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reseña de Paredes que nos separan #1
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BIBLIOTECA: PAREDES QUE NOS SEPARAN #1

El amor es un fruto inagotable de inspiración. De sus hojas brotan miles y miles de obras, sin importar formato o imaginativa tras las mismas. Rechazo, ilusión, comedia… el amor tiene tantas formas que resulta difícil contarlas. Un sentimiento tan abstracto como imperecedero que mueve los engranajes del mundo y a nosotros mismos.

De este mismo torbellino emocional nace la nueva licencia de Norma Editorial. Paredes que nos separan es una obra de Haru Tsukishima que habla, sin ningún tipo de misterio, sobre cómo es el amor en sus primeros destellos. De ese sentimiento incorpóreo que crece dentro de nosotros y nos acoge, en su cálido abrazo, cuando sentimos a esa persona cerca. Una obra que refleja la fuerza, aunque también la inocencia, de estos primeros brotes del sentido del amar.

Reseña de Paredes que nos separan #1


Tsukushima no es una autora novel en su medio. Obras como Nakanmon!, Like, Dislike, Like o Rabu Kare avalan el trabajo de un autora que, hasta ahora, ha conseguido especializarse en un factor muy específico dentro del panorama manga. El romance juvenil, de tono suavizado y remarcada ternura se ha convertido en una constante en las breves obras de la autora, que consigue dar un salto hacia su propio futuro con esta Paredes que nos separan, una obra que supera la barrera de la brevedad que la ataba y que llegará en un total de siete volúmenes recopilatorios.

Hoy hablamos de su primera entrega. Una que, ya en su propio diseño, nos muestra un estilo desenfadado y de un remarcado sentimiento shojo. Y es que, sin pretensiones de encadenar a la autora a una demografía concreta, el arte de Tsukushima abraza el más estricto concepto del romance juvenil femenino tal y como lo establecen en tierras japonesas.

Sus páginas guardan, de nuevo, ese sentimiento de calidez y ternura que guarda consigo los atisbos del primer amor. De la duda de la correspondencia. Esa pequeña llama que nace en lo más interno de nuestro corazón y late a través de todo nuestro cuerpo cuando desenmascaramos un sentimiento tan ajeno como extraño a primera vista. Una etapa de descubrimiento y reflexión. No solo de descubrir el mundo que nos rodea, sino de hacer lo propio con nosotros mismos, en una aventura interminable que da sus primeros pasos ante los brotes del primer amor.

Así lo supone la autora para Makoto. Una joven ajena al sentir. Ajena al mundo que se esconde tras el despertar de las emociones más intensas. La chica sirve del más clásico prototipo de la serialización romántica japonesa, distraída, como si el mundo no fuese con ella y el amor no fuese más que un término impuesto por la sociedad; algo que no es necesario en su pequeño mundo. Al otro lado, Reita, su mejor amigo de la infancia, supone el inverso a la chica. Un joven apasionado y dispuesto a comerse el mundo, que goza de esa frágil autoestima que brinda la etapa escolar a quienes juegan con la fama dentro de sus muros.

Ambos estereotipos clásicos, de nuevo, que chocan contra la realidad en un leve giro argumental que se supone las tantas de las veces como la columna vertebral de una obra que se mueve sobre zona segura pero que no se niega el capricho de trastear levemente con su narrativa cuando lo cree conveniente para ofrecer una imagen que mezcla el factor más humano con el romanticismo más propio de su género.

La tensión emocional se palpa desde el primer momento en un slice of life que se centra, de nuevo, en la relación entre dos amigos de la infancia. En un muro invisible que se entiende como su propio sentimiento de amistad. En poco más de veintiséis centímetros que separan las vidas de Makoto y Reita, así como sus corazones. Sin embargo, son esos pequeños trasfondos los que obvian la distancia y su clasicismo para abrazar cierta inconformidad romántica que da pie al fragor de la obra.

En el caso de Makoto, el origen del conflicto es el divorcio de sus padres. Como también relata Kanojo ni Naru Hi, la chica teme convertirse en la imagen de su padre. Ve las relaciones como algo vacuo, sin sentido. El simple hecho de atarse a una persona hasta que el destino rompa dichas cadenas. Una visión triste, que la aleja del espectro romántico que se entiende en sus líneas y sirve de roce emocional contra la intensidad de un Reita que busca entregarse al amor.

Un amor que no le corresponde. Porque no importa tu estatus, ni tu imagen. No importa nada cuando, en esos primeros indicios del amor, la persona a la que buscas no te corresponde. El conflicto del chico es el propio amor en sí. El hecho de amar a Makoto sin que ella sea capaz de entenderlo, de verlo siquiera. Una negación que no encuentra en el exterior, solo en los ojos de su amada.

Un conflicto donde reside toda la fuerza de la obra y que, sin alardes de magnificencia, resalta la forma emocional de ambos protagonistas, trazando una serie de situaciones que se mueven desde los puntos más cómicos a los más intensos, dejando tras de sí toda una retahíla de momentos anecdóticos que la dotan de cierto sentimiento orgánico que le dan cierto valor a su forma de introducirse en el formato más clásico del género.

A ello se suma la pluma de Tsukishima. Y es que la autora traza sus líneas con sumo cuidado sobre el papel, como si quisiera remarcar la ternura que esconden sus páginas. Su dibujo es siempre simple y delicado; de trazo fino y escenas especialmente limpias, que juegan a favor de ese factor orgánico y de la capacidad para mostrar los sentimientos de sus protagonistas bajo una composición de viñetas que acompaña en cada momento, como si de su propia poesía se tratase. Una obra que no atenta contra los tropos que atenazan al género, pero que consigue dominarlos y, bajo esa simpleza, dibuja todo un lienzo de ternura que resulta difícil ignorar.

Cómo es la edición de Paredes que nos separan #1


Norma Editorial ha respetado al máximo el diseño original de la obra de Haru Tsukushima. Una que hace gala de su simpleza, con un prístino fondo blanco adornado solo por la presencia de Reita en esa postura de “galán” que tanto gustan autores y autoras japonesas de incluir en la narrativa de carácter romántico.

Donde destaca, especialmente además, es en el diseño que propone la autora sobre las cubiertas del manga. Unas que juegan con la metáfora más simple —pero también efectiva— del formato de la obra para colocar a cada uno de sus protagonistas en cada una de las tapas, bordando así el título de la obra. Paredes que nos separan.

Por otro lado, nos encontramos ante una portada rústica con sobrecubierta clásica como presentación en un formato de 11,5 x 17,5 cm y un total de 188 páginas en blanco y negro. Un trabajo avalado por la calidad de Agnès Pérez para NAGAREBOSHI, que se encarga de la traducción de la obra.

Óscar Martínez

Banner inferior Norma Editorial julio 2019 2 - El Palomitrón

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.