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REVIEW 100 % LIBRE DE SPOILERS CON UN 35 % DE POSIBILIDAD DE SESOS

Si aceptamos que Jesucristo es el renacido más ilustre y Son Goku su apóstol más internacional, Sheila Hammond se está ganando a mordiscos el título de la María Magdalena del firmamento zombi. No cuenta con grandes púlpitos desde los que difundir su palabra, pero ya sea atada a la viga de un sótano o dando caza a un conejo en una carrera (literalmente) inagotable, Sheila tiene algo que decir: mamá tiene hambre.

La primera temporada de Santa Clarita Diet no tardó en establecer las reglas del juego y definir el tono general del relato: el espectador debía quedar prevenido de que el espectáculo contendría situaciones inverosímiles, personajes al límite de la cordura y más litros de sangre que en el sueño más húmedo de Tarantino, sí, aunque todo alternado con altas dosis de humor, ternura y compasión. Era el aperitivo, un entrante de lujo para abrir el apetito o revolver el estómago, según se mire. Fue cuando conocimos a los Hammond, un matrimonio compuesto por Sheila (Drew Barrymore) y Joel (Timothy Olyphant), ambos agentes inmobiliarios, que viven con su hija Abby (Liv Hewson) en un bonito barrio residencial en la ciudad de Santa Clarita, con una población cercana a los 180 000 habitantes (para que nos hagamos una idea, algo así como la población de Getafe).

La trama arrancaba con la revelación de que Sheila había sido infectada con algún tipo de extraño virus que la había transformado en una no-muerta. Esto no sería tan grave de no ser por dos detalles insignificantes: su cuerpo empieza rápidamente a descomponerse y debe instruirse urgentemente en el arte del asesinato para poder alimentarse y… ¿sobrevivir? Por lo demás, todo en orden: familia feliz, casa con jardín y un ensangrentado sueño americano.

La segunda temporada retoma la acción donde la dejó en la primera entrega, con Joel tratando de huir de una institución mental mientras Sheila se encuentra encerrada en su sótano tratando de controlar sus impulsos asesinos a la espera de encontrar una cura para el virus. A estas alturas, el número de bajas y desapariciones en Santa Clarita no ha pasado desapercibido para nadie y la agente de policía Anne García (Natalie Morales) poco a poco irá cerrando el cerco de sus investigaciones sobre los Hammond.

Afirmar que la segunda temporada de Santa Clarita Diet eleva la apuesta frente a la primera entrega puede ser demasiado atrevido, pero está repleta de felices hallazgos que la llevan a explorar nuevos caminos. El más importante de ellos: la religión y la aceptación de lo no normativo. El personaje de la agente García, lesbiana y creyente devota, pone sobre la mesa la cuestión principal, la de si somos realmente todos iguales a los ojos de Dios (cámbiese aquí Dios por sociedad o lo que uno guste). La sexualidad forma parte de la naturaleza de García del mismo modo que la nueva condición de Sheila forma parte de la suya, y aunque las dos situaciones sean difícilmente comparables tienen algo en común: la incomprensión y exclusión a la que pueden enfrentarse.

Drew Barrymore sigue explotando su personaje con un encanto infinito. Su Sheila lucha por compaginar su nueva vida como asesina-caníbal-por-necesidad con sus responsabilidades como madre y mujer trabajadora. La dupla que forma con Timothy Olyphant, exquisitamente estridente, nos ayuda a creer que el amor es posible en medio de una carnicería humana. Un amor hasta que la muerte los separe y más allá.

Netflix sigue demostrando que es en sus comedias de formato corto donde canaliza un mayor talento. Gloriosos ejemplos como Unbreakable Kimmy Schmidt, la reciente Todo es una mierda o la serie de animación Big Mouth son algunas de las propuestas más asequibles y logradas de la plataforma. Una lista que completa Santa Clarita Diet, cuyos chorros de sangre saben a granizado en un caluroso día de verano y cuyo humor visceral es el mejor antídoto contra el mundo que nos rodea.

La segunda temporada de Santa Clarita Diet estará disponible en Netflix a partir del 23 de marzo.

Alex Merino

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