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EL REMAKE DE ORPHEN NO SIENTE NADA POR SU OBRA ORIGINAL

Cuando el cielo se oscurece y trae consigo la sombra. Cuando los relámpagos iluminan la oscuridad y los vientos se levantan con fuerza sobrenatural. Cuando los propios espíritus abandonan su plano para atravesar el mundo real y sobrevolar una ciudad en completa calma — sus habitantes, conscientes del terror, escondidos tras sus frágiles muros de piedra. Cuando el cielo se parte en dos, la llegada del Bloody August está cerca.

Orphen —me aventuraria a decir que aquí muchos lo conocimos como Orphen, el bruixotparte de un misticismo clásico. Una de las obras de fantasía por excelencia en los ya lejanos años noventa que se guiaba por una remarcada crudeza y contenidos adultos que iba más allá de muchas obras de la época. Un título guiado por su crudo estilo visual, trabajando siempre sobre tonalidades oscuras, y una puesta en escena tan dura como fría. Factores que, veinticinco años después, siguen marcandola como una entrega única.

El tiempo ha pasado para todos y Orphen no es una excepción. No solo hemos cambiado nosotros, sino también nuestra forma de ver y entender el medio. Por supuesto, la forma de crear y sustentar este mismo medio también ha cambiado con el paso del tiempo. Uno que a Orphen no le ha sentado especialmente bien.

De la pasión rota a la comedia gratuita

Difícil es olvidar las escenas que daban paso a un drama romántico capaz de entremezclarse con la fantasía medieval de la época en un cóctel ácido. Difícil es olvidar la figura del mago en la torre abandonada. Cleao, a lo lejos, observando su silueta a través de una escena que brilla con luz propia, sin necesidad de palabras. Un sentido del romanticismo que se apodera sobre la misma, dejando entrever el lado más oscuro y doloroso del mismo, antes de que la obra siga su transcurso para ponernos en situación.

Mientras tanto, en un nuestro presente, el mismo mago corre tras Volcan y Dortin, el recurso humorístico que servía para aliviar tensiones que no llegan a fraguarse en la actualidad. No solo desaparece la identidad de la obra a manos de Studio Deen, que evade por completo el código visual que la había acompañado hasta ahora, sino que con ella se desvanece también la magia del romanticismo. La figura rota de Orphen, aquella que se entendía entre líneas, ahora no es más que un veinteañero que acaba siendo engañado para participar en un fraude matrimonial con el objetivo de recuperar el dinero prestado a los dos pequeños diablos.

La idea, aunque fallida, es clara. Llegar a la casa de la familia Everlasting, donde se guarda la espada de Valthanders, núcleo de la tensión y desgracia del hechicero. Sin embargo, mientras en el remake resulta fruto de una terrible coincidencia, en su versión original no tardamos en entender que Orphen lleva cinco años tras la pista de la misteriosa espada, en un viaje que lo marca como paria y lo aleja de todo cuanto había querido con la única intención de encontrarla. De reunirse una vez más con ella.

Algo que, si bien entendemos en su nueva versión, no es sino que a través del fruto de la casualidad, cuando un dragón irrumpe en la casa —sabremos que se trata de Azalie, pero antes tendremos que pasar por el colmo adolescente de «Orphen, porque soy huérfano» y que se repetirá constantemente— para hacerse con el arma maldita para acabar desarrollando una batalla más digna de un duelo de magical girls que no de la obra que esgrime Yoshinobu Akita, a través de un desarrollo pésimo que apenas nos dice nada sobre sus personajes y una escasa coherencia con bases argumentales tan endebles que el final del capítulo se desmorona bajo su propio peso incluso sin caer en comparaciones con la original.

La irrupción de Azalie, una historia de amor perdido

Y volvemos al punto inicial de la crítica. Porque donde se encuentra este “tropiezo” con el dragón, en la obra original dedican casi tres minutos a la llegada del mismo. Es un crescendo audiovisual y narrativo, que presenta la acción desde diferentes planos —incluyendo los efectos de la llegada de Azalie sobre la ciudad, que tiembla y se esconde ante sus indicios— y antes de pasar a la tensión romántica que resulta el detonante de la misma, es el propio Dortin quien recita la leyenda del Bloody August (término que cae en el olvido en el remake) como punto final a la creación del misticismo del momento.

Obviando, de nuevo, el código visual —que se acentúa notablemente en la figura del monstruo—, la batalla no es un duelo, sino una lucha a la desesperada en la que la escasa racionalidad que guarda la chica maldita busca poner fin a su sufrimiento a través del suicidio y un Orphen desgarrado, que hace muestra de sus temibles habilidades (fruto de su constante entrenamiento con el mismo fin) para no conseguir más que perder la oportunidad que llevaba cinco años buscando.

