, como si les hubiesen afanado algo que ya no es suyo, como si la plebe les hubiese despojado de una joya cinéfila cuya pureza estaba a salvo fuera de la mirada del espectador comercial.

Parásitos, la última película del ecléctico realizador surcoreano Bong Joon-ho, es un ejemplo de cine que salta los círculos más especializados para conquistar el panorama comercial (y también de paso refrescarlo y alimentarlo de ideas) y hacer historia durante el baile al llevarse el Oscar a Mejor película extranjera y Mejor película. Este hito va a permitir a muchos espectadores (si no han empezado ya) descubrir la filmografía del director, y comprobar que el conflicto de clases está presente en buena parte de su obra.

Una de estas sorpresas que encierra su obra es Snowpiercer, que fue presentada en España en la edición del Festival SyFy de 2014 y se convirtió en uno de los largometrajes de ciencia ficción más estimulantes del año. Su adaptación a la televisión llega este 25 de mayo a Netflix en forma de doble episodio, y a razón de un nuevo episodio cada semana hasta completar los 10 de esta primera entrega. Hablamos de primera porque ya están circulando noticias sobre su segunda temporada, como la incorporación de Sean Bean a esta futura temporada, lo que garantiza dos cosas: que el tren no descarrila en el capítulo 10 de esta primera temporada y que tendremos una muerte asegurada en la segunda.

Snowpiercer

Las primeras impresiones de Snowpiercer

1001 vagones y un tren en continuo movimiento que no puede parar si quiere asegurar la supervivencia de la especie humana, confinada en esta suerte de arca salvavidas tras una glaciación que ha condenado al planeta. Y a lo largo de su colección de vagones unos pasajeros divididos en clases según su poder adquisitivo. Con esta premisa se esboza esta ficción distópica, como ya lo hicieran otrora el cómic y el largometraje homónimos que anteceden a esta versión televisiva. El problema es que en el prólogo de la serie se nos desvela en los primeros minutos que los habitantes de la cola, los parias de un tren destinado en principio solo a las castas más privilegiadas de la sociedad, acaban en el tren a la fuerza, invadiendo un transporte que no estaba pensado para ellos. Así pasan siete años (momento en el que arranca la serie) con estos polizones en la cola planeando constantemente una revolución a la francesa, con lo que cuesta digerir que nadie en todo este tiempo haya decidido deshacerse de los vagones de cola y zanjar el asunto. Porque si en la película de Bong Joon-ho se daba por hecho que estaban en esos vagones por algún tipo de propósito, en la serie queda claro que no estaba planeado, lo que invalida prácticamente todo lo que vemos, siete años después.

Con esta herida profunda arranca Snowpiercer, que en los primeros capítulos que hemos visto combina muchos detalles y momentos que vimos en la película (sin tanta gloria), con una investigación criminal que lleva a nuestro protagonista a la zona noble del convoy para dar con un asesino que la está liando buena en los vagones anhelados por los pasajeros de la cola. Y si la serie está muy por debajo del adrenalítico largometraje predecesor en prácticamente todo, sí atesora generosas dosis de sexo y una violencia bastante bien trabajada. Por el camino, que no es corto, todo un mundo de vagones tematizados que trata de reproducir todo lo que se ha perdido y un ritmo narrativo que necesita mejorar notablemente y al que nada ayudan los números musicales o algunas conversaciones o episodios intrascendentes para el desarrollo de la trama.

Snowpiercer

Pero está Jennifer Connelly, el verdadero vagón de cabeza del tren, que con su sola presencia puede hacernos olvidar muchas cosas. Muy por encima del resto del reparto, tanto en trabajo como en presencia, nuestra eterna Sarah de Dentro del laberinto, regresa a la pantalla para alegría de todos los fans de una actriz generacional que en la última década se ha prodigado muy poquito delante de la cámara. Junto a ella Daveed Diggs, Alison Wright o Mickey Sumner completando un reparto que cumple sin ir mucho más allá. 

Con todo, Snowpiercer, que revela presumibles problemas en la producción (seguramente de presupuesto), pasa por ser una serie entretenida y el espectador, cuanto más ajeno sea a la novela gráfica y películas homónimas, mejor. Una producción de TNT de la que Netflix solo es su distribuidora a escala mundial y que suma un título más a las ficciones distópicas que pueblan las plataformas. Con la mala suerte de vivir a la sombra de ese ciprés que es la película de Bong Joon-ho.

 

  • Fecha de estreno: 25 de mayo de 2020
  • Plataforma de emisión: Netflix
  • Número de episodios: 10
  • Duración aproximada: 50
  • Te gustará si te gustan… las distopías, Jennifer Connelly y sobre todo si nos has visto el filme que adapta

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Alfonso Caro Sánchez (Mánager) Enamorado del cine y de la comunicación. Devorador de cine y firme defensor de este como vehículo de transmisión cultural, paraíso para la introspección e instrumento inmejorable para evadirse de la realidad. Poniendo un poco de orden en este tinglado.