El Palomitrón

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Crítica de Assassin's Pride
ANIME / MANGA CRÍTICAS REDACTORES

ASSASSIN’S PRIDE: CADENAS DE LUZ Y SOMBRA

Vivimos rodeados de convicciones. Ataduras constantes que rigen nuestras vidas y nos empujan, si no obligan, a adaptarnos a las leyes que se aplican sobre las mismas. Ya sea por nuestro género, nuestro color de piel o incluso nuestra posición social. La idea siempre ha estado ahí. No es tanto el quién quieres ser, sino el que debes ser. Una imposición que, si bien se ha difuminando con el abrazo de la libertad individual, se sigue respirando en nuestro día a día.

Miradas que lo dicen todo, reprimendas que se ajustan a valores de juicio tan subjetivos como resulta la forma de pensar de cada persona. La sociedad, el conjunto de personas, es la encargada de imponer una serie de códigos que juzgamos con dureza y mantenemos como una suerte de frágil protección que evita nuestro propio avance. Las convicciones no son más que simples ataduras. Fragmentos de odio, de envidia y miedo que nos impiden reaccionar a un impulso tan básico como el ser nosotros mismos.

La doble cara de la fantasía

Melida es la chica inútil. Siempre lo será. No importa cuanto pase, no importa cuanto demuestre. Esa es su posición. Un frío lugar, apartado y oscuro, al que la sociedad arroja a aquellos que no cumplen sus expectativas. Un lugar al que, aunque cueste reconocerlo, nosotros mismos nos recluimos, sintiendo que es una imposición correcta por no cumplir con lo estipulado. Porque, aunque Assassin’s Pride se erige como la respuesta de esta temporada a la necesidad de ocupar esa posición de la parrilla que se identifica con el shonen fantástico de turno, sus líneas hablan de algo más que ello.

Flandor, el mundo que Key Amagi ha diseñado para su obra, es la primera muestra de ello. Una suerte de lámpara gigante que ampara a sus habitantes de la oscuridad reinante, haciendo uso de ello para establecer un sistema político y social donde los más pobres no tienen más opción que sobrevivir entre las sombras, soñando con poder alcanzar la luz que ilumina la ciudad, con suerte, algún día. Una obra de contrastes especialmente notables, de luces y sombras constantes, que no parte de pretensiones ni esconde sus artimañas a la hora de realizar su ligera crítica social, sino que la esgrime sin miedo, denotando su simple gusto por tejer la historia que el autor busca.

Una en la que, de nuevo, se encuentra repleta de sombras. Y es así como enmarca a Melida, su principal protagonista, como «la chica inútil». Incapaz de hacer despertar su mana (clásica y recursiva fuerza mágica que, en este universo, solo puede ser utilizada por la nobleza), la chica es relegada y marginada. Su honor pisoteado, sus esfuerzos olvidados y su vida puesta en juego. Porque el orgullo del asesino del que hace gala la obra no es más que la representación de la dicotomía que supone Kufa: enviado como tutor y asesino de una chica que no encaja en la posición que se le ha otorgado como sucesora de la casa Angel.

Una obra, insisto, con una pretensión muy simple y que no puedo concebir sin conectar con I Am Setsuna. Con la idea de que es la propia historia la encargada de redimir a la sombra y empoderar a la luz. Pero, en ambos casos, nunca se consigue discernir del todo cual es la posición de cada uno.

Tras las cadenas de la convicción

Y es que Assassin’s Pride gusta con jugar con ello. Con la idea del ser o no ser. Las cartas se presentan con su propia obertura. Kufa es un asesino, Melida una inútil, Elise la chica prodigio que sirve de contrapeso en la historia, Nerva la sometedora, Rosetti la esperanzadora y dulce chica con un pasado trágico. Es, desde el principio, una escenografía clásica y completamente cerrada, donde todos sus actores y actrices cuentan con sus propios e inamovibles papeles. Pero, y sin embargo, todos se rebelan contra los mismos.

Melida es el ejemplo más notable de ello. Su fuerza no solo es envidiable. También es contagiosa. No importa cuantos golpes reciba, siempre vuelve a levantarse, a volver a intentarlo. Es la luz más brillante de todo Flandor por mucho que quede revelada a un segundo plano. Porque sus acciones siempre quedan ocultas por las sombras de la obra. Y, sin embargo, es ella quien despierta el cariño y la protección de Kufa. Es ella quien cambia el transcurso de la historia y consigue que la obra tome un cálido tono de autosuperación y esfuerzo personal.

Pero va mucho más allá de ello. Porque Kufa también cuenta con su propio trasfondo, rompiendo así con la imagen del asesino y alejándolo constantemente del canon de personaje que asociamos con el género. Su relación va más allá de los intereses románticos y se sustenta por el más puro reflejo. Por la necesidad de reinventarse y romper con las cadenas que nos atan y obligan a ser un mero objeto de lo que la sociedad enmarca en nuestras carnes.

Elise es una chica prodigio. No solo es portadora de la clase Paladin, sino que, además, no tiene rival en batalla. Pero ella no quiere sentirse así. No quiere ser la primera. No quiere ostentar la responsabilidad de representar esos ideales. Y la obra brilla al no tratarla como una persona débil, sino como la pura imagen de la ternura, de esa persona que no destaca por su carácter fuerte, sino por uno emocional, que muestra su verdadera fortaleza cuando tiene el apoyo de otros. Y el simple hecho de que se observe con esa naturalidad resulta todo un abrazo al libre albedrío que debería representarnos.

La ternura no lo es todo

Con todo, y por desgracia, Assassin’s Pride pierde mucha fuerza en sus líneas. Pese a contar con una propuesta emocional tan fuerte como cálida, cae en todo lo que representa a su adaptación. Y es que EMT Squared saca a relucir su breve experiencia y los gastos de producción se acusan sobre una obra que no consigue acabar de encontrar un estilo propio.

Por encima de ello, su mayor problema es que la obra se atropella constantemente, obviando una gran parte de lo narrado en las novelas ligeras originales y perdiendo cualquier atisbo de fuerza que pudiera tener. La conexión con sus personajes, el punto más importante y necesario de la misma, se trata de puntillas y cualquier identificación personal que pueda suponerse en esta crítica se arrastra antes de su original que no de una adaptación que, por desgracia, olvida todo cuanto engrandece a su novela.

Así Assassin’s Pride no es más que una versión descafeinada de una obra que atiende a problemas tan comunes como reales que nos atenazan en el día a día. Su mundo de fantasía es convincente, desde luego, y el juego de clases —extraída de un juego de rol clásico— ofrece un tono diferenciador a su apartado narrativo, aunque el espacio con el que cuente sea claramente insatisfactorio. Una obra de tonos cálidos, que no pretende más que compartir su luz interior y recordarnos que podemos ser tanto Ellise como Melida. Que no debemos esconder lo que somos realmente. Sin embargo, y aunque duela insistir, su puesta en escena es una que juega en su contra constantemente.

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Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.