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Ya no es la sala del trono. Ahora será nuestra tumba, la tuya y la mía. ¿De qué te sirve proclamarte rey si el reino ya no existe?

Sheeta, El castillo en el cielo

Con motivo del anuncio oficial el pasado febrero de que Hayao Miyazaki sigue en activo después de dirigir El viento se levanta (2013), continuamos con el especial dedicado al maestro de la animación japonesa. El repaso cronológico de su obra nos lleva hasta El castillo en el cielo (1986). No es el primer ni el último castillo de su filmografía (la semana pasada os hablamos de El castillo de Cagliostro y próximamente de El castillo ambulante), pero sí el primero como parte del Studio Ghibli. De hecho, esta cinta de animación es técnicamente la primera película oficial del estudio. Nausicaä del Valle del Viento (1984), su predecesora, suele catalogarse dentro de Ghibli, ya que sin su éxito no habrían podido sacar adelante El castillo en el cielo. Y porque además, cuando se realizó Nausicaä el equipo técnico principal ya formaba parte del proyecto junto a Miyazaki. Sin embargo, Studio Ghibli como tal no se fundó hasta un año después de su estreno.

El castillo en el cielo es la tercera película dirigida por Hayao Miyazaki, y aunque no goza del reconocimiento que han alcanzado sus trabajos posteriores, sienta algunas de las bases que tan características le son al maestro japonés. En su momento pasó desapercibida, y no es de extrañar teniendo en cuenta que en Estados Unidos no se dobló hasta el año 1999 y solo se distribuyó en copias domésticas a raíz de que El viaje de Chihiro ganase el Oscar a Mejor película de animación en 2002.

Con todo, nos encontramos ante dos horas de animación clásica (no podemos perder de vista que la animación por ordenador iba teniendo cada vez más auge en el momento de su estreno) inspirada en Los viajes de Gulliver, de donde toma el escenario principal de la película: la isla flotante de Lapuntu (Laputa en versión original, nombre modificado en el primer doblaje en español por razones obvias). Miyazaki quería hacer algo diferente, y eso no pasaba por situar la acción en una isla normal y corriente, ni en el mar ni en el espacio, sino en un lugar donde nadie pudiese encontrarla: en mitad del cielo.

El castillo en el cielo tiene como protagonista a Sheeta, la portadora de un colgante mágico capaz de señalar el camino hasta la civilización perdida de Lapuntu. La película comienza con Sheeta a bordo de un enorme zepelín en el que el gobierno la mantiene cautiva para aprovecharse de su tan preciada posesión. Por otro lado, unos bandidos la persiguen por el mismo motivo, y en su afán por escapar, Sheeta acaba cayendo de la nave. La piedra del colgante que lleva al cuello hace que aterrice sin peligro alguno en una zona montañosa donde Pazu, un muchacho huérfano que trabaja en las minas, la recoge. Pazu, que ya conocía las leyendas sobre Lapuntu gracias a su padre, comienza junto a Sheeta la búsqueda de la fortaleza flotante.

Miyazaki vuelve a situar a un personaje femenino en el lugar central, que encarna el liderazgo y la valentía, pero también la inseguridad y responsabilidad que supone cargar con un peso tan grande sobre los hombros (o sobre el cuello, en este caso). Junto a Pazu, representa valores como la inocencia o la amistad. En contraposición, nos encontramos con Muska, un villano ambicioso y sin escrúpulos. Son, a fin de cuentas, personajes trazados “a brocha gorda” pero que cumplen como deben la dicotomía del bien y el mal contada a través de una película pensada para el público infantil. Así, se incluyen también personajes como Dola y su banda, que además de poner el toque de humor a El castillo en el cielo, acaban siendo de lo más entrañables. Y aunque con menos protagonismo, no podemos olvidar a los robots, que se hacen querer como los que más sin necesidad de decir una sola palabra.

El castillo en el cielo es una película de aventuras, con sucesivas secuencias de acción trepidante en la constante persecución de Sheeta y Pazu hasta que llegan a Lapuntu. La aparición de la fortaleza en el cielo se hace de rogar, pero Miyazaki consigue que la espera merezca la pena con creces: nos da un emplazamiento totalmente mágico y fascinante en cada detalle. Ejemplo de ello son la ciudad sumergida en el estanque o, sin ir más lejos, el propio diamante central que hace que la isla flote en el aire.

Pero ¿de dónde viene la inspiración, aparte de la novela de Jonathan Swift? El diseño de la isla toma su referencia de Paronella Park (Queensland, Australia) que también posee un castillo en cuyas visitas nocturnas tocan la misma música que suena en la cinta de Miyazaki cuando Lapuntu aparece por primera vez ante el espectador. Y hay también en El castillo en el cielo una importante presencia de aviación militar y otro tipo de artilugios voladores, así como armamento y uniformes inspirados en modelos alemanes y británicos de la Segunda Guerra Mundial.

Sin ser una película con un trasfondo tan elaborado ni tan metafórico como sus futuros trabajos, el maestro Hayao Miyazaki logra con El castillo en el cielo una aventura amena y disfrutable (que recuerda a otras películas de animación sobre civilizaciones míticas como Atlantis o El Dorado), que transmite siempre un mensaje ecologista y antibelicista y nos deja valiosas reflexiones acerca de lo destructiva que puede llegar a ser para el mundo la soberbia de la raza humana, o lo importantes que son los sentimientos de identidad y pertenencia a nuestro lugar de origen.

Como cierre a la reseña, nos quedamos con las sabias palabras de Sheeta: “Para vivir no es necesario sembrar la muerte. Ni tampoco se necesitan millones de inútiles robots. Pero nadie sobrevive lejos de su tierra”.

Aitziber Polo

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