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La deuda

 

El cine político requiere, además de contextualización, una intencionalidad. Es necesario un compromiso que vaya más allá de crear un marco para la historia o de buscar el impacto emocional inmediato.

LA DEUDA, ópera prima del director estadounidense afincado en Lima BARNEY ELLIOTT, nos presenta tres historias paralelas, aparentemente aisladas, que sólo adquieren sentido en su conjunto. Este recurso cinematográfico, que tan buenos resultados dio en BABEL o CRASH, es el elemento destacable de la película. Pero en esta ocasión las relaciones acaban siendo excesivamente simples y forzadas, más ligadas por argumentos de telenovela que por una reflexión profunda sobre el indudable mensaje político que podría contener la película. Cada una de las historias que nos narra se encuadra en un problema económico, político y social. Sin embargo, la tragedia humana desdibuja el análisis convirtiendo la película en un drama convencional.

 

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El problema de contextualizar una película en una realidad conocida es que la posibilidad de manipular puede verse limitada: sabemos de antemano quiénes son los buenos y quiénes son los malos. O por lo menos deberíamos saberlo. En este caso, dos agentes de una compañía estadounidense, se dedican a comprar bonos de la deuda agraria de Perú a un precio muy inferior del real mientras presionan al gobierno para que agilice su pago. Interpretados por STEPHEN DORFF y ALBERTO AMMANN, representan el ejemplo del triunfador que se mueve a sus anchas en la esfera de poder y que no se amedranta ante las dificultades. En la película aparecen humanizados por su relación de amistad, sus añoranzas familiares y ciertos escrúpulos de conciencia. Pero, ¿quiénes son en realidad estos agentes?

 

LA DENUNCIA ECONÓMICA

 

De todos es conocida la existencia de grandes firmas internacionales (generalmente estadounidenses) que viven de la desgracia ajena. Son empresas que compran deuda en los países pobres o con problemas financieros a un precio muy por debajo de su valor (llegan a pagar la décima parte de lo que vale) cuyos poseedores están deseando quitarse de encima. Cuando adquieren una cantidad suficiente, utilizan todo su poder e influencia para obligar a los estados a pagar el cien por cien obteniendo beneficios millonarios. Son los fondos buitre, tristemente conocidos en nuestro país cuando aparecieron a raíz de la crisis económica actual que ellos mismos habían provocado con las hipotecas basura. La película se sitúa en plena negociación del Tratado de Libre Comercio (TLC) de Perú con Estados Unidos, momento idóneo en que todas estas empresas (incluso las de actividades más convencionales) comienzan a mover sus fichas. Las cláusulas de estos tratados, complejas y arduamente negociadas, movilizan todos los lobbies empresariales (y con ellos todas las estrategias, legales o no, que puedan utilizar) rodeado de un sospechoso secretismo. Objetivo fundamental: la información privilegiada. Tampoco debería resultarnos extraña esta situación ya que la Unión Europea se encuentra desde hace años negociando ese mismo tipo de acuerdo con EEUU (el TTIP) en el máximo secreto. Es el lado oscuro de la globalización.

 

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LA DENUNCIA POLÍTICA

 

LA DEUDA no denuncia la auténtica naturaleza de la actividad de estos agentes, incluso AMMANN pretenderá hacernos creer que lo hace por el bien de su pueblo. No nos vamos a creer tanta ingenuidad. Pero sí veremos lo que el cumplimiento de los acuerdos (o las sacrosantas cifras macroeconómicas) provocan en las políticas sociales. Ésta es la aportación más comprometida de la película: mientras nos muestra a los agentes presionando al gobierno para que pague, el sistema sanitario se desmorona por los recortes y la corrupción (algo que también debería sonarnos). ELSA OLIVERO interpreta a María, víctima de esos recortes, cuya única alternativa será jugar al mismo juego de corrupción. Asistimos a la degradación de una sociedad que sólo puede sobrevivir al margen de la ley. Pero como ella misma comprobará, la responsabilidad de nuestros actos puede ser una carga demasiado pesada. María se convierte en verdugo involuntario del tercer drama de la película y cerrará un círculo argumental que parece querer referirnos a una “justicia del azar” o a la providencia divina. Un golpe de efecto demasiado barato que sólo se sustenta en el melodrama.

