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RESEÑA DE YONA, PRINCESA DEL AMANCER #25

Mizuho Kusanagi ha evolucionado mucho a lo largo de su obra. Norma Editorial ha editado ya más de once tomos de la misma. Los cuales hemos leído y analizado hasta ahora, embarcandonos en la aventura de Yona y compañía. Descubriendo sus miedos y temores. Pero también sus sueños.

¡Sigue el viaje de Yona y sus compañeros junto a nosotros!

Mucho ha cambiado ya aquella pequeña princesa que vivía el exilio y el asesinato de su padre como el fin del mundo que la cubría. Pero también ha cambiado mucho para la mano que se encarga de mover los hilos. No solo es que Kusanagi haya logrado una notable mejora en la dirección de su arte —logrando ofrecer una nueva profundidad a ese estilo shojo que ya perfilaba en otras obras como Yoiko no Kokoroe o NG Life — sino que además consigue diseñar nuevos movimientos narrativos que hacen de Yona, Princesa del Amanecer una obra completamente única.

Reseña de Yona, Princesa del Amanecer #25


Se ha hablado mucho de Yona. En sus reseñas, sobretodo, pero también más allá de ello. Sobre el papel de la figura femenina que representa, no solo la princesa en la obra, sino también la propia autora al dedicarle dicho protagonismo. Se ha hablado también de ella, de Kusanagi y su maestría más allá del papel, de como consigue dotar de semejante poder a sus personajes. Pero, entre todas estas recursividades, también se ha hablado mucho de otro papel, uno intrínseco y que se ve compartido, en esencia, junto al que ostenta Soo-Won, al otro lado de la balanza pero siempre con la mirada puesta en la misma dirección.

La imagen de Yona como princesa —como monarca y guía del Reino de Kôka— es una que si bien se encuentra impresa en cada página, se ve diluida en las confrontaciones y escenas que nos ofrece la obra. Ella es, por derecho, no solo consanguíneo sino también divino, la persona que debería sentarse en el trono. Pero la imposición del destino y la traición la arrojan al viaje que, de una forma u otra parece también convertirse en parte de su aprendizaje como monarca. Es, sin embargo, el momento en que ambos extremos se chocan entre sí, cuando este papel cobra una importancia mucho más relevante.

«Ahora entiendo porque el tío Yoo-Ho no podía ser rey».

Las palabras de Yona suponen un cambio drástico que, si bien se había aparecido a lo largo de toda la obra, caen con un peso incalculable incluso tras asegurar que, por algún motivo, confía en Soo-Won. Por una vez la obra olvida la dicotomía y separa, con un enorme muro entre ellos, el camino del rey y la princesa exiliada. Las declaraciones de Yona no solo son la base del camino hacia la paz, el suyo propio, sino el detonante dirigido a Soo-Won. Un demostrativo que, si bien se había arrastrado a lo largo de 24 volúmenes, todavía no había calado en él.

Sin necesidad de los cuatro dragones. Sin necesidad de la bestia del trueno. Ella; ella sola consigue el tratado de paz. Es ella quien moviliza a todo uno de los clanes a través de un movimiento táctico que paraliza parte de las fuerzas del reino. Es ella quien, no a través de la fuerza, sino de la diplomacia y la tenacidad, consigue parar el baño de sangre. Si el anterior volumen rebosaba de una fuerza increíble al llevar a Yona de vuelta a su lugar natal, es este el momento en que los últimos puntos que quedaban por unirse chocan entre ellos y estallan en una imposición que muestra un cambio fuera de control. Una imposición ante la que el propio rey se encuentra desvalido y superado.

Una escena breve, a la que Kusanagi no pretende aferrarse, sino que destila todo su potencial en las primeras páginas y da por finalizado el momento. Como un disparo al aire, una simple forma de demostrar cuánto ha cambiado y de cuánto es capaz de la princesa. Porque si su avatar es capaz de ello, la autora no es capaz de menos y cuando nos transporta de nuevo a Xin, el factor bélico se cambia la posición con ese trasfondo sociopolítico con tintes humanos a los que la autora gusta hacer referencia que, ahora, además, se ven atravesados por los tejemanejes religiosos a través de lo que se intuye como una breve pero lacerante crítica al desmesurado poder que ejerce la fe ante aquellos que la siguen y la dejan guiar.

