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Crítica de Maquia, una historia de amor inmortal principal - El Palomitrón

¿Podemos cerrar una promesa a través de las lágrimas? Esta y muchas otras cuestiones son las que plantea Maquia, una historia de amor inmortal a lo largo de su metraje de aproximadamente dos horas de duración. Un metraje que podríamos definir como una fantasmagoría animada magníficamente representada y sumamente sentimental. Una fantasmagoría que viaja desde Mezarte hasta nosotros; desde Maquia hasta Ariel. Y es Mari Okada quien se encarga de trazar este viaje, este periplo lleno de contiendas, emociones y sollozos.  

De la mano de P.A.Works (Charlotte, Sirius the Jaeger) y bajo la dirección musical de Kenji Kawai (Ghost in The Shell, Fate/Stay Night) Mari Okada es capaz de lograr un trabajo que, sin titubear, podríamos catalogar como perfecto. No solo sabe tejer los hilos en pantalla, sino que también lo hace tras ella. Maquia, una historia de amor inmortal es el debut como directora de la prolífica y exitosa guionista Mari Okada (Anohana: The Flower We Saw That Day), y aunque esta cinta también está ambientada en un mundo de fantasía pintoresco que nos hará recordar a la obra de George R. R. Martin, la historia que se plantea es totalmente diferente. Es una amalgama de inquietudes que logra unir bajo un mismo plano una historia acerca de la maternidad, una historia de sacrificio y una historia de redención. Todo ello influido por el trasfondo de Okada, uno donde refleja su propia experiencia personal.

Crítica de Maquia, una historia de amor inmortal Maquia y Ariel 1 - El Palomitrón

Maquia cuenta la historia de un tiempo irremplazable, un tiempo tejido por dos personas que están solas. Los hilos verticales son los días que pasan. Los horizontales son las vidas de la humanidad. El pueblo de Iorph vive alejado de las tierras de los hombres, tejiendo los acontecimientos cotidianos en una tela llamada Hibiol. Maquia es una joven Iorph huérfana que, a pesar de vivir en paz rodeada de amigos, de alguna manera se siente siempre sola. Un día cualquiera, sin previo aviso, las pacíficas vidas de los Iorph se hacen añicos en el instante en que el ejército Mezarte les invade en busca de la sangre que les permite permanecer jóvenes durante siglos. En medio de la desesperación y el caos, Maquia encuentra a Ariel, un bebé que se ha quedado solo tras perder a sus padres. Y, justamente en este momento, es donde empieza la magia. Una historia que nos contará a través del paso del tiempo cómo Ariel descubrirá quién es Maquia realmente, una historia que jugará con la arena dictada por el tiempo y cuyo destino recae en el caprichoso sino de la vida. Los humanos no somos capaces de quebrar el compás de nuestra realidad, pero Mari Okada lo consigue a través de una relación que va más allá del amor; más allá de la mera existencia.

Líneas atrás hablábamos de promesas. Una de las acciones que condicionarán a la cinta de Okada, unas palabras que denotarán en todo momento ante qué relación estamos. “No lloraré, lo prometo”, jura la etérea y longeva Maquia al niño mortal que está criando como su hijo. “¡Soy madre!”, dice ella, golpeando ligeramente su puño contra su vientre en un gesto de desafío que hace sonreír al niño. No lloraré, no me marcharé, no te dejaré… frases en las que impera el “no”; dos letras que pueden llegar a condicionar el destino, en este caso el conformado por Maquia y Ariel.

Mari Okada es pretenciosa, pero sabe lidiar con ello. Se atreve a exponer temas tales como el duro camino de la maternidad a la vez que enzarza una dura batalla; habla del amor en todas sus vertientes y lo deja libre entre sus personajes sin temer que sean heridos o queridos; plantea una época en la que ser diferente está penado ya sea con sangre o con el exilio; sabe cortar las alas, pero también sabe darlas; en definitiva, se expone al medio, pero logra vencerlo. Pocas veces hemos presenciado una composición con tantos elementos, pero que a su vez casan entre ellos y dan como resultado una obra cuyo peso principal reside en Maquia. Esa chica con ojos marrones y cabello rubio platino cuyo diario no tiene una última página. A veces los autores la dejan en blanco, pero en esta ocasión Okada alega por quitarla; da un paso más a la vida infinita.

Crítica de Maquia, una historia de amor inmortal Maquia y Ariel 2 - El Palomitrón

Dicha alegoría por la eternidad, por el amor y, por qué no decirlo, por el dolor, queda perfectamente representada gracias al trabajo de P.A.Works. Cada uno de los planos ofrece múltiples perspectivas de cualquier escena, brindando un sentido real del lugar y evitando que la película se sienta visualmente estancada. Del mismo modo, el enfoque variable de la cámara recorre un largo camino no sólo para aumentar el atractivo visual de la película, sino también para reflejar el estado interno de sus personajes. Podríamos decir que el detalle es el máximo exponente de la cinta, pero a su vez la combinación de colores, texturas y centelleos conforman un lugar donde pararse. Un lugar en el que ni 120 minutos son suficientes para contemplar toda la belleza que posee. Pero todo ello no sería posible sin la perfecta compañía de la banda sonora de Kenji Kawai. Una melodía que te abraza cálidamente cuando más lo necesitas y te suelta cuando necesitas volar. Notas que se quedarán para siempre en tu corazón dando voz a ese silencio tan necesario entre las personas.

La obra de Okada lo tiene todo a su favor. Narra la historia de un mundo donde, aparentemente, todo es transparente pero, internamente, habita la oscuridad. Una que apunta a guerras, conflictos entre pueblos y disparidad entre razas. Disparidad entre lo eterno y lo perecedero. Y entre todo ello se encuentra Maquia. Una joven que es arrojada al mundo mortal donde un encuentro casual cambiará su vida para siempre. Su inmortalidad complica su existencia junto a los mortales, y es este contraste el que impulsa el drama, la emoción y el poder único a través de los versos de Mari Okada. Maquia, una historia de amor inmortal es una oda de visionado obligatorio que expone sin cobardía una inmortalidad posible. Una eternidad a lomos del amor y la congoja. Una eternidad infinita.

LO MEJOR

  • El debut como directora de Mari Okada bajo una experiencia personal.
  • El planteamiento de temas como la inmortalidad y la maternidad sobre un mismo plano.
  • La conjunción del tiempo: pasado, presente y futuro.
  • Una animación hermosa bañada por los tintes de P.A.Works. 
  • La presencia sonora de Kenji Kawai.

LO PEOR

  • Su “excesiva” duración ¿tal vez?

Marisol Navarro

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