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APOCALYPSE NOW, O CÓMO COPPOLA SE ADENTRÓ EN LAS TINIEBLAS

Suena ‘This is the end’ y empieza a llover napalm. Ese es el inicio de, sin espacio para la duda, una de las narraciones bélicas más grandes de la historia del cine. Si no la que más. Eso, ya, cada uno. Los acordes de The Doors se entremezclan con el fuego que emana de entre las palmeras en algún lugar de Vietnam y, de repente, el rostro asustado de Martin Sheen. Parece ser que cuando Morrison y compañía grabaron la canción en Elektra Records tuvieron que volver a los pocos días para hacerlo a oscuras, con sólo una pequeña vela iluminando el estudio. Esa fue la versión que quedó para el álbum. La película también es un poco eso: una luz tenue en medio de mucha oscuridad.

Si al hablar de Apocalypse now lo hacemos de una de las películas más importantes es, en parte, porque no la entendemos del todo. Al enfrentarse a ella por primera vez uno no sabe si ha perdido el hilo en algún momento. Lo que hace Francis Ford Coppola es, primero, pasarte por encima con más momentos memorables de los que podríamos citar aquí y, segundo, darte pocas respuestas a muchas preguntas. Pero eso te genera, a su vez, más preguntas. Lo que ves y lo que intuyes van constantemente de la mano en un título que, si bien ha quedado como posiblemente la cinta definitiva sobre la guerra de Vietnam, pudo a su vez costarle serios problemas a más de uno durante su rodaje.

EL ORIGEN Y LAS INFLUENCIAS

En Apocalypse now encontramos la influencia inevitable de Aguirre: la cólera de Dios, la película que Werner Herzog situó en la América colonial, donde un grupo de españoles encabezados por Klaus Kinski trata de llegar en balsa hasta El Dorado. Pero la idea de Coppola proviene de la novela El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Esta historia ocurría originalmente en África y Kurtz (aquí, Marlon Brando) era un comerciante de marfil. Orson Welles había pensado en la adaptación de esta novela para llevar a cabo su primera película, pero el miedo a que superara por mucho el presupuesto hizo que el proyecto se abandonara durante la preproducción. Siguiendo de manera mucho más esa historia que marca la novela de Conrad encontramos, por ejemplo, la película homónima de 1993, dirigida por Nicolas Roeg y donde Tim Roth era Marlow (a quien Coppola llamó Willard) y John Malkovich era Kurtz.

Coppola también quiso que tuviera algo de La Odisea y todo lo que implica ese viaje de regreso a casa de Ulises tras la guerra de Troya. Como detalle más evidente encontramos vemos la aventura en barco superando un obstáculo tras otro, algo muy presente en la mitología griega (Ulises, Jasón…). Además, Killgore (el personaje de Robert Duvall) sería ese cíclope del que hay que escapar mediante engaños (recordemos el capítulo de la tabla de surf), o las chicas de Playboy, que de alguna forma serían las sirenas. Por otro lado, Coppola quería que ese viaje consistiese en algo más: no sólo una travesía física, sino algo que se internase en el campo de lo irracional, algo onírico, casi lisérgico (en muchos puntos lo era). Concebía el río que guiaba hasta Kurtz como un viaje al interior de la mente, también hacia los orígenes. En la versión Redux encontramos la secuencia de la plantación francesa, donde el tiempo parece haber ido hacia atrás para llevarnos hasta los años 50. Las siguientes paradas se acercan mucho más a la creación del hombre y su lado más espiritual, supersticioso y tribal.

EL RODAJE, EL VERDADERO APOCALIPSIS

Si crees que estás teniendo un mal año deberías ver esto. Coppola viajó hasta Filipinas para el rodaje de la película y para ello se llevó a su mujer, Eleanor, y a sus tres hijos. Eleanor fue tomando imágenes (muchas de ellas sin el consentimiento del director) que posteriormente serían editadas por los documentalistas Fax Bahr y George Hickenlooper, quienes confeccionaron uno de los mejores testimonios sobre cine que se hayan hecho, y que vio la luz en 1991, doce años después del estreno. En Corazones en tinieblas podemos ver hasta qué punto le estaban afectando a Coppola todos los reveses que estaba recibiendo y que parecían hacer inviable un rodaje que se alargó hasta los 238 días de rodaje.

