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Hay un curioso fenómeno que se repite una y otra vez en la industria del cine. Se le llama “películas gemelas” y se trata de películas con temáticas muy similares estrenadas el mismo año. Los ejemplos más famosos son Deep ImpactArmageddon y Antz (Hormigaz)Bichos: Una aventura en miniatura. Los casos anteriores son muestras de cómo a los ejecutivos de Hollywood no les gusta perder: si un proyecto que barajaban termina yendo a las manos de la competencia, lo producen igualmente, pero con algunos cambios superficiales para que no los denuncien. Esta no es la situación en la que están las dos películas de las que vamos a hablar hoy (ninguna de las dos está producida por un gran estudio de Hollywood). Dos “películas gemelas” pueden aparecer también cuando hay una historia en el subconsciente de la sociedad que inquieta por igual a un par de artistas. Ya en 2006 al director Paul Greengrass le pasó lo mismo. A principios de año se estrenaba Flight 93, que recreaba el ambiente del interior de uno de los aviones involucrados en el 11S. Unos meses más tarde, Greengrass estrenaba la excelente United 93. En aquella ocasión, él “ganó” el duelo. En 2018, con la recreación de los atentados terroristas que tuvieron lugar en Noruega en 2011, el director británico no lo ha tenido tan fácil, y en algunos aspectos puede que su 22 de julio (que vimos en Venecia) palidezca en comparación con el Utoya. 22 de julio, de Erik Poppe (que vimos en Berlín).

El punto de vista en el guion

Ambas películas quieren hacer un retrato fidedigno de lo que sucedió en la isla de Utoya aquel 22 de julio por respeto a las víctimas, pero al mismo tiempo su ambición es mayor. Quieren alertar a la población del auge del neofascismo en Europa e intentar encontrar en uno de sus ataques más violentos de los últimos años motivos y soluciones al conflicto (aunque no se expliciten en la cinta).

Hablemos primero de 22 de julio, puesto que, de las dos, es la que más quiere abarcar con su libreto. Está basada en un libro (“la película lo complementa”) de la periodista noruega Åsne Seierstad. Lo que verdaderamente interesa a la guionista es retratar cómo una democracia se recompone después de un ataque tan extremo a sus fundaciones. “Después de la Segunda Guerra Mundial, las democracias tuvieron el reto de reconstruirse manteniendo bajo control los nacionalismos. Ahora, con los resurgimientos patrióticos, necesitan reafirmarse”. La película cuestiona el sistema judicial a través del abogador defensor y cómo él vive contradicciones internas sobre cómo debe actuar. El camino que se debe seguir para aturar al fascismo, según apunta la cinta, es el activismo pacífico y responder con datos y racionalidad al odio. El personaje que escoge para representar esta lucha es Viljar Hanssen. Su viaje de recuperación física y psíquica está muy bien tratado y es clave para la rotundidad del final del filme.

Utoya. 22 de julio tiene un guion más simple al transcurrir todo en la isla y en tiempo real. Pese a eso, tres personas lo firmaron: Siv Rajendram Eliassen, Anna Bache-Wiig y Erik Poppe. Aciertan en su retrato realista de las reacciones y los diálogos de las víctimas. Claramente hablaron con muchas de ellas, y esto queda plasmado en la página y en pantalla.

Dos direcciones distintas

Si el apartado anterior estaba centrado en el fondo, ahora ponemos el foco en la forma. La experiencia de visionar Utoya. 22 de julio es inolvidable por su contundencia y dureza. Gran parte de este mérito es del acabado visual de la cinta. Filmada en un solo plano secuencia, para mostrar lo doloroso que puede ser el paso del tiempo, consigue trasladar a la audiencia el pavor y la impotencia que sintieron. Además, como se puede ver en la imagen siguiente, el fondo del plano está desenfocado para aumentar la sensación de incertidumbre. La ausencia de banda sonora intensifica aún más estas emociones, ya que hasta cierto punto consigue que el público se olvide de que lo que está viendo es un artificio. Eso sí, pese a ser muy contundente estéticamente, nunca estiliza ni glorifica la violencia.

En cuanto a 22 de julio, está rodada con el inconfundible pulso de Greengrass. En la escena de ataque a la isla añade el punto de vista del terrorista (la otra lo omitía, convirtiéndole en una presencia mucho más terrorífica), pero evita convertirlo en una figura atrayente para la audiencia. Todo el tramo que se centra en las consecuencias del atentado no es tan intenso, pero el ritmo nunca decae gracias al buen hacer del director. Cuando en la parte final se convierte en una película de juicios, la realización no se decanta por el efectismo, sino que persiste en su austeridad formal. Al estar producida por Netflix, seguro que su presupuesto era mayor, pero ambas películas son irreprochables visualmente.

Utoya. 22 de julio - El Palomitrón

Autenticidad

Ambas cintas tienen evidentemente una vocación realista: la de Poppe pretender capturar el instante más terrorífico de la vida de las víctimas; la de Greengrass reproduce con meticulosidad imágenes del verdadero juicio al terrorista. No obstante, la segunda toma una decisión que pone en duda su legitimidad: se habla en inglés, pese a que todo el reparto es noruego. Esto crea una distancia, para alguna gente insalvable, entre la película y la audiencia. Aquí creemos que Greengrass cometió un error, y no opinamos que sea culpa de Netflix, ya que la plataforma no tiene problema en añadir contenido en otros idiomas.

Sobre la moralidad

Los dos filmes se mueven por territorios pantanosos (éticamente hablando). Ambas pueden generar reacciones airadas tras su visionado. Utoya. 22 de julio puede ser acusada de sensacionalista y de que se recrea en el sufrimiento de las víctimas. A 22 de julio se la puede culpar de ejercer una falsa neutralidad (mostrando al abogado defensor como víctima) y de no ser suficientemente contundente con su mensaje antifascista. Estas no son nuestras opiniones, pero en los principales sitios web de cine hay críticas en estas líneas.

Esta ha sido nuestra comparación. Para poder hacer la vuestra, lamentablemente, tendréis que esperar un poco más (hasta que se estrene Utoya. 22 de julio). Para poder visionar la de Paul Greengrass, solo tenéis que dirigiros a Netflix.

Pau Jané

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