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crítica final de Darwin's Game
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DARWIN’S GAME: LA OTRA CARA DEL JUEGO

Darwin’s Game abre su telón con una pregunta muy clara. «¿Qué te impulsa a jugar?». En una realidad definida por la esencia efímera que puede suponer la propia existencia y donde todo se convierte en una pelea a muerte, solo hay un puñado de consideraciones que abran las puertas a que sus personajes se introduzcan en su mística.

Y es que la realidad de Darwin’s Game, como en la de cualquier otro Battle Royale, es que un solo paso en falso, en cualquier momento y posiblemente en cualquier lugar, puede suponer una muerte instántanea. Así, los únicos que arriesgan a entrar en ese mundo son, por lo tanto, dementes o mentes tan ambiciosas que se ven arrastradas por el enorme peso que conlleva convertirse en un as dentro de sus barreras.

Justificando la locura

Una cuestión que la obra de FLIPFLOPs se cuestiona continuamente el porque sus individuos se enfrentan a la muerte. Los hay que resultan fruto de una casualidad, como la forzada entrada de su protagonista, Kaname, hay quiénes se ven llamados por la demencia y la venganza, como resulta con Shuka o incluso quienes buscan de forma desesperada una forma de salvar la vida de un ser querido, como se da con Hiragi.

Sea como sea, Darwin’s Game traza todo su arco evolutivo, no tanto en destacar como Kaname avanza a través de este juego de la muerte, sino sobre los motivos que impulsan a todos sus miles de jugadores a enfrentarse. Una evolución que toca su tope con Eight —dejando la particular revelancia necesaria a su protagonista—, al encontrarse con un grupo de personas que no buscan más que saciar una psicótica necesidad basada en el simple deseo de conquistar y asesinar.

Eight, y especialmente su líder, King, sirven las veces como definición de todo lo que supone el juego. Ellos son, precisamente, la excusa perfecta para que exista. Personas que escapan a la comprensión y la lógica y que, sin ningún tipo de animadversión, consiguen no solo matar, sino también arrasar todo lo que tocan. Así la serie toma su punto más fuerte en la forma en la que dibuja esta realidad distópica en la que la simple excusa vertebrada en el un “juego real” empodera a una serie de psicópatas a extender su terror a lo largo de todo cuanto alcanzan.

La otra cara del juego

Más allá de eso, Darwin’s Game y todo lo que supone da un vuelco completo cuando muestra la otra cara del juego. Cuando demuestra que no es el juego quien da cobijo a esta clase de criminales en potencia, sino que también es la herramienta perfecta para crearlos. Para despojar al ser humano de su propia humanidad.

El momento en el que, al final del arco mostrado hasta el momento en manos de Nexus, Kaname aprieta el gatillo. Sin miedo. Pero también sin compasión. Cuando tanto la obra como el chico abrazan la violencia se alcanza un punto de inflexión. Uno en el que, ni Kaname, ni Shuka, ni King, son tan diferentes. Todos a una, utilizando la imposición del poder, el miedo y la muerte como herramientas para escalar posiciones en un pequeño escenario que, sin embargo, comparte espacio con la realidad.

Es una situación obscena y que no se corresponde con el resto de la serie —que muestra una evolución bastante débil del elenco principal, pese a contar con un enorme potencial para ello— y que rompe por completo los esquemas actuales. Porque Kaname es el rey ahora, pero el coste de su corona ha sido su propia humanidad. La suya y la de su equipo. Porque incluso en el terreno de la supervivencia, los Sunset Ravens se convierten en cazadores para imponer una zona segura. Es un acto terrible y que juega en contra de las propias leyes que el equipo establece.

Cambiando las reglas del juego

Y es que, tras hacerse con el poder, se produce un nuevo punto de inflexión. Uno en el que Kaname se revela contra el sistema que lo ha transformado en lo que es para que cese la actividad —con el miedo como herramienta, por supuesto— del juego en su zona, sirviendo las veces como fuerza de seguridad opresora que se encarga de ejecutar y proteger a partes iguales.

Es una situación de riesgo, que juega en contra de todo lo que había supuesto Darwin’s Game y sus particularidades para el chico hasta ahora. Una muestra más de como el estrés emocional y psíquico consiguen hacer mella en el mismo hasta el punto de transformarlo en una persona completamente diferente. Algo que también habla de sus compañeros, de como le siguen con ciega lealtad, sin importar las vidas ajenas, hasta conseguir sus status.

Una evolución que, de nuevo, muestra la otra cara del juego y proclama que, pese a todo, la obra de FLIPFLOPs sí tiene algo que decir. Medios para cambiar el nexo narrativo que une la enorme red de series clónicas que componen el género. Y es que, por desgracia, la obra carece apenas de personalidad propia a lo largo de su extensión y sus personajes, todos con un importante trasfondo, acaban por caer en el cajón de los estereotipos para convertirse en espacios de un shonen génerico —especialmente Sui, que pierde todo su potencial al presentar a su hermano como una suerte de espíritu que cohabita su cuerpo. Sin embargo, es posible que esta otra cara sepa mostrar, a partir de este punto, que su punto de inflexión no ha sido mera casualidad. ¿Qué les impulsa a jugar ahora?

Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.