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“¡Somos sensibles y divertidos!”, parecen chillar los directores de C’est la vie en cada plano, en cada encuadre, y lo que es peor, en cada chiste. Como si tuvieran un miedo inexplicable a carecer de esas virtudes, como si no fueran los mismos Olivier Nakache y Eric Toledano que encandilaron al mundo con Intocable. Resulta curioso, como poco, que la pareja de directores con más éxito de Francia sean padres de un solo éxito. Hablando siempre en virtudes cinematográficas, donde Intocable, sin ser nada del otro mundo, cosechaba elementos interesantes y estaba bien contada. En taquilla el público les ha seguido sonriendo, con más modestia, pero igualmente con números altos.

Y tras el intento de repetición que hicieron con la fallida Samba, los directores han dado un vuelco necesario en sus historias. C’est la vie es una película mucho más coral que las anteriores y cuenta con muchísimos personajes que se mezclan entre sí guiados por un claro protagonista: Max. Él es un organizador de bodas con un equipo algo caótico que se enfrenta a una boda de alto standing en un castillo del siglo XVII.

En el subgénero de las películas de bodas encontramos tres enfoques distintos: las que centran su atención en los novios, las que hablan de alguien despechado (dama de honor, exnovio, persona plantada en el altar…), y las que se centran en lo que hay detrás de la boda. Este último es el punto de vista menos tratado, aunque no por ello original, y es de donde parte C’est la vie. Su primera secuencia, la mejor y más divertida, lo define bien. Esta historia va de alguien que decide cómo debe ser una boda, alguien muy por encima de la pareja que se casa, alguien que sabe sobre centros de mesa, convites y pinchadiscos. El wedding planner, encarnado maravillosamente por Jean-Pierre Bacri, es un personaje divertido que la película no sabe aprovechar después de su buena presentación.

Tras la primera secuencia, la película empieza a decaer, empezando a presentar personajes y subtramas con prisa y sin prestarles demasiada atención. Sus dos horas de metraje resultan excesivas, teniendo en cuenta lo mal aprovechadas que están, porque toda la primera hora y media consiste en una sucesión de chistes y gags a cuál más ridículo, todos ellos basados en la estupidez de sus protagonistas. Tal vez el gran problema de la película sea ese, sus personajes, que pese a resultar interesantes sobre el papel, están exagerados hasta un punto ridículo. El novio y el fotógrafo son la muestra más clara de ello, pero el resto del equipo no se queda lejos, dando lugar a infinidad de preguntas: ¿Cómo pueden seguir organizando bodas de alto standing esa pandilla? ¿Cómo han hecho carrera si no dejan de cometer errores?

Lo dejamos pasar, como otras tantas cosas del guion, que por supuesto tiene que otorgarle un final feliz a cada una de las subtramas. C’est la vie es excesivamente sentimental en su tramo final, que pese a contener alguna imagen poderosa (¡por fin!), cae por su propio peso. Además de cierto giro mal contado, relacionado con la infidelidad, cuya moralidad resulta francamente dudosa.

Olivier Nakache y Eric Toledano intentan ser divertidos y sensibles a toda costa, olvidando que para ello tienen que ofrecer personajes mínimamente realistas. Y una comedia donde las risas no afloran no es una buena comedia, igual que una película rodada con el piloto automático no es una buena película. C’est la vie queda, por tanto, como un fracaso de esos que se fabrican en masa para el gran público.

Puede que sea entretenida para una tarde de domingo, y no cabe duda de que su elenco se esfuerza y es la mayor baza de la película, pero el guion simple y tontorrón lastra lo que podía haber sido un producto mucho más divertido. Pero, en fin, como bien indica el título de la película… así es la vida.

LO MEJOR:

  • El reparto.
  • Alguna imagen hermosa al final.

LO PEOR:

  • Un chiste tras otro, sin respiro y sin gracia.
  • Personajes estúpidos y exagerados.
  • Dirigida de forma plana y con el piloto automático.
  • La sensibilidad forzada de su tramo final.

Ignasi Muñoz

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