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Nicolás Giacobone (Buenos Aires, 1975) ha publicado su primera novela, El cuaderno tachado, pero es posible que hayas escuchado sus palabras anteriormente de boca de actores como Javier Bardem, Michael Keaton o Emma Stone. Porque Giacobone es también guionista. Corregimos: guionista oscarizado. El libreto de Birdman (Alejandro G. Iñárritu) lo llevó a subir al escenario del Dolby Theatre hace tres años, pero aquella proeza no ha variado un ápice su particular cruzada para exponer el reverso oscuro del arte. El cuaderno tachado cuenta la historia de Pablo, un guionista que es secuestrado por el más importante director de cine latinoamericano para que escriba una película capaz de cambiar la historia del cine mundial.

 

Nos hemos reído muchísimo con la novela.

 

Nicolás Giacobone: Me alegro.

Y también hemos sufrido muchísimo.

 

N. G.: (risas) Me alegro aún más.

El secuestro adquiere un sentido totalmente diferente cuando el secuestrado es un escritor. ¿Podríamos hablar de una especie de secuestro voluntario?

N. G.: Creo que sí, que la contradicción en el protagonista de la novela es que él sufre el secuestro y el abuso, pero al mismo tiempo lo celebra de una manera muy extraña. De algún modo sabe que sin ese abuso él no sería nadie. Está atrapado en esa contradicción.

Hay una frase que Flannery O’Connor dice en una de sus relatos: “Habría sido una buena mujer si hubiera tenido a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida”. ¿Es Pablo, el protagonista de la novela, un buen guionista porque, de hecho, tiene a alguien que le dispare a cada minuto de su vida?

N. G.: Probablemente. Hay algo en el riesgo y el miedo, que siempre te hacen mejor. La comodidad extrema, en mi opinión, te vuelve estéril creativamente. Personalmente trato de elegir temas que me sitúen en un lugar de riesgo. Solo así se me revelan cosas de mí mismo que quizá desconocía que existieran. Pero no tengo a nadie que me esté por disparar cuando escribo.

¿Ni siquiera Iñárritu?

 

N. G.: (Risas) Nunca me apuntó con un arma Alejandro hasta ahora.

¿Hay algo del director de El renacido en Salvador Salvatierra, el egocéntrico personaje que secuestra a Pablo en la novela para explotarlo?

N. G.: Santiago no está basado en Alejandro ni en Armando [Bo], los dos directores con los que he colaborado. Mi trabajo con Alejandro me hizo darme cuenta de lo difícil que es intentar hacer una obra que tiene por objetivo cambiar la historia del cine. Te guste más o menos su trabajo, él intenta siempre algo importante para él y para el cine. Y la verdad, es aterrador verlo. Comprobar cuánto requiere del ego de uno, de la locura, de la energía. Es algo que he leído en biografías de maestros como Fellini o Tarkovsky… Santiago surge de esa idea de locura a partir de querer hacer algo tan grande y complejo, que obviamente luego yo lo llevo a una exageración, un lugar demencial.

Mencionas a Fellini y Tarkovsky, pero en El cuaderno tachado las referencias se multiplican: Los Beatles, Borges, Beckett, Joyce, Peter Shaffer… son algunos de los ídolos del protagonista. No sabemos si es mucho afirmar que también son los tuyos.

N. G.: Son autores que admiro enormemente, pero para mí era importante que esos referentes surgieran desde el personaje. Mi editor me ayudó mucho a discernir lo que pertenece al personaje y eliminar todo lo que sea yo, Nicolás, queriendo opinar. Me parece que esa es la idea. Cuando habla de los Beatles creo que tiene algo que ver con su incapacidad de escribir o su forma de ver la escritura o la colaboración… y lo mismo con Beckett, en especial Malone muere y su comparación con Joyce. Siempre hay algo que se refiere a lo que le está pasando a él, que no es solamente opinar.

Precisamente sobre Los Beatles dices algo muy interesante en la novela. Representan, dices, el espíritu lúdico, la alegría casi infantil, mientras que otras bandas como Pink Floyd representan la adultez y la experimentación con la forma. ¿Cuál te representa mejor como artista?

N. G.: Trato de ser un Beatle pero tengo momentos pinkfloydianos. Admiro mucho más a los Beatles, que hasta el final de su carrera mantuvieron su filosofía del juego, la idea de ponerse en situaciones incómodas, de retarse, de divertirse desde un lugar perverso. Creo que los Beatles funcionaban desde ahí, y lo hacían con inocencia. Tomaban decisiones muy particulares en dirección al arte con el fin de sorprenderse entre ellos, lo cual me parece fascinante, y me cuesta verlo en otros artistas. Hay una historia que siempre me gustó: John Lennon iba caminando por la calle y un profesor de escuela lo paró y le dijo que estaban analizando sus letras en el colegio. Entonces Lennon se marchó corriendo a casa y escribió de una sentada la letra de I Am the Walrus, ¡que es totalmente incomprensible! La escribió simplemente para que nadie pudiera analizarla en su vida. Es una de las mejores canciones de la historia de la música y surgió a raíz de una reacción infantil.

El arte ocupa un lugar central en la mayoría de tus obras. En El cuaderno tachado cuentas la vida de un guionista secuestrado. En Birdman nos trasladaste al backstage de los actores. En El último Elvis la música ocupaba un lugar central en la historia. En el último cortometraje que has escrito, Desde el principio, los protagonistas son actores de doblaje…

N. G.: En Biutiful estaba el contrabando de carteras, también hay algo artístico en eso (risas). Sí, es el mundo en el que vivo. Realmente la literatura es el arte que me movilizó antes que nada, lo primero que elijo cuando quiero consumir arte. He intentado escribir un montón de cosas que no tienen que ver necesariamente conmigo. Un montón de obras que no he terminado, o he quemado o he destruido.