Para empezar, el guion se estaba escribiendo y reescribiendo conforme avanzaba todo y sobre todo según iban dictando las circunstancias. Las dos imágenes que más recuerda uno del documental son de Coppola sin camiseta corriendo de un lado a otro con un nuevo folio del guion, y de Coppola sin camiseta abatido sentado junto a una palmera. Esto es lo que se desprende de este rodaje: la figura de un genio que venía de hacer tres obras maestras entre 1972 y 1974 y que la cuarta, que por supuesto también lo fue, escapaba a su control un poco más cada minuto que pasaba.

La particularidad de Corazones en tinieblas es que estamos ante hora y media de ver cómo una desgracia tras otra supone un golpe continuo a la línea de flotación de la película. Y se salía adelante. Y llegaba otro. Y se salía adelante. La forma de que tiene Coppola de entender las cosas es la siguiente: hay que seguir. Sin esa obcecación, sin esa pasión, Apocalypse now hubiera naufragado en pocos días. Cambios de última hora, actores que se niegan a participar, tifones, guerra… Fue, digamos, bastante completo. Y mientras, en Estados Unidos, al otro lado del mundo, los medios de comunicación no entendían la excesiva duración del rodaje. Y eso, unido al hermetismo que exigía siempre su director, propiciaba titulares del calibre de Apocalypse when? o Apocalypse forever. Cómo es el humor, amigos.

EL REPARTO, EL PRIMER PROBLEMA

De entrada, el papel protagonista que acabó recayendo en Martin Sheen iba a ser para Harvey Keitel. Coppola no tardó en pensar que no estaba dando el nivel que necesitaba de él, por lo que decidieron sustituirle perdiendo diez semanas de trabajo, amén del consiguiente dinero. Si vamos a referirnos a las dificultades que tuvo el bueno de Francis para encontrar actores, difícilmente vamos a encontrar parangón en cualquier otra producción. Al Pacino, Robert Redford, Steve McQueen y Jack Nicholson se negaron a ser Kurtz. Que a Filipinas y con esas exigencias te vas tú, majo, respondieron. Al final, Marlon Brando, que no es poco. Pero claro…

Coppola había conseguido el sí de uno de los mejores intérpretes de todos los tiempos, pero en el pack venía incluida una cabeza que era más bien poco fiable. Se le había requerido a Brando que leyera el libro de Conrad para entender mejor al personaje de Kurtz y sus complejos procederes. Él dijo: claro que sí, Francis. Pero llegó el día de empezar a recibir hojas de guion y no dejaba de hacer preguntas: que por qué van en barco, que por qué estoy en un palacio, que por qué tengo que decir esto. Y claro. El pobre Coppola se quedó de piedra porque su estrella no le había hecho, evidentemente, ni puñetero caso con el libro.

Por otro lado, dado que Brando participaba en menos escenas (y que no era del todo barato) tenía un contrato únicamente de tres semanas. A millón de dólares por semana, y el primer millón por adelantado. El guion, como decía, no iba al ritmo que se esperaba, y se telefoneó a Marlon para decirle que si podía presentarse en el rodaje algo más tarde, que estaban terminando de darle a las teclas para encontrar un cierre a la altura de aquello en lo que se había convertido la película. ¿Adivináis qué dijo? Que de momento no, Francis, pero que no hay problema: contrata a otro, y me quedo con el adelanto. Así pues, y porque esa producción era una máquina de engullir el presupuesto, no hubo otra que rodar el final antes de tiempo para satisfacer las necesidades del tipo que iba a dar más nombre a la película. Una estrella que, por cierto, se presentó con la cabeza rapada y con tanto peso que le daba vergüenza aparecer en escena de esa guisa. De ahí que cada vez que interviene lo haga entre sombras. En cierto sentido es una buena metáfora. Apocalypse Now supuso la última gran aparición de una estrella que nunca pensó que tener la almendra amueblada fuera algo útil del todo. Si te llamas Marlon Brando es más sencillo.

Otro que dio problemas, y no por gusto, fue Martin Sheen. El actor (de padre gallego, hay que decirlo más) inició una especie de viaje introspectivo para conocer qué era lo más oscuro de sí mismo que podría aportar al personaje de Willard. Sus compañeros de rodaje aseguran que esta práctica le estaba afectando visiblemente, y quizá ese fue uno de los motivos del ataque al corazón que casi le descarta de la película y, en realidad, de cualquier otra cosa.

