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“¿Dónde he estado toda mi vida?, que era otra forma de averiguar: ¿Dónde estuviste durante toda mi infancia, Oliver?, que a su vez era otra manera de inquirir: ¿Qué es la vida sin esto?, que era por lo que, al final, fui yo y no él quien dijo no una, sino muchas, muchas veces: Me matarás si paras, me matarás si paras…”

 

En Llámame por tu nombre, André Aciman nos presenta un doble idilio. Por un lado está el idilio entendido como coloquio amoroso, el que componen los protagonistas de la novela y que funciona como motor del relato. Por otro, el idilio como composición poética que recrea de manera idealizada la vida del campo y los amores pastoriles. Este segundo compone el marco incomparable, el onírico escenario donde Elio y Oliver son capaces de dejar de ser ellos mismos para ser el otro.

Ahora que la adaptación cinematográfica conquista y hace añicos los corazones de espectadores de medio mundo, es buen momento para hablar de la novela que dio lugar al fenómeno: la electrizante Llámame por tu nombre, de André Aciman, que Alfaguara ha tenido el acierto de reeditar. Y cuanto antes despejemos las dudas sobre la adaptación, antes podremos avanzar en el análisis literario: el material original es más exhaustivo, más punzante, más hermoso e, inevitablemente, más doloroso que la película de Luca Guadagnino.

Elio es un narrador desesperado e impetuoso, un joven de 17 años capaz de recitar a Dante y transcribir las obras de Haydn, pero ignorante en lo que a su propia pasión se refiere. El conocimiento de los grandes maestros de poco le sirve cuando le llega el turno de sentir en su propia piel la llama del deseo y se apodera de él la mayor de las locuras: la del amor adolescente. Todo lo aprendido hasta entonces, todo lo que creía saber sobre sí mismo, se derrumba con la facilidad de un castillo de naipes. Basta un bañador rojo, el roce de un pie bajo la mesa o una fría despedida para que una grieta se abra a los pies de Elio en su hasta entonces inalterable paraíso italiano.

Porque Llámame por tu nombre es, en última instancia, una radiografía de la pasión y el deseo sexual que se instalan con violencia en el protagonista y lo consumen hasta cegarlo. Elio desea desear y desea ser deseado, quiere rendirse a la persona amada, ser al mismo tiempo utilizado y venerado, no oponer resistencia a ese Oliver que irrumpe en su vida para hacerla volar por los aires con su indiferencia y su sexualidad. Elio se alimenta de sus propios miedos y olvida quién es para someterse al otro, para fundirse con un hombre al que llama por su propio nombre.

La excelencia de Aciman es doble. Por un lado está la honestidad de su lenguaje, que sabe equilibrar las pasiones elevadas con las reflexiones inseguras y terrenales de su protagonista. Por otro, el autor es capaz de llegar a lo universal a través de lo particular: el lector no necesita haber vivido en ese verano italiano para ver su propia experiencia reflejada en las páginas. Es el amor obsesivo, enfermizo y puro de Elio el que mueve el relato, pero también es el mío y el tuyo, o una versión de lo que fuimos una vez en nuestras vidas, hace no tanto tiempo. Somos nosotros recordando algo que en el fondo nunca hemos olvidado.

Llámame por tu nombre inquieta y duele porque despierta en nosotros un recuerdo puede que lejano: el de aquel sentimiento que primero nos acarició con ternura para después abofetearnos con violencia. Es un sentimiento del que uno sale transformado. Se aprende de él, se esfuerza por enterrar a base de nuevas experiencias, se intenta reducir a una nota a pie de página, pero nunca termina de irse, porque forma parte de nosotros.

Hay un lugar reservado en nuestra fragilidad para los amores primerizos. Es parte de nuestra debilidad y también debe serlo de nuestra fortaleza. Somos quienes somos porque vivimos lo que vivimos. Es una terrible enfermedad de la que nunca llegamos a recuperarnos. Es deseo, es sexo, es amor, es inocencia, es entrega, es juventud. Es un verano en Italia; es Elio, es Oliver. Llámalo por su nombre o por el mío, llámalo como quieras, pero no lo olvides nunca.

Alex Merino

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