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LA TÍA TULA: CONVIVIENDO CON UN DEPREDADOR

El cometido de esta sección de rescates del siglo XX no es descubrir la pólvora ni dar lecciones, sino servir de pequeña guía orientativa para quienes no conozcan algunas joyas poco populares del cine español. Una de ellas es La tía Tula, el debut en la dirección de Miguel Picazo, inspirado en la novela homónima de Miguel de Unamuno y con Aurora Bautista y Carlos Estrada en los papeles protagonistas.

La tía Tula nos brinda una historia con ambiente asfixiante y tensión sexual a partir del funeral de Rosa, la mujer de Ramiro (Carlos Estrada), quien se queda viudo y a cargo de dos hijos pequeños. La solución inmediata, muy propia de la época de la que nos habla la película (en la que los hombres, así en general, no sabían hacerse la cena y pasar la escoba), opta por el traslado del padre y sus retoños a casa de Tula (Aurora Bautista), la hermana de Rosa y, por tanto, cuñada de Ramiro.

Desde el primer minuto el viudo se siente atraído por su cuñada. Simboliza lo prohibido, la forma femenina que se mueve por una casa en la que el hombre no ha perdido su deseo aunque haya perdido a su esposa. Durante numerosas escenas vemos a Tula desempeñando labores domésticas para servir a su familia “postiza”: cose, cocina, friega, limpia, plancha, hace las camas… Ya es una especie de madre y sirvienta, pero el hombre (y la sociedad) exige de ella que también haga el papel de mujer y de amante.

El peso del escándalo

La película se rodó en Guadalajara en los años 60: en ese ambiente provinciano y opresivo en el que se desarrolla casi toda la trama, pesa más “el qué dirán” y el posible escándalo que el respeto que Tula siente por su hermana fallecida. Tanto Ramiro como ese entorno e incluso el cura piensan lo mismo: ya que vive con un hombre y cuida de él y de sus hijos, lo lógico es que se case con él. Pero ella se niega y ahí empiezan los problemas.

Porque Ramiro nos va mostrando dos caras. Por un lado parece un hombre triste y desasosegado, que “sufre por amor”, el amor que su cuñada no le permite. Por el otro, en ocasiones sale al exterior su faceta de depredador sexual, que será esencial en varias escenas de la trama.

La tía Tula sufrió algunos cortes de censura en su día, pero también obtuvo éxito y prestigio mediante la concesión de algunos premios. Lo más sorprendente del filme, además de su atmósfera cargada de tensión, de posibles relaciones incestuosas, de miedo al pecado y de castidad por respeto a la finada, es la dirección de Picazo. Los planos secuencia, largos y maravillosos, nos van colocando en situaciones en las que la intensidad y la carga dramática de los personajes se extienden y nos involucran.

Lo que en realidad nos está ofreciendo es un vistazo a las opresiones que sufrían las mujeres. Aquí nos muestra a una mujer que no puede ser libre porque no la dejan, no le permiten que se guíe por el instinto maternal, el respeto a los difuntos y la lógica alejada del incesto. Una mujer a la que quieren encerrar en una jaula, someterla a los caprichos del hombre… y ésa era la costumbre antaño, aunque hoy nos suene a ficción: si una mujer te rechazaba, te casabas con su hermana; si enviudabas, alguna otra fémina de la rama familiar ocuparía el puesto de la que se fue.    

Aversión hacia el depredador

La de Miguel Picazo es una de esas películas en las que, si al principio sentimos cierta lástima por el personaje, luego empezamos a sentir aversión: algo inevitable cuando descubrimos que el padre es un lobo disfrazado de cordero. Ese giro nos sitúa en una perspectiva que no podremos abandonar, por mucho que Ramiro se haga la víctima.

La tía Tula es, también, un reflejo de la mentalidad provinciana de aquella época. Una época en la que las mujeres solían ser forzadas a elegir entre dos caminos. Es lo que sucede con Tula, y así se lo comenta el sacerdote con el que se confiesa: o elige lo conveniente (casarse con su cuñado y cuidar a sus hijos) o elige el escándalo (vivir bajo el mismo techo sin estar casados). En este retrato de la España negra no faltan las alusiones continuas a la muerte: coronas fúnebres, cementerios, ataúdes…

Poco a poco la película va volviéndose angustiosa, asfixiante, pese a que hay un par de momentos en los que la tía parece respirar: aquellas escenas en las que se ha soltado el pelo y viste de una manera muy distinta a los personajes de La casa de Bernarda Alba. Es ahí, en ese hueco de alivio, en esos momentos en que salen del piso como en una excursión familiar, cuando Tula podría enamorarse. Algo imposible cuando el tipo que la pretende es incapaz de sofocar sus instintos.  

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