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La relación de Mob y Reigen en Mob Psycho 100 II destacada - el palomitron
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MOB PSYCHO 100 II: CUÁNTO HAS CRECIDO

La relación de Mob y Reigen en Mob Psycho 100 II Mob - el palomitron

Mob Psycho 100 II sobrepasa el ecuador de la producción. Y lo supera ofreciendo tres últimas entregas dignas para el recuerdo. Capítulos que, cada uno a su respectiva manera, transmiten y permiten que su mensaje permee en el espectador. Varias semanas han pasado desde que le dedicara unas palabras a los primeros compases de la serie, centrándome en ese tangible cambio de tono y en cómo pretendía hacer evolucionar a su protagonista. Hacerle madurar. Brindarle el timón de una embarcación capitaneada —casi siempre— por terceras personas. El sello distintivo de Mob Psycho 100 seguía patente, pero la trama buscaba crecer, acercarse a un plano más humano para hablarnos de tú a tú. Pese a la estructura de capítulos autoconclusivos, el trabajo de Tachikawa y compañía alcanzaba cotas sobresalientes; pero la quinta entrega de la producción terminó por destrozar un techo que se antojaba algo angosto. A nivel técnico BONES confeccionó un producto excelso, capaz de persistir en cualquier retina y codearse entre lo mejor de los últimos años en términos de animación. Pero sería un error tener solamente esto en cuenta, porque un mensaje subyacía tras ese enorme festín de espectacularidad.

Crítica de Mob Psycho 100 II: un ejercicio de introspección y madurez

La soledad y el odio asomaban por ese mundo de tonalidades apagadas en el que Mob se vio inmerso. Keiji Mogami era la viva imagen del mal, del odio; pero su representación también tenía cierto regusto a la manifestación de un trastorno anímico como es el de la depresión. La enorme, pesada y asfixiante mano que sepulta bajo una montaña de inseguridades y miedos, que impide alcanzar a ver la «luz» y que se viste de Muerte para segar cualquier remanente de vitalidad. Es ese niño que se divierte con cierto sadismo mientras arranca las alas de un indefenso insecto, dejándole a su completa merced. Extirpa la libertad y manipula. Hace ver que no hay futuro ni esperanza. Y por eso la actuación de Mob es magistral. Por primera vez en la ficción, el característico límite del 100% deja de ser uno ligado a la ansiedad. Se torna en uno de pura positividad, tanto que hasta el semblante del joven psíquico cambia por completo. Sus ojos brillan, llenos de vida, y su tono de voz es firme y enérgico. Shigeo derrumba la oscuridad de esa realidad y se antepone, busca fuerza en su interior y en su memoria, en aquellos que están ahí y en todo aquello que ha logrado. Por insignificante que sea.

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Cuánto has crecido Mob…

Es un mensaje tan alentador como necesario, que demuestra que Mob Psycho 100 es mucho más que humor absurdo y buena animación. Pese a lo sobrenatural de su propuesta, no titubea a la hora de tratar diversos temas que destilan un enorme grado de humanidad y cercanía. Era menester hacer evolucionar a su protagonista desde un plano más introspectivo, emocional; y como ya adelantaba hace semanas, dicha evolución está estrictamente ligada a importantes figuras de la ficción como Reigen. Shigeo cambia la forma de contemplar la vida, su vida. Busca moldear una mejor imagen de sí mismo. Y en esta travesía Reigen debe comprender, empatizar y apoyar. Pero claro, algo tan simple en apariencia puede no serlo tanto en ejecución. Porque cuando la persona que sostiene tu vida decide echar a volar, el egoísmo puede volverse un arma difícil de esgrimir. Entre la fanfarronería y el descaro, la soledad que impera la vida de Reigen se viste sus mejores galas para que Tachikawa la represente a la perfección a través de este vital arco.        

El desencuentro entre maestro y alumno se antojaba inevitable teniendo en cuenta el desarrollo argumental de la obra. Sus caminos terminan separándose, pero el principal culpable de que esto suceda es el propio Reigen. La nula voluntad de dejar que su joven pupilo se relacione con los demás en su tiempo libre es su propia sentencia. Frases como: «La gente se aprovecha de ti», «Nunca aprenderás», «Ellos no te aprecian» o «Disfrutan burlándose de los débiles» son auténticos puñales que denotan cierto grado de toxicidad en la forma que Reigen contempla su relación. Su actitud es monopolista a la par que egoísta, y vuelca sus frustraciones internas inyectando dosis de veneno en las palabras que le dedica. El comportamiento de Reigen es erróneo, pero no deja de ser un perfecto retrato del ser humano. Una vez se derrumba el muro de las apariencias sociales, vemos a un personaje vulnerable, solitario. Que no duda en engañarse a sí mismo. «Si corta su relación conmigo, volverá a estar solo», o incluso pensar que su estatus laboral de psíquico puede no verse afectado. Pero Mob no es solamente un activo de gran valor para su empresa, es la piedra angular de su vida.

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El reflejo de la soledad

El momento en el que ve a Mob con un par de amigos en plena calle le propina un buen golpazo de realidad. Porque es consciente de que el único que está completamente solo es él mismo. La secuencia en su apartamento lo constata. El rápido vistazo a sus redes sociales para interactuar con alguien es desconsolador, y nadie —ni siquiera él mismo— se acuerda que ese mismo día es su cumpleaños. Tan solo su madre, quien no desperdicia la oportunidad para recordarle que se busque un empleo de verdad y se deje de «trabajos sospechosos». La soledad que le rodea cambia de escenario, pero no desaparece. Y, al fin y al cabo, él mismo lo sabe. La secuencia del bar es otro claro ejemplo de ello. Un lugar frecuentado por «gente débil», personas que solamente buscan vomitar sus quejas y ser escuchadas. Lo más parecido a un amigo que Reigen puede encontrar. Consciente del bucle de negatividad en el que se ahoga, opta por cambiar el rumbo de su vida. «El nuevo Arataka Reigen» es sinónimo de productividad, y su popularidad se ve incrementada gracias al poder de Internet. Tanto es así, que un programa de televisión le invita a formar parte de un especial de psíquicos. Todo parece ir genial para Reigen, pero en realidad solo distrae a su mente, elude una realidad ineludible que forma parte de él.