 

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LA DENUNCIA SOCIAL

La tercera historia está protagonizada por un campesino que se niega a vender sus tierras impidiendo los planes de un rico empresario peruano llamado Caravedo (CARLOS BARDEM). Argumento manido pero que es reflejo de una lucha social histórica: los ricos terratenientes frente a los campesinos explotados. Ellos son las víctimas sempiternas de la historia más sangrante del Perú: víctimas de la explotación, del terrorismo, del ejército, de los grupos paramilitares, del olvido. La historia de Perú en el siglo XX, sigue las pautas de la mayoría de los países sudamericanos: dictaduras que se alternan con periodos más o menos democráticos, corrupción, desigualdad, pobreza, guerrilla reconvertida en terrorismo, narcotráfico… En una de esas dictaduras populistas, el golpista general Velasco, decidió realizar una serie de reformas radicales que acabaron en una quiebra del Estado. Entre esas reformas expropió explotaciones agrarias en manos de ricos terrateniente para repartirlas entre los campesinos que trabajaban para ellos como esclavos. No les sacó de su pobreza endémica, sólo les dio dignidad. En pago a estas expropiaciones el gobierno emitió unos bonos que nunca llegaron a pagarse. Esto es una deuda histórica que en la película (y en la realidad de Perú) se convirtió en nueva carnaza para los buitres financieros. Ironía histórica teniendo en cuenta el profundo sentimiento anti gringo del propio general.

 

Amiel Cayo y el mundo de los campesinos

 

Caravedo y el campesino personifican esos dos mundos enfrentados. El primero contará con todos los recursos del poder para lograr sus objetivos. El campesino sólo cuenta con la memoria histórica de la opresión y el vínculo con una tierra que le permite ser libre. Interpretado por AMIEL CAYO, que apenas aparece en la promoción de la película frente a otros menos relevantes pero más comercializables (como DAVID STRATHAIRN), nos expone un drama que quizá sea el más recurrido en la literatura y la filmografía sudamericana. En comparación, el análisis de la película resulta superficial y desaprovecha la ocasión para profundizar, sin caer en tópicos, en el abuso sobre las poblaciones indígenas más vulnerables. Entre otros, se le escapan temas tan candentes como la situación de las minas de oro de Perú (explotación infantil, inseguridad, prostitución, devastación medioambiental…) reconocida hace poco por el presidente Humala.

 

Carlos Bardem como Caravedo

 

En definitiva, LA DEUDA no profundiza en ninguna de las interesantes cuestiones políticas que quedan planteadas. Se limita a realizar una exposición superficial e instrumentalizada que sólo sirva a los fines de la historia. Es una película de piezas, un puzle argumental que invita a reflexionar, pero que requiere de demasiado dramatismo para encajar.

 
LO MEJOR:

  • La estructura de historias paralelas que, aunque aparentemente aisladas, se condicionan y determinan
  • Una cuidada fotografía del paisaje peruano que en ocasiones transmite más que la propia narración
  • Invita a una reflexión sobre los efectos de actos que nos parecen ajenos pero que acaban determinando nuestra vida. Además de los muchos paralelismos que se pueden hacer con la España actual

LO PEOR:

  • Ninguno de los temas políticos que plantea está tratando con la suficiente intensidad. Sirven únicamente de marco para la historia que nos quiere contar
  • Las piezas del puzle que nos plantea encajan de forma excesivamente forzada y melodramática
  • Unos diálogos que desperdician sus posibilidades de denuncia en argumentos simplistas o aspectos intrascendentes que llegan a aburrir

 
Marina Calvo

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