O tachado.

 

N. G.: O tachado, efectivamente. A veces elegir lo que le pertenece a uno, que no surge de la investigación sino de algo cercano, puede resultar más humano. Al menos en mi caso, creo que me funciona mejor contar historias de artistas que si hablo, qué sé yo, de un contador.

¿Dices que la literatura fue tu primera opción y más tarde te decantaste por el guion?

N. G.: Yo nunca dejé de dedicarme a la literatura. Es lo primero que hago cuando me levanto por la mañana, esté donde esté. Incluso de vacaciones, aunque esté en el Caribe, me tomo dos o tres horas diarias para escribir. El día en el que no escribo es un día desperdiciado. Es algo que disfruto y sufro a su manera. Digo sufrir porque siempre hay momentos de exposición de la propia mediocridad, pero es una necesidad. A diferencia de Pablo, el protagonista, que intentó ser novelista y no se daba cuenta de su propia limitación. De ahí la comparación con Salieri, que no quería ver su propia mediocridad, que la negaba por todo aquello que había sacrificado para desarrollar su arte. Pablo se da cuenta antes y descubre que el guion se ajusta mejor a él, ya que no requiere un estilo, no hay arte en el uso de la palabra en un guion. Hay arte en la concepción de los personajes, las escenas, el dialogo… entonces deja de escribir, no como yo.

Y, sin embargo, cuando peor está, la literatura acude a su rescate. Y le llega, además, con un estilo muy particular que combina la austeridad del lenguaje cinematográfico con el monólogo interior.

N. G.: Pablo escribe como yo muchas veces. Me gusta trabajar oración por oración. Pienso que cuando empiezo a abusar del punto y seguido, mi mente arroja muchas frases innecesarias. Y soy muy obsesivo con eso: quitar todo aquello que no mueve hacia adelante la historia. También quería conseguir esa sensación de torrente, de que uno lea y sienta que cada oración va surgiendo en ese momento, que no es algo planificado.

Planteemos un ejercicio de imaginación: ¿Cómo podría adaptarse esta novela, que es una divagación casi constante del protagonista, a las reglas del cine?

N. G.: Habría que repensarlo mucho. La novela va toda por dentro y el cine va todo para fuera. La primera persona en el cine no existe. Alguno dirá que sí, pero yo no lo creo. Está la voz en off, claro, pero es un recurso muy molesto en la mayoría de ocasiones. Barato.

Siempre puedes darle una vuelta de tuerca, como Charlie Kaufman.

N. G.: Kaufman se está burlando de la voz en off de Adaptation (El ladrón de orquídeas), que es fenomenal. Hay grandes voces en off, pero a mí no me seduce. Más bien me molesta.

En la novela hablas de un doble encierro: el mental del escritor, que vive en su propio universo de ideas, y el físico, que es el sótano donde está secuestrado. ¿El escritor debe vivir necesariamente aislado?

N. G.: Sí. Yo creo que sí. El escritor es el único artista que piensa que ir a la cárcel no está tan mal. Es muy extraño. Cuando vivía en los Estados Unidos y tenía que viajar a Los Ángeles para un proyecto, pedía que la habitación no tuviera ventana al mar. Es algo necesario. Me pasa lo mismo cuando leo. Cuando uno abre un libro, no está en el cuarto, está en muchos lados: en una cabeza, en lugares… Escribir es un poco lo mismo. No importa el entorno. Incluso te diría que el peligro más grande es la posibilidad de hacer otra cosa. Charlie Kaufman lo hace muy bien en Adaptation (El ladrón de orquídeas) cuando está intentando escribir, y dice: “Bueno, me voy a tomar un muffin con un café”. Todo el tiempo estás buscando cosas que no sean escribir. Pretextos.

¿El ego es parte fundamental del artista?

 

N. G.: Los artistas son puro ego. Es más importante el ego que la salud, que todo.

¿Es una traba o un mal necesario?

 

N. G.: Es una herramienta indispensable. Supone una tortura, porque te lleva a distintos lugares, desde creerte que tu obra es lo mejor que se ha hecho en la historia hasta sentir que no vales ni un centavo. Pero necesitas esos dos opuestos. El arte es imprescindible para el mundo, pero al mismo tiempo vivimos en una época sobrecargada de todo. Sentarte a hacer algo, tener la voluntad de arrojarle tu arte por la cabeza al mundo depende de un ego extremo. Si no, no hay manera.

¿Un escritor deja de trabajar en algún momento o está constantemente trabajando en su mente?

N. G.: No, deja de trabajar. Al menos en mi caso. Creo que a veces no estar pensando en tu trabajo te ayuda a que, cuando piensas, las ideas te sorprendan más. Me ha pasado mucho estar trabado y decir: bueno, me voy a ver un partido de la liga española, o de baloncesto, o caminar, y a veces en ese mismo acto te vienen soluciones. No hay una táctica, es simplemente saber dejarlo de lado un rato.

Y una vez terminada la obra, llega el momento de presentarla al público. ¿Cómo vives ese momento? ¿Te produce angustia la exposición?

N. G.: No. Me parece que uno no está en el poder de manipular a nadie, la gente es libre de tomar las cosas como quiere: críticos, publico… Ya está, la obra es esto, no hay más que uno pueda hacer. Que la lean y que opinen lo que quieran.

Pero que la lean.

 

N. G.: Que la lean si quieren. Que no la lean si no quieren. Pero que la lean. Sí, mejor que la lean.

Nosotros la hemos leído y, desde luego, no podemos estar más satisfechos con el resultado. ¡Sin duda es todo un gustazo poder entrevistar a profesionales como Nicolás Giacobone!

Alex Merino

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