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El miedo es, probablemente, la emoción que más estados diferentes provoca, pasando por innumerables sensaciones que invaden cada centímetro del cuerpo del pobre infeliz que ha de pasar por tan angustioso trago. Son tantas las causas que pueden provocar tal sentimiento y de tan diferentes formas que cientos de años de cultura del terror avalan dicha teoría, recordándonos que prácticamente en cualquier rincón puede aparecer un tipo de monstruo, demonio, fantasma, difunto o cualquier ser sobrenatural que haga de las suyas y provoque un estado de absoluto pánico que desemboque en los más agudos gritos.  Y, sin embargo, parece que pasar miedo, sumergirse en un estado de terror tan grande como ficticio y, recurriendo a una expresión más simple, pasarlo realmente mal, da lugar a un extraño placer y disfrute que muchos no pueden comprender.

En lo que a experiencia cinematográfica se refiere, las películas de terror son tan antiguas como el propio cine. Son cientos, miles, las adaptaciones de obras terroríficas que ha quitado el sueño a un incontable número de aficionados a las historias oscuras que, llevadas a la gran pantalla, han hecho a más de uno sobresaltarse en su butaca. La búsqueda del propio límite personal en el que se cruzan la satisfacción y el deleite con las secuencias aterradoras que captan sus retinas y el absoluto terror por lo que aparece en la pantalla suponen una de las razones por las que cada vez más espectadores se entregan al placer de pasar miedo. Sin embargo, quizá una de las experiencias más espeluznantes por la que prácticamente cada persona ha pasado es la que reside en nuestra propia cabeza durante la niñez, la del monstruo que habita debajo de la cama o, en su defecto, dentro del armario, escondido esperando pacientemente a que nos rindiésemos al sueño para atraparnos en la oscuridad más absoluta y acabar con nosotros. Esta es precisamente la línea argumental que la actriz australiana JENNIFER KENT (BABE, EL CERDITO EN LA CIUDAD) ha utilizado para su debut como directora en BABADOOK.

 

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BABADOOK centra sus esfuerzos argumentales en una idea que la mente del espectador hará suya, llevándole a una infancia que conoce, haya pasado o no por la experiencia de creer que en su habitación vivían monstruos deseando acabar con él. Se sirve así de la propia necesidad del público de encontrarse con lo que les resulta más conocido y lo que más les conmueve. Otra de las claves que hacen de BABADOOK casi una biografía del miedo por el que todos hemos pasado de niños es la identificación con el pequeño personaje protagonista (interpretado por NOAH WISEMAN) quien, aunque pueda parecer lo contrario, irá creciendo paulatinamente a lo largo del largometraje llegando a extremos interpretativos que apenas se intuyen al principio. Sin embargo, la fuerza interpretativa que más destaca es la de la ESSIE DAVIS (LA JOVEN DE LA PERLA, BURNING MAN) quien logra que el espectador apenas pueda apartar la mirada de la pantalla.

La clave principal de BABADOOK reside en que, a pesar de parecer una película de terror común y de perder fuerza según avanza el film para volver a recuperarla unos minutos antes de su final, la angustia fácil y el miedo absurdo no son sus objetivos principales. Su intención va más allá del pánico sin sentido. Su pretensión más relevante es la exposición del propio miedo de una manera que pocas veces se ha visto antes: Utilizando un pequeño detonante del que nacen todos los acontecimientos que se suceden a lo largo de la película. Y así, las carencias argumentales que parecen salir a flote a medida que la historia va tomando forma se ven reducidas, dando más importancia al poder de la imaginación y a la superación de un obstáculo tan grande como la propia supervivencia.

 

 

LO MEJOR

  • La idea del miedo a los monstruos sobre la que se desarrolla el guion surgida de un objeto tan inofensivo como un libro.
  • La interpretación protagonista. Pone los pelos de punta más que el propio monstruo.

 

LO PEOR

  • Su argumento pierde fuerza a lo largo de la película.
  • Los personajes secundarios.

 

 

Sheyla López

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