La invitación a dicho programa no es más que el fruto de la maquiavélica estrategia de Kirin Jodo, aquel viejo señor psíquico que sintió humillación al recibir «la técnica secreta de Reigen» capítulos atrás. El objetivo de la misma es dejar en evidencia a Reigen delante de todo el mundo, sumirle en la más absoluta vergüenza y relegarle al ostracismo. Y, claro está, funciona. El despliegue humorístico de técnicas del maestro de Mob sirve de poco ante el engaño del guion del programa. El castillo de naipes se desmorona, y todo el torrente de popularidad y prestigio se torna en una vorágine de crítica y machaque a través de diferentes medios. Es un obstáculo más en el particular descenso de Reigen. Su nueva fama de corrupto y estafador repercute hasta en ese peculiar círculo de «amistades» del bar, quienes ahora sienten rechazo hacia su persona. Este puede ser el último golpe necesario para destruir todo lo logrado por Reigen durante años. Una simple rueda de prensa es la última oportunidad que le brinda el destino. La última bala en la recámara.

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Vínculos y luces

A través de la misma, BONES vuelve a demostrar su increíble habilidad para compaginar humor y seriedad de la manera más natural imaginable. Permite conocer con mayor profundidad a Reigen, el porqué se convirtió en «psíquico». Un motivo que tiene que ver con el hastío de la rutina de un trabajo cualquiera de oficina y con la aleatoriedad de un panfleto publicitario. Pero no importa tanto el porqué empezó, sino el porqué sigue siéndolo. Y la única respuesta es Mob. Porque cuando años atrás pensó en cerrar su negocio, un niño abrió la puerta de su oficina buscando un confidente con el que poder hablar sobre sus extraños poderes sobrenaturales. Alguien como él, capaz de entenderle. Vale que Reigen no fuera un psíquico de verdad, pero le abrió los ojos como nadie. Le dio al pequeño Shigeo una respuesta sincera, de gran valor. La de vivir siendo positivo, aceptando ese poder como otra cualidad cualquiera, como parte de él. Porque lo importante es ser una buena persona y comportarse como tal. Aquel día no solo comenzó una nueva etapa en el negocio de Reigen, también se forjó un sentimiento de admiración mutua. Entre maestro y aprendiz.

Y en la actualidad, en esa misma rueda de prensa, Mob vuelve a ser la luz que guía a Reigen. Su particular salvador cuando éste se encuentra en horas bajas. Porque Reigen entra en razón y se percata de todo el daño que le ha podido hacer, de cómo no hacía más que ponerle trabas a su juventud. Cualquiera habría abandonado a su suerte a Reigen, pero Shigeo acude en su ayuda. Despliega su poder para crear un halo de confusión entre los asistentes y le brinda una oportunidad a su maestro. Su reencuentro es catártico. Se sirve de pocas palabras, pero porque no necesita más. El éxtasis emocional se alcanza tras ese «Mi maestro, tú… Eres una buena persona». Las lágrimas contenidas de Reigen proceden a la inocente confirmación de Mob de que siempre lo ha sabido. Pero, aun así, no puede evitar admiración por él. Porque las palabras que le dedicó cuando se conocieron le sirvieron de inspiración, de guía para afrontar el camino de una vida nada fácil debido a su condición. Y pese a sus defectos y no gozar de poderes, Reigen es igualmente su maestro. El mismo que estuvo en el clímax de la batalla contra Garra para hacer entrar en razón a su discípulo. El que le ha llevado por el «camino del bien».

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Mob y Reigen se necesitan, se retroalimentan y son mejores cuando están juntos. Pero era necesario que el maestro madurara en ciertos aspectos. Que suprimiera cualquier atisbo de egoísmo y le diera libertad a su discípulo para crecer. Su ascenso y posterior caída le brindan ese momento de lucidez tan necesario para darse cuenta de ello y poder cambiar. Dejar que su único y mejor amigo evolucione sin trabas ni caprichosas ataduras. Ser un complemento positivo en su vida, no una pesada losa en su desarrollo. Yuzuru Tachikawa desnuda a sus personajes y muestra sus defectos y virtudes. Les humaniza y nos permite sentir que aquello que nos cuenta es real, que pese al embalaje de espectacularidad se cuece un argumento muy humano. Y les desnuda no solo para que el espectador les conozca más y mejor, sino para que ellos mismos lo hagan. Es un proceso natural y orgánico, el ejemplo de un magnífico desarrollo de personajes. Mob Psycho 100 II no tiene el tono de su predecesora, pero tampoco lo quiere o lo necesita. Se bifurca hacia otro tipo de caminos. Y espero que siga haciéndolo, porque lo único que pido es que este increíble dúo siga comiendo un bol de ramen al terminar la jornada.         

«Por cierto, feliz cumpleaños, maestro»

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Edu Allepuz

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Intento de muchas cosas y una de las piezas que hacen funcionar la sección manganime. Ávido lector de manga, enamorado de la tinta y de la tragedia de Sui Ishida. Firme defensor de la industria como arte y la abolición de estúpidas etiquetas.