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Hay un planteamiento inherente a Tokyo Ghoul que, siento, se suele pasar por alto. Es muy similar a como Isayama parte la narrativa de Shingeki no Kyojin en su entrega más política. Un grito silencioso que nos recuerda que ambas son obras con un trasfondo. Que se suceden sobre un escenario con su propia forma y cambios, que avanzan incluso cuando la acción objetiva se toma un respiro.

Y si en el caso de Isayama hablamos de las murallas, sus habitantes y el conflicto humano-político, en Tokyo Ghoul esto se resume antes —y más breve— en la ciudad. Pero no tanto en el Tokio que nos plantea el autor, sino en cómo sus habitantes existen en ella.

Con todo, da la impresión de que este esfuerzo se pierde de alguna forma. Porque sí, tenemos esos tantos planos de la ciudad y hay muchas historias referidas a ella y sus habitantes. Pero si trazamos una visión general de la obra acabamos con un enorme foco en la acción y un trasfondo que brilla en lo oscuro y lo bizarro —y que no olvida las relaciones interpersonales entre los miembros protagonistas— pero que no dedica todo el espacio que, quizás, podría merecer su lado más recóndito.

Por ese mismo motivo, el maestro Sui Ishida une fuerzas con Shin Towada, un novelista japonés que se encarga de encontrar esa forma que el propio autor no siempre consigue ofrecer a la obra. Una que no se centra tanto en el carácter oscuro de la obra sino que tiende puentes en los puntos más íntimos para trazar un escrito mucho más personal y cercano. Uno que intenta mostrar todos esos factores que quedan olvidados bajo la capa principal de Tokyo Ghoul.

Y es que en las líneas de Tokyo Ghoul se entiende este órgano que es la ciudad y sus habitantes desde otro punto de vista. Relata realidades ajenas, que pueden afectar —o no— a sus protagonistas pero que llegan a resultar tan ínfimas que casi podría decirse que no es necesario contarlas. Pero incluso así, resulta algo casi imprescindible para quien siga de cerca el trabajo de Ishida.

Es un distanciamiento con su obra original, quizás. Pero a su vez la explora y nos muestra el side B de su trama. Sus historias, seis pequeños relatos, nos cuentan sucesos que acaecían en la obra mientras la cámara miraba hacia otro lado. Son pequeños detalles que no solo ayudan a comprender mucho mejor la escena en la que se enmarca, sino que además la expande y le otorga una forma mucho más coherente.

El nivel de Tokyo Ghoul Days es tal que se atreve a dedicar una de sus historietas a Kazuo Yoshida, el ghoul al que Nishio mata en los primeros compases de la obra por entrar en su zona de caza. Pero no todo se resume en personajes tan distantes, tenemos a Hide enrollándose en un club escolar que investiga la posibilidad de que Kaneki pueda ser un Ghoul o a Touka lidiando con su lado más humano y soñando con la posibilidad de convertirse en una más.

Si trazamos un plano general podría decirse que la obra no es más que un estudio de personajes dedicado a tratar esos temas que quedan olvidados en las viñetas de Ishida. Es un trabajo que recuerda a ese cambio que se entiende al ver como Keiichi Sigsawa transforma la obra de Reki Kawahara pero que no resulta tanto en un choque como en una extensión. Porque es una obra que siempre, y en todo momento, se siente natural. Towada demuestra un importante entendimiento de la psique de los personajes a los que trata y consigue ofrecerles ese nuevo acercamiento sin que deje de sentirse como algo propio de Tokyo Ghoul.

Resulta demasiado fácil irse de la lengua y acabar en el terreno de los spoilers con una obra como esta por lo que, y a modo de resumen, se podría decir que Tokyo Ghoul Days es una entrega pensada en exclusiva para los seguidores de la saga pero que surge sin pretensiones. No se trata de abrir nuevos frentes o de demostrar cuánto sabemos sobre su mundo. Es una obra sencilla, de tintes distendidos y ritmos apacibles. Una que simplemente nos invita a Tokio, a vivir esas historias que ocurrían mientras Kaneki servía cafés en el Anteiku y que nosotros jamás llegamos a vivir.

Una excelente forma de continuar con el legado de Ishida y su obra, que extiende sus raíces más allá de lo que conocemos y abre nuevos horizontes. La idea de que no tiene porque verse todo en tonos grises, de que hay más historias que no conocemos y que pretenden dar una forma singular a una obra que se mueve por un camino definido. Tokyo Ghoul Days es todo eso; descubrimiento, nuevas realidades. Pero siempre en un tono y estilo que no pretenden lidiar con los ya existentes, sino cogerlos de la mano mientras nos muestran esta visión de la ciudad y sus habitantes.

Tokyo Ghoul Days parte de la simpleza. Del día a día y los pequeños detalles. Y eso es algo que no se escapa a su formato. Uno, insisto, simple en esencia y que cuenta con una portada y contraportada conjunta, que se conforman con mostrarnos a sus personajes. Sin más pretensiones que esa.

Puede resultar un choque frente a las que posee la obra original, donde Sui Ishida no teme en demostrar su maestría con grandes retratos en las mismas pero ayuda a desmarcar la obra del resto de entregas. Porque, por mucho que sea Tokyo Ghoul, no es el mismo formato en el que estamos acostumbrados a movernos.

En el apartado técnico nos encontramos con una novela ligera de 280 páginas donde las líneas se dan cita, en contadas ocasiones, con las ilustraciones propias del formato. Cabe destacar, especialmente para quien no se sienta cómodo con los cambios lingüísticos, que la obra se encuentra traducida al inglés y sin adaptación a nuestro idioma. Incluso así, el registro utilizado en ella es siempre ameno, acompañando esas escenas cotidianas de las que se hace eco.

Óscar Martínez

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