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La humanidad a través de Noragami destacada - El Palomitrón
ANIME / MANGA OPINIÓN REDACTORES RESEÑAS

NORAGAMI: DIOSES, PACTOS Y NOMBRES

Estoy convencido de que la pila de lecturas pendientes de muchas y muchos ha bajado considerablemente e incluso ha llegado a desaparecer durante estos meses de confinamiento. Pues bien, este no ha sido mi caso. Estoy sumido en una especie de bloqueo lector que no me está poniendo las cosas nada fáciles a la hora de disfrutar y evadirme a través de historias narradas a golpe de tinta. En un intento a la desesperada por intentar salir del bache pensé en Noragami, un título que tenía pendiente desde hace bastante tiempo y del que, a decir verdad, no esperaba grandes cosas. Supongo que precisamente por eso, por esperar encontrarme con una obra un tanto light e incluso anodina, mis expectativas no eran nada halagüeñas. Y aunque lo cierto es que durante los primeros compases de la obra los prejuicios seguían estando ahí, el desarrollo y tejido emocional que traza la serie terminaron dándome una lección. El enésimo recordatorio de que los prejuicios lo único que hacen es restar —hay excepciones, por supuesto— y en el vasto universo del arte eso debería estar penado. 

Tal vez Noragami sea uno de esos títulos que, observados desde cierta distancia, tienen poco que aportar dentro de una industria plagada de obras clónicas. Parte de ideas moderadamente comunes: fuerte peso de la religión sintoísta a través de la representación de sus diferentes deidades, la existencia de espíritus malditos (aquí denominados ayakashi) que pululan por el plano mundano o el hecho de que espíritus humanos puedan transformarse en las armas que portan dichos dioses (shinki). Sin embargo, Adachitoka —nombre artístico del dúo creativo de autoras de la obra— logra que bajo esa superficie aparentemente genérica exista alma, un corazón que bombea todo su flujo vital a través de la red de relaciones existentes entre sus personajes. Noragami no reinventa nada, tampoco lo busca, pero es una obra curtida en lo emocional; una historia donde lo artificial no existe. Y entre todos los conceptos de interés que maneja la obra, me gustaría destacar dos de ellos: el tratamiento de la relación entre dios (amo) y shinki (vasallo), y el valor en torno al uso de los nombres propios.  

La humanidad a través de Noragami Yato Yukine - El Palomitrón

Los shinki son las «armas» de los dioses, esa al menos es la definición general. Almas humanas errantes que antaño tuvieron una muerte trágica y prematura y que, a ojos de los dioses, merecían una segunda oportunidad. Esta nueva oportunidad se materializa a través de un pacto, un ritual donde acto y verbo se aúnan y nace una nueva vida. Se forja un nuevo nombre y con él, una relación. El dios manda, el shinki obedece. Es una herramienta a fin de cuentas, y la humanidad de su aspecto físico se esfuma cuando ha de cumplir órdenes. Su cuerpo se transforma en aquello que sea de utilidad para su amo: una espada, un abanico mágico, una armadura… Es una faceta deshumanizadora que actúa como contrapunto respecto aquella que sí sirve para humanizar no solo al shinki, sino también a la deidad: la que tiene que ver con las mecánicas de su relación, las fibras de ese intangible hilo que les une.

El hilo que une a Yato y Yukine —dios y shinki protagonistas— es diferente a aquel que une a Yato y Hiyori —humana—. Mientras que salvaguardar este último depende de la voluntad del humano de no olvidar al dios, el primero tiene un cariz más emocional. La conexión entre dios y shinki es total, hasta el punto de que la deidad debe cargar con las emociones de su compañero. Una carga que, de ser negativa, puede incurrir en una serie de punzadas físicas e impurezas que afectan directamente a la salud del dios. La dirección del dolor es unilateral, de «vasallo» a «amo», principalmente por la condición humana intrínseca del primero. Si un shinki delinque o cae presa de sentimientos como el rencor o la envidia  —emociones humanas— hará que la relación con su dios se deteriore; que el hilo que les une a través de un nombre se erosione hasta esfumarse por completo. 

La humanidad a través de Noragami Kazuma - El Palomitrón

Debido a su condición divina, los dioses son seres no sujetos a conceptos como el bien o el mal y, del mismo modo, tampoco pueden experimentar por sí mismos los sentimientos de la raza humana. Así, la obra plantea que ambas partes deben dar de sí para estar en sintonía. El dios debe cargar con el peso emocional humano del shinki, pero también velar por que éste no se desvíe del camino correcto; por su parte, el shinki deberá controlar sus impulsos en pos de la seguridad del dios. Noragami retrata esta relación como si fuera una imaginaria balanza que lucha por mantener el equilibrio perfecto a pesar de los golpes de la vida. Es en este proceso donde la obra otorga capas de profundidad a las relaciones entre sus personajes, humanizando a deidades y espíritus que fueron y ya no son. Lleva a cabo una constante exposición de lo que significa madurar y sacrificarse por los demás. Todos estos matices son los que derrumban esa relación conceptual inicial de sumisión entre «amo» y «vasallo» en pos de la construcción de los pilares de un tipo de relación sin etiquetas. Una de relativa igualdad que, ingenuamente, pretende ignorar naturalezas.

