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Chema Rodríguez nos recibe puntual y sonriente en la terraza de la Cantina de Matadero a pesar del jet lag que sufre. Acaba de llegar de Nueva York, donde ha acudido al estreno de su último largometraje, Los gigantes no existen, producción hispano guatemalteca que se estrena en Cineteca este viernes, 28 de septiembre. La cinta, que ha pasado ya por una decena de festivales internacionales, ha sido una de las 15 películas españolas preseleccionadas para la próxima edición de los Premios Iberoamericanos de Cine Fénix. Rodríguez reconoce que en su próximo proyecto le encantaría volver a rodar “con un equipo pequeño, guerrillero, pegado a la realidad y utilizando escenarios naturales; aprovechando lo que la vida real te da, con actores profesionales que saben ponerse delante de una cámara”. Su mirada, de un azul brillante, y sus manos, perfectamente cuidadas, dotan a este cineasta sevillano de la expresividad y la fuerza que se espera de alguien que se gana la vida contando historias.

La sinopsis nos sitúa en un hecho real, una masacre. Sin embargo, Los gigantes no existen es una historia de amor.

Chema Rodríguez: La guerra civil de Guatemala y la masacre de Río Negro de 1982 no son más que un contexto, un espacio de fondo. En realidad he querido hacer una película sobre el miedo y la superación, soportados en una historia de amor. Aunque partimos de la historia del pequeño Jesús Tecú, el protagonista es su captor, Pedro. Un personaje que todo lo que hace es para ayudar a su mujer a superar la traumática pérdida de su hijo. Por eso, es capaz de robar un niño en una masacre. Una forma muy perversa de demostrar su infinito amor por ella.

¿Cuánto de verdad y cuánto de ficción hay en esta historia?

 

C. R: Los gigantes no existen es 80 % ficción y 20 % realidad. La ficción se desarrolla en solo 18 días y en el momento en que el pequeño Jesús convivió con sus captores. La historia real fue mucho más dura. Jesús Tecú, que tenía 9 años, sobrevivió para ser convertido en esclavo, y tanto su captor como María, su mujer, lo trataron como a un perro. Cuando aquel niño creció se hizo abogado, y gracias a su empeño consiguió meter en la cárcel a su captor y a todos los paramilitares que participaron en la masacre de Río Negro. Sin embargo, todavía hoy Jesús considera a Pedro como su padre y va a visitarlo a la cárcel cada dos o tres meses. Tiene un profundo sentimiento de culpa, porque encarceló a los paramilitares responsables de la matanza, que eran indígenas o ladinos pobres, pero no ha podido encarcelar a los militares que los dirigieron, todos blancos y de buena posición social.

Curiosamente, y por tal y como está narrada la historia, el espectador llega a sentir empatía por el captor.

C. R: Es algo intencionado. Quería que el público se sorprendiera empatizando con un ser cruel y despiadado, y una forma de conseguirlo es mostrando los detalles que hay detrás de cada historia. En este caso, detrás del robo de Jesús hay unos padres que han perdido un hijo y se les ocurre la locura de capturar otro para sustituirlo. Es un desvarío que en la ficción funciona porque, además de salvar al niño de morir en la masacre, ella termina curándose por la relación de amor maternal que surge con el pequeño. Mi intención es que en el momento en que el niño cuenta cómo Pedro agarró a su hermano y lo estampó contra la piedra, el espectador se plantee cómo ha podido sentir empatía por alguien así y que, después de eso, todavía la siga sintiendo.

¿Cómo marcó este enfoque el desarrollo del guion?

