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Hemos pedido expresamente un espacio en el que poder reflexionar sobre el futuro de The Walking Dead. Nos sobraban motivos para hacerlo desde hacía tiempo, pero el detonante, aparte de las infames séptima y octava temporada, ha sido el artículo publicado por Erik Kain en Forbes, donde recapitulaba algunos momentos del midseason finale y lanzaba varios (incontables) dardos envenenados hacia el showrunner Scott Gimple, los guionistas y la propia cadena AMC, que con el tiempo han destruido una de las series más prometedoras del momento.

Lo primero que cualquier espectador debe preguntarse es qué demonios le ocurre a The Walking Dead. Que lleva siendo una serie aburrida desde hace varias temporadas es un hecho que hasta sus fans más intransigentes aceptan con facilidad. ¿La causa? Que su fórmula consiste en repetir la misma fórmula. Los personajes, que antaño despertaban interés por sus conflictos interpersonales, miedos y preocupaciones, han pasado a ser marionetas movidas por unos guionistas ineptos empeñados en hacer terapia psicológica de grupo en vez de contar una historia coherente.

Atención: Este artículo contiene spoilers de la octava temporada de The Walking Dead

Un guion que hace aguas por todos lados

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Acartonados, sin profundidad y con un banal conflicto moral que busca discernir entre lo que es bueno y lo que es malo, los personajes se limitan a repetir a lo largo de dieciséis capítulos por temporada frases intrascendentes del corte de “tenemos que sobrevivir”, “tienes razón”, “hay que ser fuertes” y “debemos luchar para seguir adelante”. En bucle. Una y otra vez. Sin fin. Quizás con algún que otro discurso motivador insertado entre medias que acaba con un “esto es lo que hacemos y en lo que nos hemos convertido”. Este martirio moral sería efectivo en un drama shakesperiano, pero no en una serie que promete sangre, babas y muerte (no podemos negar que The Walking Dead es, en esencia, violencia e instinto de supervivencia).

Los capítulos, cuando no se limitan a mostrar a un Rick traumatizado que busca desesperadamente aliados que luego le traicionen, se resumen en miradas y más miradas. Al vacío. A la nada. O entre ellos. Como analizándose el alma. Con planos cortos de personajes que se muestran nostálgicos en vez de embrutecidos por las circunstancias. Eso si no se sucede una batería de primeros planos encadenados de todo el reparto con una irritante musiquita de fondo, como diciendo “mira cuántos somos y cómo sufrimos”.

Las fórmulas narrativas se repiten una y otra vez

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Haciendo apología del ridículo, la repetitiva fórmula narrativa en la que ha caído la serie empezó a resultar molesta durante la sexta temporada y ha llegado a un punto que exaspera y despierta vergüenza ajena. Cuando no hay drama moral y llantos aparece una frase ingeniosa que resalta lo evidente: “debemos adaptarnos a esta nueva vida”. ¡Toma ya! Parece que la estrategia de Rick y su banda de nostálgicas almas errantes es matar a los zombis de aburrimiento. En eso los guionistas se están empleando a fondo.

Este soporífero formato viene repitiéndose desde hace años. Las temporadas empiezan con un capítulo brutal (la despiadada muerte de Glenn a manos de Negan ya ha pasado a los anales del gore) pero se desinflan inmediatamente en siete capítulos de charlas, discursos y viajes a ninguna parte y sin ningún motivo, culminando con un midseason finale que, a veces, tiene algún cliffhanger más o menos bien resuelto, aunque generalmente no es el caso (y si no que se lo digan al pobre Carl Grimes, que sobrevive a cientos de balas de los Salvadores pero le muerde un zombi invisible). Continúa con una vuelta de siete capítulos aburridos y un final que pretende ser impactante pero que deja en vilo. Es como tener sexo sin ganas y que te corten el rollo en el mejor momento.

