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Hasta el último hombre El Palomitrón

Un simple vistazo a la historia de Hasta el último hombre vale para entender por qué Mel Gibson ha decidido que esta sea precisamente su vuelta a la dirección cinematográfica. Más cerca del retrato intimista que del documento histórico, la historia se centra más en mostrar el sufrimiento y sacrificio de un solo hombre por sus ideales que el contexto social del país. Parece que Gibson ha hecho lo que Jolie intentó un par de años atrás con Invencible, solo que este ha exprimido considerablemente mejor los ingredientes de su historia, alejándose de la transversalidad y acercándose a la figura del hombre como portador de su moral hasta las últimas consecuencias, como un calvario moderno del que el damnificado sale reforzado y reconocido. Vaya, algo con lo que el australiano está más que familiarizado, tanto en la ficción como fuera de ella.

Así, primero el protagonista sufre los efectos de una paternidad deficiente por la mella que hace la Primera Guerra Mundial en la mente de su padre, un correcto Hugo Weaving convertido en ese 21st Century Schizoid Man de King Crimson y trasladado a los efectos de la Gran Guerra; después, cuando decide enfrentarse a su deber para con su país y sus compatriotas, sufre las vejaciones tanto de su compañía como de sus superiores militares (entre ellos Vince Vaughn), que por suerte superan la desagradable tendencia del cine actual de convertir a algunos secundarios en extras con frases, y son dotados de personalidad y cierta definición por los guionistas de la cinta (mucha más que, por ejemplo, al romance del protagonista). Andrew Garfield se calza con su mejor acento sureño (aunque su interpretación se encuentra varios peldaños por debajo de su mímesis vocal) y aguanta estoicamente todos los desprecios en una muestra más de lo comprometido que se encuentra su personaje con su causa.

Mel Gibson Hasta el último hombre El Palomitrón

Y con la marcha de los hombres a la toma de Okinawa, Mel Gibson nos propone la película como una reflexión sobre los horrores de la guerra, enalteciendo al primer objetor de conciencia en recibir la Medalla de Honor hasta el altar de la figura mesiánica: decidido a sacrificarse por sus hombres, sometido a su Pasión particular durante el entrenamiento en los barracones y su enfrentamiento constante con el establishment militar, obrador de milagros (el rescate de 75 personas heridas del campo de batalla). Decidido a no escatimar en imaginario visual cristiano, “Mad Mel” incluso le otorga a su protagonista unos estigmas y le desciende de su infierno particular de Okinawa hacia la Tierra, ahora salvada en un baño de luz solar redentor.

La principal cualidad de Gibson como director ha sido siempre su poderosa representación del combate violento en pantalla, y en Hasta el último hombre no va a defraudar a ningún espectador que busque en ella la víscera más pura y el campo de batalla más cruento de los últimos años en el cine. Las escenas bélicas en el tercer acto de la película son una manguera a presión de mugre, barro, metralla, sangre, miembros reventados y ratas alimentándose de los caídos, y añaden un contrapunto macabro en la matriz de un convencional (aunque sobrio) filme sobre la Segunda Guerra Mundial. El australiano consigue una acción narrativamente emocionante, con un montaje claro y una dirección muy correcta.

Andrew Garfield Hasta el último hombre El Palomitrón

Eso sí, no deja de planear nunca sobre la película una duda ética en referencia a lo ambivalente de su premisa, ya que esta actúa a la vez como desafío a la autoridad militar impuesta en tiempos de guerra y como ensalzamiento de las disputas armadas. ¿No choca todo el tercer acto de ensañamiento desmesurado y acción bélica con las ideas del núcleo empático de la película, respondiendo más al disfrute chabacano del espectador medio que a una continuación del discurso? Quizás sí, pero lo cortés no quita lo valiente. Gibson trabaja con un material visualmente potente, con una historia interesantísima desde el punto de vista ético, y su solvencia como director pone el resto para convertir a Hasta el último hombre, pese a sus fallos, en un más que digno regreso a la dirección de películas.

 

LO MEJOR:

  • Supone la vuelta de un maravilloso narrador de historias tras las cámaras después de diez años de ausencia.
  • El festín visual de entrañas y extremidades reventadas del tercer acto.
  • La película es endemoniadamente entretenida.

 

LO PEOR:

  • Su mensaje en pro de la objeción de conciencia queda herido de muerte con el ensañamiento de la cámara de Gibson en las secuencias de batalla.
  • Las actuaciones no están demasiado a la altura de la épica de la película.
  • El insípido romance de la cinta.

 

Pol Llongueras

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