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¿Como se supera la pérdida de un ser querido? Steins;Gate siempre ha explorado esos confines. En la obra original Okabe se veía obligado a atravesar las diferentes divergencias espacio temporales para ver morir a Mayuri una y otra vez. Solo para volver a la línea original donde era Kurisu quien acaba muerta. Un bucle marcado por ese dolor, esa pérdida.

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De hecho, su guión siempre ha jugado con esas piezas. La desesperación, el dolor, la ruptura psicológica de las mentes que componen su elenco. Algo que parecía perdido, irónicamente, en el desarrollo de una obra que suponía el fracaso de Okabe en su intento de salvar a su persona más querida. Pero también algo que se retoma en los hilos que entretejen su nueva entrega.

Preludio a la caída

El inicio de este nuevo capítulo hace uso de un juego curioso con su apartado audiovisual. Porque la obra siempre se ha respaldado mucho en la comedia para aliviar tensiones. Su trasfondo urbano, basado en Akihabara, le da un gran espacio con el que operar, pero era incluso excesivo en las líneas de Zero.

Sin embargo, de nuevo, el inicio de este capítulo vuelve a sus cauces y vemos como Mr. Braun amenaza a sus protagonistas con subirles el alquiler. Algo tan simple como nostálgico. Algo que recuerda en exceso a Steins;Gate, a lo que se había perdido con Zero, junto a Okarin. Pero el verdadero juego es en como usa su música para representarlo. Porque vuelven los tonos de piano. Fríos, rotos. La forma de la tristeza.

¿Porque, entonces? Si el espacio es casi cómico la divergencia, esta vez, se presenta entre imagen y composición musical. Pero, lejos de ello, resulta un perfecto recurso para recurrir a algo mucho más profundo. Porque si bien estamos viendo la escenificación de un regreso, eso no quiere decir que se produzca en clave positiva.

No han sido pocas las críticas que he lanzado, hasta al momento, sobre la obra. Porque su guión parecía perdido, casi difuso. Pero esas notas me han hecho sentir confuso, derrotado quizás. Y no sé si se debe a la esperanza de verle resurgir o realmente es un magnífico plan ideado por sus guionistas. Pero si Steins;Gate 0 rompía con su original siento que la propia obra ha roto consigo misma para traer de nuevo a eso que ignoraba. Una representación del paso por las líneas temporales —y su regreso a través de cada una de ellas— del propio Okabe que sirve como estrategia narrativa para escenificar, de nuevo, la caída.

Ruptura del regreso

Y es que la escena que sigue al momento es explícita. Un resumen del capítulo en si mismo. Porque Mayuri se encuentra bajo la lluvia, sola. Abandonada. Camina con Okabe al poco, sí, pero la brecha que se abre entre ellos es mñas grande a cada paso que dan. Y las notas brotan de nuevo, poco a poco, utilizando un ligero crescendo a medida que la escala del dolor aumenta sus compases.

Steins;Gate 0, con estos capítulos tan distendidos, ha conseguido reinventarse. No es que haya perdido el rumbo, es que ha atado cabos. Ha cicatrizado heridas. ¿Como se supera la pérdida de un ser querido? Okabe aún no lo sabe. Pero sigue su camino, su vida fluye por otro río y se aleja de la depresión que lo consumía. Algo que, por otro lado, solo consigue distanciarle más de su vida.

«Eso es lo mejor para todos, ¿verdad?»

La nueva línea temporal en la que se convierte Zero lleva a Okabe a otro plano. E incluso aunque supere su dolor, nos deja una cosa clara, Okabe Rintaro nunca volverá a ser Okarin  — tampoco Hououin Kyouma. Por mucho que dejé atrás su dolor, no hay nada que le pueda hacer volver.

Línea Beta [Dicotomía de una pesadilla]

La banda sonora sigue avanzando implacable con esos tonos tan característicos, que tanto nos acercan a lo conocido. Las voces de sus personajes se quiebran por un segundo y, llegado el momento, se apaga. Y entonces empiezan los gritos. El estallido de una bomba emocional que resuena a lo largo y ancho de toda su extensión argumental.