Y es que si la autora tiene esa importante habilidad de moverse entre volúmenes con un único y potente tema y otros donde los matices se entremezclan y dan paso a una maravillosa mezcla, este es uno de los más sonoros en lo que al segundo tema respecta. No solo volvemos a la dicotomía del reinado a través de Korren y Tao —algo muy extendido en los últimos volúmenes— sino que también nos adentramos en los recuerdos de la primera con escenas tan reconocibles como ese acto de empoderamiento femenino en el que la princesa se corta el pelo en clara referencia al segundo volumen de la serie. Más allá de ello, y sin necesidad de alejarnos del mismo imaginario, también vivimos la catarsis romántica —destilada del cariño y la lealtad— de la misma y Neguro, que pierde la vida de pie, como símbolo de la fortaleza de su sentimiento y todo lo que ello representa.

«Hubo una vez una chica caminando con una cabeza en sus manos…»

El sacrificio de Hak también vuelve a estar presente en la obra, al ceder su puesto, ahora de forma oficial, a Tae-Woo, como una señal de despedida y recordatorio de que su viaje aún no ha tocado su fin. Quizás nunca lo haga. Pero mientras tanto los cuatro dragones hacen lo propio, liberados de su encierro y desatando su poder en busca de la princesa, mientras que Mizari sirve de mismo reflejo —compartiendo, me atrevería a decir, parte de este sentimiento espejo con Shin-Ah—, en una busca desesperada por encontrar a Korren. La única persona capaz de rescatarlo de sus demonios internos.

Demonios que, al igual que el dragón azul antes de la guía maternal de Yona (salvando las distancias lógicas, por supuesto), le llevan al descontrol y provocan, en gran parte, el ataque a Yokata en base al miedo de quienes se vieron atacados por la demencia de su compañero. Un ataque que enmascaran bajo la idea de la fe, empoderando a la princesa Tao como una suerte de profeta, aprovechando el miedo y la confusión para extender sus falacias sobre los desamparados y llevando, todo esto, a la entrada en acción de Tae-Woo.

Y es que si Yona, Princesa del Amanecer #25 tuviese un símil sería el de un huracán. Una entrega que da la vuelta a muchos de sus puntos más importantes y vuelve a reforzar la idea del cambio que ya mostraba en su anterior entrega. A falta de saber que puede venir tras los sucesos actuales, todo parece apuntar que tanto Yona como la obra en sí han alcanzado un punto álgido donde cualquier escena, por simple que sea, no consigue pasar desapercibida.

Cómo es la edición de Yona, Princesa del Amanecer #25


Si podemos definir el contenido de este último volumen como un huracán narrativo, lo cierto es que el diseño que acompaña a su edición no queda muy lejos de estas afirmaciones. Y es que si en lo técnico no encontramos detalles a destacar más allá de los datos que os podemos ofrecer siempre, lo cierto es que Kusanagi despunta, una vez más, a través del juego narrativo que emplea en su puesta en escena.

Poco hay que decir, por lo que Yona, Princesa del Amanecer #25 lo dice todo por sí sola y, pienso, es la mayor intención de su apartado visual en este sentido. Resulta obvia la referencia al tercer volumen de la obra, en la que rey y reina se amenazaban mutuamente en la portada. Ahora, sin embargo, coexisten. Espalda contra espalda y, como la propia Yona reconoce varias veces a lo largo del volumen, parecen confiar el uno en el otro y, aunque por caminos separados, saben que su trabajo garantiza la seguridad del reino. Una dicotomía que se vuelve a hacer presente, veintidós tomos después, para mostrar que todo ha cambiado mucho más de lo que puede llegar a parecer.

Por último, en los aspectos más técnicos, nos encontramos de nuevo con una portada rústica con sobrecubierta clásica en un formato de 11,5 x 17,5cm y un total de 192 páginas, en ambos volúmenes, divididas en un total de seis capítulos; de igual forma que en sus anteriores publicaciones. Añadir que, como en cada entrega, el volumen está perfectamente localizado a nuestro idioma, además de contar (de nuevo, pero no por ello menos destacable) con una excelente puesta en escena para con los términos que introduce Algira en la obra con sus compañeros gatunos, cortesía de Sandra Nogués.

Óscar Martínez

Banner Norma Editorial marzo 2020 - El Palomitrón

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.