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Driver Paterson El Palomitrón

La vida de Paterson transcurre de forma casi inmutable durante los siete días de la semana que Jim Jarmusch decide mostrarnos en la película: despertado por su astuto reloj biológico al lado de su pareja, Laura (una artista apasionada por la repetición de patrones monocromáticos, entrañable en sus excentricidades), en el cobijo de su habitación, desayuna un bol de cereales, trabaja en su autobús, saca a pasear al perro de su pareja y toma una cerveza en el mismo bar pintoresco cada noche. Pero esta inmutabilidad responde, más que a un estatismo fruto del hastío existencial, a un estado de perfección que el carismático aunque poco hablador personaje (interpretado con una sutileza arrebatadora por Adam Driver) está convencido de haber adquirido. Y aunque a priori se le pueda tachar de fracasado (aunque sus poesías son buenas, es obvio que sigue encerrado en un trabajo que no le permite crecer como ser humano), vemos con el paso de los días que es en esa monotonía en la que Paterson va encontrando un rastro de maravillosas recompensas: el beso al despertarse junto a su amada, las conversaciones de las que es invitado involuntario mientras conduce el autobús y la contemplación de la vida privada que le otorga su asiento privilegiado al frente de este, o la cerveza que comparte con un grupo de desconocidos cada noche de la semana.

Driver y Farahani Paterson

¿Es Paterson entonces la historia de Paterson (el hombre) enamorado de su vida en Paterson (el pueblo donde vive), de la rutina circular que supone la vida de un hombre modesto en una ciudad modesta con un trabajo modesto? No; mejor aún: Paterson es un enamorado de las pequeñas variaciones en su rutina. Es ese tipo de hombre que encuentra la belleza y el amor en una caja de cerillas, o el talento inabarcable en un rapero practicando en una lavandería a altas horas de la noche. Y la cosa con su poesía (cuyo acercamiento es desde la más pura voluntad de expresión) va por el mismo camino: Paterson trabaja con la expresión sensible de sus sentimientos huyendo de metáforas, pero identificando a la perfección los símbolos de su amor por las pequeñas cosas. Jarmusch celebra las pequeñas diferencias de este déjà vu vital de nuestro protagonista tragicómico con la sutileza y austeridad propias del cine indie norteamericano, convirtiéndolas en pequeñas epifanías que nos alejan y nos acercan al mundo poético, y llama al público a recuperar la pasión por las formas y los caminos en los que los sentimientos más puros se presentan al hombre moderno, demasiado ocupado en vivir su vida a través de los teléfonos móviles.

Driver Paterson El Palomitrón

Jarmusch, como es costumbre en gran parte de su filmografía, concibe sus obras como invitaciones a la reflexión y a la implicación emocional, a desentrañar el secreto de esta vida que, como pasajera que es (ya examinó la maldición de la inmortalidad en la maravillosa película de 2013 Solo los amantes sobreviven), nos pide a gritos que nos refugiemos de lo feo y doloroso para aplaudir la hermosura de la sencillez y la simetría: es nuestra única opción para ser felices durante el corto tiempo que estamos recluidos en el paraíso terrenal que nosotros mismos llenamos de horrores. Si Jim Jarmusch fuera a dejar la dirección cinematográfica sin entregarnos ninguna película más, Paterson sería el mejor y más bonito epitafio.

LO MEJOR:

  • La actuación de Adam Driver, la mejor (por ahora) de su prometedora carrera en el cine.
  • La poesía de Ron Padgett.
  • La benevolencia con la que Jarmusch trata a sus personajes.
  • Que se aleje del cine masticado y exija una contribución al espectador.

LO PEOR:

  • Nada.

Pol Longueras

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