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Yona, Princesa del Amanecer es una obra de contrastes. Una obra necesaria que nos trae Norma Editorial con una importante premisa. La de cambiar el género Shojo y la forma en la que el mismo —y en gran parte, el manga— observa a las mujeres.

¡Sigue el viaje de Yona y sus compañeros junto a nosotros!

Porque Yona es toda una revelación. El periplo de la princesa no solo supone el re-descubrimiento de la misma sino su evolución y la firme determinación que la eleva y la convierte en mucho más que la hija de un monarca. Así, su obra se propone enmarcar a la chica en un viaje repleto de peligros y aventuras para demostrar la fuerza de la misma.

Nos adentramos una vez más en el reino de Kôka, en una historia de venganza y descubrimiento, a través de nuestra reseña de Yona, Princesa del Amanecer #5. ¿Nos acompañáis?

El anterior tomo de Yona se convertía en el punto principal de su aventura. Aunque la princesa ya había demostrado su determinación y fuerza en tomos anteriores —especialmente cuando se enfrenta a la Tribu del Fuego y corta su peinado en señal de liberación— este cuarto tomo sirve para explorar más ese ímpetu que tiene la chica. Esa fuerza innata que, pese a haber pasado década y media tras los muros de un inexpugnable castillo, le permite sobrevivir en un mundo hostil que, además, busca su cabeza.

Pero Yona #4 no solo nos hablaba de su evolución física. Sino también de la mental, del coraje. Porque incluso esta no se refiere de forma explícita hacia la chica, sino también a aquellos que la rodean. Porque aprovecha sus páginas para reflexionar sobre la relación entre ella y Kija (el Dragón Blanco) y luego toma al Dragón Azul para intentar liberarlo de sus cadenas. Para aceptarlo tal y como es, algo que jamás había podido vivir el chico.

Porque la aparición de Yona es toda una revelación. Catorce años tras la muerte de Ao —quien, a modo de curiosidad, tampoco tenía nombre, solo usaba su sobrenombre (azul en japonés) para identificarse al haber dos Dragones Azules de forma simultánea— el chico encuentra a alguien que no le teme. Y no solo eso, también le acepta y parece sentir algo más que miedo hacia él.

Es una relación recíproca, porque la propia Yona se ve reflejada en los ojos malditos de él. Porque ella también vivió quince años recluida, alejada del mundo. Y por mucho que sus situaciones fuesen totalmente equidistantes, ambos ven parte del otro en sus historias.

«Al lado de esa chica hay un lugar repleto de luz…»

El sentimiento que describe Shin Ah —”luz de luna”, el nombre que la princesa le otorga en referencia a la forma en la que el chico es capaz de encontrar la luz (y representarla) en la oscuridad— es una metáfora, no solo de lo que siente por Yona, sino también de cómo la chica lo libera de sus cadenas y lo lleva con ella. Porque Yona, Princesa del Amanecer #5 se atreve a hablar de algo más allá que la amistad, el sacrificio o la venganza.

Se atreve a realizar un análisis antropológico de las personas, del amor, de porque sentimos. Porque cuando Shin Ah parte el mismo reconoce lo efímero del amor, el no ser capaz de recordar siquiera la cara de su maestro, de su padre, su único compañero. Porque, por muy romántico que resulte el hecho de que el chico conservase su lugar protegiendo a la aldea, no era más que un acto fútil, que lo alejaba del mundo y lo encerraba en su propia cárcel perpetua.

Incluso con esas, la obra nos revela el acto psicológico de llevar las máscaras. No por tradición, como se cuenta en el anterior tomo, sino como acto de reclusión, de redención personal. Y, especialmente en el caso del chico, de miedo y temor hacia uno mismo y el poder hacer daño a los demás. Una profundidad simbólica y en gran parte psicológica que se corresponde con el como la chica cuida de ellos, de sus protectores. Una dualidad, una inversión de roles que juega a favor de sus personajes y logra trazar una curva evolutiva que le ofrece un carácter distintivo a la obra.

Es algo que no solo se trata con los dragones, sino que además se extiende al resto de miembros del grupo. Como si Kusanagi nos quisiese decir que no se ha olvidado de los primeros compañeros de la chica. Algo que vemos en como la princesa reacciona ante su nombre, primero ante la llamada de Shin (quien desconoce por completo el código social) y luego ante la petición de Yoon. Un hecho que no solo refuerza su relación, como ya afirmaba la portada del anterior tomo, sino que también sirve para que él la reconozca como princesa.