Los personajes son caricaturizados

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Esta ineptitud ha llevado a que algunos personajes hayan caído en la caricaturización, o, incluso, en el ridículo. Negan, que prometía ser el villano más sanguinario de la serie, parece más un payaso desnortado que un auténtico psicópata asesino peligroso (y a pesar de todo Jeffrey Dean Morgan sigue siendo el principal motivo por el que seguir viendo la serie). Con su molesto balanceo, sus chistes malos y sus inesperados cambios de humor, resulta un personaje cargante e increíble (de que no se lo cree ni él mismo). De Ezekiel, su tigre y su “y sin embargo, sonrío” no vamos a hablar, porque nos calentamos.

Personajes poderosos como Carol, Daryl, Maggie y Michonne han pasado a un segundo plano y prácticamente no tienen minutos de pantalla. Otros, como Tara, Rosita, Morgan, Enid y Jesús, no se sabe muy bien qué hacen ahí: solo irritan y constituyen el núcleo de conflictos morales repetitivos (menos mal que se cargaron a Sasha, Beth y Tyreese, porque si no The Walking Dead podría ser ya el show de los moralistas). Eugene y el padre Gabriel, los inclasificables, tampoco están bien explotados. ¿Hubieran sobrevivido tanto tiempo estas personas en un apocalipsis zombi? Creemos que no. En la memoria quedan aquellos tiempos en los que Shane, Andrea, Hershel y el Gobernador (de largo cuatro de los mejores personajes de la serie) eran grandes pilares sobre los que se sustentaba una trama que se volvía más interesante a cada capítulo.

¿Es Scott Gimple el causante de este descalabro?

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Las cosas empezaron a cambiar desde que Gimple tomó el timón allá por la cuarta temporada, cuando la inmensa influencia de Frank Darabont ya había desaparecido por completo. La serie tomó un rumbo que nada tenía que ver con el brutal episodio piloto con el que se presentaba la ficción zombi, con aquella estética de serie B tan setentera y la música de Bear McCreary helando el corazón. The Walking Dead no solo comenzó a repetirse desde que Gimple se sentó en el trono del showrunner, sino que además empezó a perder calidad técnica.

Ahora los capítulos parecen estar dirigidos sin ganas. Se limitan a encadenar planos-contraplanos, pocos movimientos de cámara, una iluminación mediocre y algunas tomas alargadas hasta la extenuidad que realmente no aportan nada a la historia. Los efectos de sonido son terribles y los visuales no les hacen sombra (ese ciervo sacado de videojuego de PlayStation 1 fue la gota que colmó el vaso). Por no hablar de la música: antes por lo menos podíamos disfrutar de algún tema de Ben Nichols o Jamie N Commons, pero ahora con suerte aparece un piano con sintentizador para dramatizar un poquito alguna escena aleatoria.

Unos diálogos e interpretaciones cada vez peores

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No se salvan ni las interpretaciones: Rick, con su rostro ojiplático cada vez que ocurre algo malo, como si le estuviesen practicando una eterna colonoscopia; Negan, con su sonrisita cínica hasta en momentos en los que peligra su vida; Daryl, que necesita urgentemente encontrar un logopeda entre los supervivientes (al menos en la versión original); y los malos, siempre muy malos, diciendo lo malos que son y la maldad que van a infligir a todo el mundo (y mientras dan el discursito acaban siendo devorados por un zombi cansado de escuchar tanta chorrada). Las conclusiones son dos: o bien la dirección general de cada episodio es supervisada por un grupo de estudiantes de cine amateurs que terminan sus prácticas de carrera en AMC, o, por el contrario, y por esto nos decantamos, el equipo creativo ha perdido el rumbo y debe ser sustituido con urgencia.

Los diálogos (por llamarlos de alguna manera) ya no aportan nada nuevo a la historia. Se limitan a mostrar la misma fórmula de reflexión-afirmación-silencio-reflexión. “¿En qué nos hemos convertido, Rick?”. Silencio. Mirada profunda. “No lo sé, Maggie, no lo sé. Pero tenemos que sobrevivir”. “Lo sé, Rick. Tenemos que hacer cualquier cosa por sobrevivir. Así somos. Es lo que nos toca hacer. Es el mundo en el que vivimos”. The Walking Dead podría resumirse en un bucle infinito de este concepto, repetido una y otra vez. Quizás sea un experimento sociológico que pretenda analizar cuánta paciencia puede tener el público generalista ante diálogos que aburren a las ostras o algún tipo de proyecto de lavado de cerebro organizado por los Illuminati.