Pero no todo iba a ser malo. Al que ha visto Apocalypse now no le costará identificar al teniente coronel Killgore (Robert Duvall). Su aparición, disfrutando del olor a napalm por la mañana, es magistral y se come la película en esos minutos. Duvall cuenta en entrevistas que, para preparar un personaje tan excéntrico, estuvo documentándose sobre las operaciones más disparatadas que llevaba a cabo la caballería aerotransportada en Vietnam, centrándose en las locuras que se les ocurrían para combatir el aburrimiento. Instalar altavoces en los helicópteros para hacerle la guerra psicológica al enemigo a ritmo de Wagner, o bombardear una playa porque tiene buenas olas y le apetece hacer surf puede parecen disparatado. Pero así eran las cosas. Duvall habla de que estuvo leyendo acerca de cómo en pleno tiroteo un helicóptero redujo altura hasta casi tocar tierra para robar una bicicleta.

EL INFIERNO PARTICULAR DE COPPOLA

Pero volvamos a la realidad. Como se ha citado anteriormente, y por si hasta ahora hubiese poco, se desató un tifón que dejó doscientos muertos, lo que por motivos obvios obligó a detener el rodaje y posteriormente a suspenderlo durante dos meses para poder reparar los decorados. Asegurar la estabilidad del palacio de Kurtz (que había sido levantado por seiscientos obreros) no era ni mucho menos la peor parte. Todo el peso de la producción recaía en Coppola como es lógico, y eso estuvo a punto de salirle muy caro. En principio había pensado encargarle la dirección a su amigo George Lucas, algo que su salud hubiera agradecido enormemente.

Coppola había concebido Apocalypse now como su primera película, pero abandonó la idea al no encontrar financiación: quería que fuera su proyecto, tener él toda la capacidad de decisión, y con financiación externa se hacía inviable. En cualquier caso tampoco encontraba financiación externa. Fue gracias a todo el dinero que amasó con las dos primeras partes de El padrino que pudo retomar su idea. Para el rodaje, había llegado a un acuerdo con Ferdinand Marcos, el presidente (dictador) de Filipinas para que le permitiese utilizar parte del ejército y sus vehículos. El problema es que en esa época el gobierno filipino estaba en guerra contra unos insurgentes comunistas que querían controlar las islas del sur del país, lo que hacía más que posible que necesitasen todo ese equipo. Algo que efectivamente ocurría: había días que se presentaba un oficial y se llevaba cinco helicópteros. O lo que fuera.

Más allá de los contratiempos tangibles, Francis Ford Coppola tenía la sensación constante de que todo estaba saliendo mal, de que la película iba a ser un desastre. De hecho no dejaba de pensar cómo pararlo, pero evidentemente ya no podía: era algo mucho más grande de lo que había concebido y ya no le cabía entre las manos. En Corazones en tinieblas llega a plantear que al menos su muerte sí provocaría la cancelación del rodaje. Su mujer Eleanor cuenta que una vez perdió el conocimiento, que se desplomó, y que al despertar le dijo que se había visto a sí mismo avanzando por un túnel oscuro.

Apocalypse now y en especial su propia auto exigencia llevaron a Coppola a ciertos lugares de su cabeza que no conocía. Hablaba de autopurgación, de epifanía, de renacimiento. Por momentos parece que nos encontremos ante un fantasma que ha perdido el control sobre todo lo que le rodea, incluido sobre sí mismo. Pero Coppola decidió seguir su filosofía de siempre adelante, posiblemente de forma inconsciente y ya sin otra salida. No sabemos si fue eso o la falta de otras opciones lo que le llevó a vencer su batalla particular contra los elementos. Porque adentrarse en las tinieblas de uno mismo también permite la victoria. A veces.

Pablo Núñez Noriega

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Walter Murch tiene la teoría de que la felicidad es dedicarse a lo que te gustaba con diez años, y yo tengo un problema porque en mi caso no recuerdo con exactitud de qué se trataba. Mientras tanto, hablo por la radio y escribo en sitios. No confirmo que fuera lo que me gustaba con diez años pero tampoco lo descarto.