 

C. R: Cuando estás trabajando una historia tienes a muchas personas alrededor, y todos te dan su opinión. Jorge Sánchez Cabezudo, Isaki Lacuesta y yo nos mandamos nuestras cosas y todos opinamos sobre todo. Es nuestra forma de trabajar. En este caso, había muchas dudas sobre si perderíamos al personaje si planteábamos su crueldad desde el principio. Trabajamos con varios guiones y rodamos varios finales, casi todos con la muerte de Pedro. Al mezclar realidad y ficción, matar a Pedro nos alejaba demasiado de la realidad, y por eso elegimos un final, digamos, feliz. Aun así, ha habido escenas que generaban dudas. En concreto, en EE. UU. me han planteado si era necesario que muriese el mono. Sin embargo, es una escena que revela al espectador el tremendo conflicto interno que vive el protagonista al sentirse acorralado.

En realidad, todos tenemos un lado oscuro.

 

C. R: Por supuesto. En esta historia, me atrajo la idea de que en un contexto de guerra civil como la de Guatemala, que fue especialmente cruel y se mató con mucha saña, los hombres se vieron envueltos en una dinámica de violencia que les arrastró a hacer cosas impensables. Pero no eran psicópatas. Pedro, el protagonista, se comportó de forma cruel y despiadada con mujeres y niños. Cuanto más incompresibles y más matices tienen los personajes, más creíbles son, porque se parecen más a los tipos que matan en la vida real.

Se ha atrevido a trabajar con niños y animales…

 

C. R: Cierto, y he tenido suerte creo, porque los dos niños eran una maravilla. Estuvimos rodando más de dos meses y terminamos cuatro o cinco días antes de lo previsto porque funcionaron muy bien. Rodamos con ellos con base de improvisaciones. El más mayor conocía el guion, pero lo que hacíamos era jugar. Y respecto al mono, el que nos dio problemas fue el cuidador. Pesaba 140 kg y teníamos que andar 40 minutos todos los días montaña arriba para llegar al lugar del rodaje. El cuidador subió solo el primer día. Tuvimos que hacernos cargo del mono, que resultó ser un magnífico actor. En la escena en la que Pedro lo mataba, estaba previsto que el actor lo sujetara por el cuello haciendo como que lo asfixiaba. Yo iba a ir cerrando el plano y dejar solo el rostro del actor. Pero cuando estábamos cerrando el plano, el mono empezó a abrir la boca sin hacer ruidos. No sabemos por qué, porque obviamente no le apretaba. Entonces no cerré el plano y quedó una toma espectacular. Luego montamos el sonido (de otro mono) y ha quedado una escena muy real.

¿Cuál fue el peor momento del rodaje?

 

C. R: El asalto que sufrimos. Rodábamos en medio de la montaña, en una zona pobre donde hay mucho narcotráfico. Una parte del equipo nos bajamos a la zona donde dormíamos, y entonces atacaron el set de rodaje. El personal de seguridad repelió el asalto, pero tuvimos que parar el rodaje varios días y contratar más seguridad.

¿Y el mejor momento?

 

C. R: Hubo muchos, pero me quedo con el encuentro entre el Jesus Tecú real y el niño actor. Le estuvo contando los detalles de la masacre, lo que había visto y luego la situación que vivió con sus captores, y el crío se puso a llorar. En Guatemala, los niños y adolescentes no saben que hubo una guerra terrible en la que murieron cerca de 200 000 personas.

 Aprendiendo de los errores, ¿qué no volvería a repetir?

 

C. R: Producirme una película. A corto y medio plazo, seguro… y a largo, tampoco lo creo. Todavía debo dinero, y me ha costado mucho esfuerzo. Lo peor es que, como yo, muchos directores reciben subvenciones para sacar adelante sus proyectos, pero luego el ICAA no se preocupa de si la película se distribuye o no. Por desgracia, en España no contamos con una red de salas a disposición de todas estas producciones, como ocurre en Francia, México o Colombia, y es una inversión que pagamos todos y se queda para certámenes y festivales. O si tienes suerte, como en mi caso, estrenas y estás un par de días en cartel fuera del circuito comercial.

Los gigantes no existen llega este viernes 28 de septiembre a las carteleras españolas.

Marisa Cruzado

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