Algo que sirve para ahondar en su persona, en su título. Porque cuando Hak le pide realizar el mismo gesto ella se niega y le pide que siga llamándole princesa. Porque necesita que alguien la recuerde, que alguien recuerde quién es realmente Yona y quien fue Il, pese a que ella misma se aleje del camino que su padre buscaba. Un camino que, siguiendo con la evolución de los personajes, la chica empieza a descubrir, al ver que la utopía con la que su padre soñaba no siempre brillaba al amparo de todos sus habitantes.

Y es que el mundo de Yona dista mucho de ser el escenario de un Shojo al uso. La propia Mizuho Kusanagi nos ha mostrado ya antes la realidad de un mundo roto y bélico, que favorece a los más ricos y hace flaco favor a aquellos que no puedan pagar por su vida. Un punto que realza en este quinto tomo introduciendo al Dragón Verde como una persona justiciera —además de mostrarse mucho más maduro e inteligente que los anteriores— que intenta luchar contra el esclavismo, algo que no se había mencionado hasta el momento.

Pero es un punto que consigue trascender de los más puramente ético y moral para aplicarse sobre su misma persona, con la idea de rechazar el legado de los dragones y su lealtad hacia Hiryu, hacia su destino impuesto.

En el apartado técnico, Yona, Princesa del Amanecer #5 se caracteriza por seguir el indudable estilo con el que Kusanagi nos ha acompañado hasta el momento. Sin embargo, se entrevé un deje triste en sus líneas. Y es que en términos generales hablamos de un tomo con unos tintes más oscuros de los que nos tiene acostumbrados la autora hasta ahora.

Yona, Princesa del Amanecer #5 se centra en gran parte en mostrarnos la oscura realidad de su mundo. Aquello que se oculta a los ojos del palacio. La corrupción, el hambre, la injusticia. Así su trazado adquiere un tono más serio, como si la mano que lo empuñase fuese más firme. Aparecen expresiones de dolor, ojos perdidos en el vacío de quien se enfrenta a una realidad que le supera.

Con todo, la autora no se desmarca de su estilo y, por frío y duro que se torne su trazado, sigue teniendo una accesibilidad visual que no consigue conectar del todo con el drama, pese a que dentro de sus propios límites consiga enmarcarlo. Es algo que, además, se pierde al verse en la aparente obligación de compensar esas escenas con otras más cálidas, incluso jocosas, que rompen de forma brusca con la palidez anterior.

Pero incluso así es un buen punto, porque demuestra como Kusanagi evoluciona junto a sus personajes. El como no solo Yona sigue descubriéndose, también lo hace su propia autora. Y no hay mejor forma de enlazar con el lector, de hacerle sentir y desear saber cómo continúa la espinosa travesía de la chica en su empresa por recuperar el trono usurpado.

Aunque Yona, Princesa del Amanecer #5 no viene acompañado de un regalo, como las anteriores entregas (y, siendo sinceros, a estas alturas no es necesario acompañar a la obra de nada para lograr su fidelización, es algo que obtiene por méritos propios) se convierte en el primer tomo en contar con un cofre contenedor, donde podremos almacenar los primeros cinco tomos de la colección. El mismo se encuentra representado por la portada de su tercer tomo y otra cara protagonizada por la princesa y Hak.

Su portada sigue con el juego de su tercer y cuarto tomo, esta vez siendo Yona y Kija los encargados de ponerle color e imagen. Los paralelismos son claros. Igual que en el tomo anterior nos encontramos con un fondo representado con motivos florales mientras que el verdadero protagonismo viene de manos del Dragón Blanco y la chica.

Una imagen, de nuevo, que juega con el contraste y la relación dual que se presenta entre la chica y sus guardianes porque, mientras que él la cubre con su brazo de bestia, ella pone sus manos sobre el mismo. Representando, primero, la aceptación de la chica sobre los poderes de sus compañeros y, segundo, lo recíproco de su relación al ser ella quien cuida de sus guardianes tanto como ellos hacen lo propio con Yona. Una metáfora realmente interesante que parece ser ya una constante —muy trabajada y simbólica, valga decir— en el trabajo de Kusanagi.

Por último, encontramos de nuevo con una portada rústica con sobrecubierta clásica en un formato de 11,5 x 17,5cm y un total de 192 páginas divididas en un total de seis capítulos. A modo de curiosidad, en este podemos encontrar el capítulo 24, “Luz”, representado por la imagen de Hak que venía en el posavasos de su anterior entrega y el capítulo 29, “Azares del Destino” que se enmarca con una ilustración de Kija muy similar a la de su portada. De igual forma que en su anterior publicación. El volumen está perfectamente localizado a nuestro idioma cortesía de Sandra Nogués (BRKDoll Studio).

Óscar Martínez

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