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Hablar de Tokyo Ghoul:re a estas alturas es difícil. Nunca ha sido menos y lo cierto es que la animación de Pierrot ha dado de que hablar desde la emisión de la obra original. Si al principio era difícil encontrar el alma de Sui Ishida en el metraje, ahora el problema se ha convertido en algo más confuso.

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Porque Pierrot a veces decide cumplir. No tanto porque despierte un sentimiento de empatía hacia la obra original, sino porque saben como ilustrar la reflexión. El discurso. Si bien, “Temblor” dedicaba una gran parte de su espacio a ello, “Incompleto” parece volver a los pasos anteriores.

Sentimiento vácuo

Se podría decir que este onceavo capítulo es una extensión totalmente directa de su predecesor, ese “Temblor” que mencionaba líneas atrás.  Esto tiene una importancia crítica, y es que los tempos y los tonos —siempre que no sean alterados por su propia historia— deberían mantenerse iguales.

Pero no ocurre eso. Tokyo Ghoul:re 11 no es un despropósito y, sinceramente, está por encima de otros capítulos adaptados por el mismo estudio. No obstante, vuelve a sentirse casi vacío, desprovisto de alma y de sentimientos.

Casi da la impresión de que desconozcan la diferencia entre animar y adaptar. Porque si bien la obra original necesita de la primera para convertirse en anime, es imposible que funcione sino se entiende la segunda. Con todo, parece que el episodio intenta acercarse a los tintes emocionales. Algo lógico, pues estamos en la antesala de su final.

Sacrificio y vida

Sin embargo siento que este episodio de Tokyo Ghoul:re es una constante victoria pírrica. Quizás incluso se encuentre una nota por debajo de ello. Como si estirase la mano pero no llegase a alcanzar su objetivo.

Se ve constantemente. La escena principal que ocupa a Matsumae y Shu tiene cierta carga emocional pero resulta sosa. Aunque ingeniosa y usando pausas de forma correcta, el hecho de que Tsukiyama vea a su protectora salir sin la máscara no es suficiente para otorgar toda la fuerza que necesita el momento. Más aún cuando se permiten un discurso individual y la revelación de los sentimientos de la chica.

Pero no solo ocurre aquí. Porque pasa de nuevo con detalles tan intrascendentes como el sacrificio del escuadrón de Shimoguchi u otros más poderosos como el referente al pasado de Kanae. Un punto que se acerca más al núcleo emocional y lo araña, pero no acaba de lograr su cometido.

Y es que este episodio gira en torno a un punto fácil de discernir: el sacrificio. El hecho de dar la vida por la de otra persona, el gesto de amor definitivo. Pero es difícil que es gesto alcance a nadie sin la carga emocional necesaria para hacerlo volar.

Avance y tropiezo 

Me es imposible no pensar que Pierrot ha puesto un pie en el lugar correcto para tropezar en el siguiente paso. Porque en este episodio —que vuelve a enfocarse antes a la acción que al discurso— se vuelven a presentar los fallos de siempre.

Tokyo Ghoul, así como re, son obras oscuras. Contienen un trasfondo, un poder. Es un planteamiento oscuro, sucio incluso. El dibujo de Ishida es retorcido, negro como el azabache, casi como mirar directamente al abismo del ser humano. Pero le encantan los contrastes. E Ihei es un perfecto uso de estos contrastes.

Una chica de apariencia inocente con una mente retorcida y un alma sádica. Pero no veo nada de ello en sus movimientos (aunque por suerte lo consigue representar en sus expresiones faciales). Son casi estáticos y la batalla contra Matsumae pierde toda su tensión. De la lucha encarnizada entre amor y locura no queda nada. Cuatro golpes de quita y pon e imágenes superpuestas con poca gracia.

Algo a lo que se suma una censura exagerada, que roza lo cómico y elimina escenas que (incluso para las personas que no hayan pasado por su manga) eliminan toda la tensión del momento. Lo dice una persona adversa al gore, a la visceralidad. Pero es que Tokyo Ghoul lo pide a gritos, pide dejarse llevar, sentir la demencia de sus personajes y vivirla en nuestras propias carnes.

No hay nada de eso. Tan solo escenas recortadas, sacrificios con un peso emocional nulo y fragmentos tan mal llevados como la muerte de Kijima, que incluso con ese tono de humor ennegrecido que acompaña al personaje resulta casi cómico.

Última esperanza

Tokyo Ghoul:re 11 ha puesto las cartas sobre la mesa. Bocabajo. Hemos visto sus primeras jugadas, unas que se han torcido y otras que, por suerte, han ganado valor. Destaca la “Jota de Corazones”, la aparición de Kanae y la revelación —aunque entre bambalinas y sin darle mucha repercusión— de que en realidad es una mujer.

La batalla entre Kaneki y Tsukiyama también ha conseguido sacar algún destello de brillantez entre sus compases. La dicotomía recursiva entre Haise Sasaki y Ken Kaneki acompañada del amor insano de Kanae y la humanidad de Tsukiyama, quien se ve abrazado por el sacrificio de sus seres queridos.

La última esperanza nos llegará la semana que viene. Capítulo final y la posible redención de una adaptación que no siente nada por su obra original. ¿Florecerá la rosa o se marchitará en el intento?

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Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.

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