Una escena primordial que Steins;Gate 0 borda a la perfección utilizando ligeros recursos y simples recursos narrativos. Como si la obra fuese un globo, cada vez mas cerca de estallar y lo hiciese de forma inesperada, cuando la distensión se había acomodado ya en las líneas de su guión.

Pero su piano vuelve. Ya no es tenso, ahora suena “Believe Me”. Y Okabe explota sobre sus tonos pausados y afilados. La cámara juega a su favor, señalando de forma sutil los restos del plátano “gelificado” en sus manos, el juego de sombras en la cara de Hiyajo o la expresión de puro pánico de su protagonista. Y entonces Okabe vuelve a estancarse en su depresión. La muerte de Mayuri, el sacrificio de Kurisu, el suicidio de Suzuha. Pero en su monólogo solo se oye lo mismo continuamente: “mi sufrimiento, mi dolor”.

Incluso con la intervención de Hiyajo para aliviar la tensión emocional del desarrollo, el drama sigue en el ambiente. Lo cubre por completo y se siente tan opresivo que tarda como en volver a explotar. Pero la respuesta es mucho más dura esta vez, porque el puñetazo de Daru no solo sirve para romper con la ansiedad depresiva de su compañero, sino que rompe con la proposición actual de la obra.

Porque la misma tiene la capacidad, por una vez, de explorar más allá de Okabe y el enorme muro de su depresión. La soga del tiempo que abraza el cuello de Suzuha, la inseguridad de Hiyajo y su inseguridad frente a la difunta Makise, la asfixiante preocupación de Mayuri al ver a su persona más querida caer en los más profundos confines de la rotura emocional.

Mordiendo la mano de Dios

El hecho de que Okabe haya cambiado es algo totalmente implícito en la obra. Algo necesario para su trasfondo y su evolución, pero también algo que le ha llevado demasiado lejos. Hasta el punto de mitificar la muerte de Kurisu y considerarla una suerte divina. Algo que casa poco con las palabras que recita Kanako Itou:

«There is no God. Wonderful new world»

Su tono sonoro vuelve a cambiar. Desafiante, atrevido, motivador. Y Hiyajo rompe con todo, con la posibilidad de rendirse ante la supuesta existencia divina. Ante la idea de arrodillarse bajo la implacable mano del destino. ¿Que diferencia hay entre los puntos de inflexión? Entre lo que se puede cambiar y lo que no. Un compuesto de formulas que se entrañan según la voluntad de las personas, la lógica del mundo.

Algo que puede romperse. La solución, como no podría ser de otra forma, es Steins Gate. Una forma agresiva de explorar a sus personajes, de atacar sus debilidades y llevarlos al límite que acaba con una promesa efímera, la del regreso de Okarin. La convergencia de ambas obras para provocar la divergencia entre líneas.

Bajo la luz de la luna [Melancolía del amor]

Incluso a falta de sus últimos minutos, Steins;Gate 0 16 se siente incapaz de no seguir explorando esas brechas emocionales. Y vuelve a recurrir al mismo juego, a esos tonos de piano, al enfocarse en lo que vivimos. La melancolía del amor.

Y es devastador. Porque si Daru y Hiyajo ya habían expuesto sus inseguridades, la de Mayuri rompe con todo lo anterior. Dulce e inocente, el dolor se adhiere con más fuerza. Algo tan simple como el hecho de que la chica sienta vacío el laboratorio. La melancolía que apela al pasado.

«¿Entonces porque estás tan triste…?»

Los gritos anteriores solo son capaces de tomar la forma que la propia Mayuri le da a sus palabras. Mueren antes de alcanzar la fuerza de sus antecesores pero se convierten en lanzas emocionales mucho más afiladas. ¿De que ha servido todo? ¿Realmente vale la pena existir en un mundo dirigido por el dolor absoluto? Los engranajes vuelven a moverse. Y el único que se encuentra en medio, frenándolos, es —irónicamente— el hombre al que conocemos como Okabe Rintaro. La decisión será difícil.

Óscar Martínez

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