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Hablar de Lilly y Lana Wachowski siempre conlleva adentrarse en terrenos pantanosos. Las hermanas que revolucionaron la ciencia-ficción e incluso la historia del cine contemporáneo con Matrix siempre se han movido entre los seguidores y los detractores de su particular estilo. Lo cierto es que sus últimos proyectos cinematográficos (El atlas de las nubes o El destino de Júpiter) no han logrado encontrar el equilibrio entre lo que querían contar y lo que el público esperaba de ellos. Pero parece que las cosas han cambiado a favor de los cineastas con el estreno de Sense 8, su primer proyecto televisivo.

La cada vez más prestigiosa Netflix les dio carta blanca a las hermanas Wachowski para crear, junto al también veterano de este género J. Michael Straczynski (Babylon 5) un ambicioso proyecto cuyo contenido va más allá de una simple sinopsis. La premisa de Sense 8 es aparentemente básica: se trata de la historia de ocho personas que están interconectadas sensorialmente entre ellas de una manera misteriosa y de cómo esta unión cambiará sus respectivas vidas e incluso la propia especie humana. ¿Y esto es todo lo que ofrece la serie? Ni mucho menos.

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Sense 8 es compleja a todos los niveles. Durante los doce capítulos de los que consta la primera temporada no solo vamos a introducirnos en las disputas personales de cada uno de los personajes, sino también en los de la civilización contemporánea. Que las tramas transcurran en sitios tan distintos como Alemania, Chicago, Londres, México, Mumbai, Nairobi, San Francisco o Seúl no tiene otro propósito que ver cómo los protagonistas de esta serie también deberán enfrentarse a los conflictos propios de sus respectivas culturas. La diversidad universal hará que los personajes se necesiten unos de otros para sobrevivir a sus propios problemas y a los que su condición de sensate (término acuñado en la serie para denominar a este peculiar grupo de humanos) puede provocarles.

Parece imposible que puedan abarcarse tramas corales, individuales e incluso generacionales en tan poco tiempo, pero lo que hace todavía más especial a esta serie es su estructura argumental. Pese a que al principio nos resulte chocante tanto corte o cambio de localización y tanto salto de personajes de un lugar a otro, el transcurso de los capítulos convierte este handicap en un elemento propio e indispensable para que la historia vaya cogiendo cada vez más ritmo. Además, y como viene siendo costumbre en las Wachowski, la narrativa visual tiene un gran peso dentro de la serie, ofreciéndonos escenas verdaderamente bellas e impactantes en cada uno de sus episodios con las que atrapan al espectador cuando menos se lo espera.

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Aunque el piloto pueda parecer una asociación de ideas sin ton ni son, lo cierto es que Sense 8 es un crescendo continuo y frenético. Es acción, drama, y reflexión sin ningún tipo de tapujos que se entremezclan hasta ofrecer un resultado que nada tiene que envidiar a las grandes superproducciones cinematográficas. Hay escenas y conversaciones que van a quedarse en la mente del espectador, y éste va a llegar al final de la primera temporada con la sensación de que ha visto el primer acto de una obra cuyo desarrollo no ha hecho más que empezar. De hecho, la reciente y obvia confirmación de una segunda temporada no hace más que evidenciar ese sentimiento. Y es que, si las Wachowski saben jugar bien las cartas, tienen material suficiente para convertir Sense 8 en la nueva Perdidos.

 

LO MEJOR

  • El ritmo e interés que va cogiendo la serie a medida que avanza.
  • La espectacularidad de sus escenas de acción (entre otras).
  • La BSO. Una auténtica delicia de selección que enaltece todavía más algunos momentos de la serie.

LO PEOR

  • Las dudas y la sensación de confusión que puede despertar el piloto.
  • Que, tratándose de una serie sobre la diversidad, apenas se hable otro idioma que el inglés.

 

Jorge Bastante

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