Si la escena del joven es una triunfante en el remake, en la original nos encontramos con un Orphen que cae de rodillas ante el más puro vacío emocional, bajo un manto de lluvia y una banda sonora rota al ser incapaz de liberar al amor de su vida del sufrimiento al que ella misma, a través de su sed de poder —fruto del amor no correspondido de su maestro—, se ha encadenado y del que ahora busca escapar entregando su vida para ello.

Del escenario más cruel a la pérdida de identidad

Podríamos mantener la comparativa escena a escena, capítulo a capítulo. Pero el trabajo de Studio Deen resume los 24 capítulos originales a través de sus tres primeros episodios, cerrando con la muerte gratuita de Childman y la supuesta redención de Azalie, ignorando una tensión romántica que superaba a sus protagonistas hasta el punto de llevarles a sacrificar sus vidas y arrojarles a la más pura desesperación.

Más allá de lo que se pierde en el viaje de Orphen y su forma de abandonar la soledad y su condición gracias a Cleao y Magic, resulta casi más afilado ver como la obra pierde todos sus matices narrativos. El encuentro con Hartia lleva a un punto común en ambas versiones, pero mientras en la nueva ambos personajes se funden en un abrazo, en la original nos encontramos ante un momento tenso, que sirve de cocción ante un duelo entre los dos jóvenes, pero también entre Orphen y su pasado, que muestra a su vez la desesperada necesidad, abrazando la misma locura, del protagonista ante la idea de salvar a Azalie.

Unos matices que olvidan la relación entre el chico y su pasado. Entre el chico y la figura de ella. Autoritaria, rebelde, poderosa como la que más. Una figura que nunca llega a convertirse en un objeto de su amor en el más estricto sentido, sino que se entiende siempre como la figura maternal que entiende y cuida al joven huérfano en sus momentos de necesidad. La relación entre el romanticismo y la pérdida es una tan sincera como inocente, que muestra la condición de Orphen como un joven inmaduro que persigue unos ideales inexistentes cegado por una Azalie que, pese a sus cuidados, no deja de ser una figura independiente que no necesita de lazos. Menos uno.

Y es que si el remake se aleja, en todo momento y sin pretensiones de frenar, de la obra original, lo hace todavía mucho más al olvidar la historia que pivota al lado de la ya contada. La historia de cómo la chica cae presa de su propia maldición en un trastorno emocional que la lleva a buscar el máximo exponencial de poder para superar a su maestro y tenderlo a sus pies, después de que el mismo rechace su amor por su condición de profesor y alumna. El intento fallido de alcanzar una madurez artificial que supone el detonante de la obra y aquello que marca y enloquece a Orphen.

Dos caminos que se separan

Palabras y más palabras. E insisto, porque este texto, que ya se extiende demasiado, no hace más que arañar la superficie de una obra que roza una brillante pero retorcida excentricidad y una catastrófica reinterpretación que toma poco más que su título y parte de su imagen.

Dos caminos que se separan inevitablemente y que quizás nunca deberían haber divergido. Tras el porqué de ello se ha debatido y teorizado decenas de veces en los múltiples borradores de esta entrada, ante la indecisión de desautorizar, o no, esta nueva versión. Pero incluso ante la posible idea de que se abrace la accesibilidad, de poco sirve hacerlo si con ello se pierde absolutamente todo lo que la obra representa.

Y esa es la triste realidad. El tributo a los 25 años de Orphen se convierte en una parodia de dudosa coherencia de una obra que marcó un antes y un después en su momento. Gafas de la nostalgia aparte, siento que el medio ha perdido un pequeño, pero importante fragmento de sí mismo con una adaptación que poco o nada tiene que ver con todo lo que representa la entrega original.

Óscar Martínez

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2 COMENTARIOS

  1. Con todo respeto, me parece un tanto incorrecto el que se haga tanta comparación con la adaptación animada previa especialmente refiriéndose a ella como “la original” siendo que la versión actual es más fiel a la novela (que si es la versión original), si bien no significa que sea mejor, en esta se está plasmando tal cual la obra fue concebida, si, los primeros volúmenes son en realidad algo burdos, JC staff supo adaptar la historia de forma más “dramática” dotando a los personajes de mas complejidad y principalmente al extender la trama de la primera novela a toda la serie, la realidad es que Azalie no es tan importante como su adaptación nos hizo creer, es buena no lo voy a negar, incluso diría que superior, pero la intención de esta nueva adaptación no es superarla, es llevar la novela a la pantalla lo más fielmente posible, tengamos presente que se celebra el 25 aniversario de su version literaria no de la serie animada de 1998…

  2. A decir verdad, vi los primeros 6 capítulos del remake y fue una decepción (yo no tenía idea de que era un remake ni que existia desde los 90), sentía que la historia daba para más pero estaba desarrollada de una forma burda, cliche y llena de “acción” (no sé si merece ese nombre) forzada, llevándome a tomar la decisión de no continuar viéndolo, sin embargo, gracias a este artículo ahora sé que hay una serie original con una buena trama, mejor desarrollo en la historia y los personajes, seguramente sea gratificante de ver.

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.