Los matices humanizadores de Noragami entroncan directamente con otro de los aspectos más llamativos de la obra: aquel que tiene que ver con el nombre. Cuando un dios quiere tomar a un espíritu errante como su shinki, éste deberá darle un nombre escrito en kanji y de ahí derivará el resto —sí, tienen varios, incluso en función de su lectura en japonés o chino, pero vamos a intentar ir al grano—. Por ejemplo, «Yukine» es el nombre humano del shinki de Yato, mientras que «Sekki» es su nombre de recipiente/arma, ambos derivados del kanji 雪, cuya lectura japonesa es «Yuki» y su traducción al español es «nieve». El ritual de nombramiento —y nacimiento— termina con el kanji grabado en la piel del cuerpo humano del shinki. Dios y espíritu forjan un vínculo que puede llegar a ser inmortal a raíz de un nombre, aquello que otorga identidad, que identifica y brinda entidad

La humanidad a través de Noragami Yukine - El Palomitrón

Las connotaciones de humanidad que se extraen del nombramiento y su ritual chocan con su representación más física: una marca tangible que podría indicar propiedad de algo o alguien. El kanji del nombre grabado en sus pieles no difiere en términos de estética y significado del que podría portar cualquier presidiario o sujeto de análisis y experimentación. Sí, es un nombre y no un código numérico, pero en esencia sigue siendo una marca. Una señal con la que marcar e identificar, como la que emplean los criadores para señalar a su ganado. El nombre propio es la vía humanizadora, sin embargo su forma representa todo lo contrario. Es un juego dicotómico que también se alimenta de la convivencia de los nombres humano y arma, y que cobra otros matices si hablamos de los «nora», aquellos shinki con múltiples nombres, es decir, que son propiedad de múltiples dueños.

Un nora es la máxima representación de herramienta, un medio para alcanzar cierto fin. Repudiados en los cielos, pero usados por sus agentes divinos. Representan cierto libre albedrío por no estar atados a ningún dueño en concreto, pero los múltiples nombres (marcas) que pintan sus cuerpos incrementan la representación deshumanizadora a nivel estético. A nivel emocional, lo que inicialmente podría considerarse como algo positivo —un mayor número de nombres implica un mayor número de vínculos— puede terminar tornándose en frustración y un vacío vital por la existencia de un amor que no es recíproco, además de derivar en una crisis de identidad al no saber ni siquiera definir su propio yo

La humanidad a través de Noragami Nora - El Palomitrón

Para culminar, y atención porque esto sí puede considerarse un spoiler importante, está el concepto y las implicaciones de el secreto de los dioses. La idea surge del hecho de que a partir del momento en que un dios nombra a un shinki, éste conocerá todos los detalles de su anterior vida como humano; sabrá cómo murió y, más importante, su nombre original. El dios debe cargar con este peso y guardarlo bajo llave para que nunca salga a la luz. Porque de airearse mínimamente, el shinki comenzará a sentir la necesidad de descubrir su antiguo yo: aquel nombre que le identificaba como humano. A partir de ese punto, el dios no solo sufrirá las consecuencias negativas del comportamiento de su shinki, sino que éste último, si descubre su nombre humano, terminará convirtiéndose en una bestia sedienta de sangre. De nuevo, la obra juega con la naturaleza humana inherente al shinki, con el sentimiento de nostalgia y descubrimiento que empuja a conocer más sobre esa identidad pretérita. Pero también convierte esta meta, el conocer el nombre original, en una faceta que deshumaniza al individuo al convertirlo en una vil criatura que destruye cualquier resquicio de humanidad.  

El círculo de eternidad abre y cierra trasteando con el significado en torno al nombre. El primero, el otorgado por un dios, implica vida, comienzo. El nombre que subyace detrás del «secreto» implica muerte, fin. Noragami juega eficazmente sus cartas aunando lo divino con lo mundano e hilvanando un relato que supura humanidad a través de cada uno de sus poros. Una vez dentro, poco a poco deja de ser un exótico mosaico de divinidades y espíritus para transformarse en algo mucho más íntimo, personal. No hay amos ni vasallos, solo seres tratando de encontrar su lugar en el mundo protegiendo sus escasos o múltiples vínculos. En definitiva, seres como tú o como yo. 

Edu Allepuz

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Intento de muchas cosas y una de las piezas que hacen funcionar la sección manganime. Ávido lector de manga, enamorado de la tinta y de la tragedia de Sui Ishida. Firme defensor de la industria como arte y la abolición de estúpidas etiquetas.