Fallos de continuidad y actos inexplicables

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La séptima y la octava temporada son una inmolación creativa. Están plagadas de fallos de continuidad. Los espectadores ya no saben dónde está cada personaje ni qué le pasa por la cabeza. Hacen cosas extrañas: se van solos por el bosque con la intención de enfrentarse a un ejército de asesinos, vuelven a pedir alianzas a personas que han demostrado no ser confiables, intentan salvar a sus enemigos sin motivo aparente, etc. Actúan por su cuenta sin decírselo a nadie pero, ojo, que luego aparecen milagrosamente en el momento oportuno para salvar a otro personaje protagonista que está en peligro.

Y por si todo este caos inexplicable fuera poco, de vez en cuando aparece algún flashback (o flashforward, o recuerdo, o idea, o lo que demonios sea) de un Rick con barba viviendo en un mundo utópico donde todos son felices y comen perdices. Esta bobada solo es superada por el capítulo de Daryl y Beth contando estrellas y bebiendo Coca-Cola en la cabaña del bosque.

Lo de las millones de balas que aparecen de no-se-sabe-dónde y que no dejan ni orificios allí donde impactan es otro tema que genera mala leche y que es caldo de cultivo de toda clase de memes. Obviamente, le resta realismo a los tiroteos y, como ocurre con los personajes, los caricaturiza. Como colofón, los actores y actrices se mueven por la pantalla sin pena ni gloria, corriendo despavoridos entre tanto caos, espetando sus diálogos mientras probablemente piensen qué demonios hacen con su vida para seguir en un show que los ridiculiza y no explota sus dotes interpretativas (que son muchas).

El futuro de The Walking Dead es incierto

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El máximo culpable de esto, señala Erik Kain, podría ser Scott Gimple, el showrunner de la serie, quien ha demostrado ser incapaz de reflotar un producto que pedía a gritos una renovación de ideas desde el final de la quinta temporada. No solo no ha salvado el barco, sino que ha terminado de hundirlo con él como capitán.

De hecho, Gimple y su equipo lo están haciendo tan mal que hasta la decisión de matar a Carl ha despertado la ira de los fans, que veían en el personaje una fuente de inspiración para futuras tramas mucho más oscuras. Esta decisión ha generado una reprimenda pública hacia Gimple por parte del padre de Chandler Riggs, quien critica al showrunner por prometerle a su hijo que lo tendría al menos tres años más en plantilla. Riggs afirma que lo han engañado con un despido inesperado. Vamos, todo un disparate.

La solución depende de AMC

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En una época en la que la televisión es tan competitiva y ha demostrado poder superar a las mejores producciones de Hollywood, The Walking Dead ha caído en las fórmulas convencionales. Es una serie aburrida y absurda. Algo intolerable si se tiene en cuenta que las tres primeras temporadas (y mitad de la cuarta) fueron excelentes y que la competencia se esfuerza en construir productos dignos. HBO, Netflix y Amazon han demostrado que se pueden rodar series de calidad y seguir reinventándose para no perder público (y si no que se lo digan a Jon Nieve), así que si AMC no termina por relevar al equipo creativo de la serie, el resultado será nefasto. Los índices de audiencia están cayendo en picado y la paciencia de los espectadores tiene un límite.

AMC no puede pasar esto por alto aunque la de Rick Grimes sea una de las series más vistas de la televisión pública en Estados Unidos. Debe contratar a sangre nueva. Nuevos directores y técnicos de iluminación y sonido. También nuevos miembros de reparto. Y, lo más importante, un nuevo showrunner apto que tenga voz propia y sepa discernir qué funciona y qué no, obligando a Robert Kirkman a limitarse a escribir cómics y a controlar el resto de procesos creativos con criterio. Gimple ha demostrado ser incapaz de revitalizar un producto con todos los elementos para triunfar. La prueba de fuego de The Walking Dead está en la novena temporada. Si falla, probablemente no habrá décima. Y si la hay y sigue este rumbo, será la última.

David G. Maciejewski

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