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Desde que en 1994 se lanzara el primer videojuego de la saga Need for Speed ha llovido mucho. Casi 20 años después la franquicia es una de las sagas más populares de videojuegos de carreras. La modificación de los coches (tunning) y las carreras ilegales son las señas de identidad de esta serie cuyas virtudes han sido emuladas por otros desarrolladores análogos, aunque bien es cierto que en pocas ocasiones sus rivales de mercado han igualado los niveles de calidad del producto concebido por Electronic Arts.

Hace ya tiempo que Hollywood, siguiendo esa manía de no arriesgar ni un céntimo, ha descubierto en los videojuegos un filón para generar ingresos confiando en las adaptaciones cinemtográficas de éstos como un reclamo magnífico para atraer a la taquilla a ese público adolescente (y no tanto) que dedica horas y horas a mejorar sus ratios y habilidades delante de una pantalla y una consola. Al fin y al cabo, son ellos el target más importante del cine comercial. Son ellos los que llenan los cines en pandilla y se dejan un pastizal en la entrada y en el bar de las salas. Harina de otro costal es el éxito o la calidad de estas adaptaciones. No es nada fácil llevar a la pantalla las aventuras que enganchan a los jóvenes de todo el mundo porque aparte de que el lenguaje visual, y también el narrativo, es diferente en ambos casos, la experiencia del visionado lineal, sin ninguna opción de interactuación por parte del espectador, resulta casi siempre muy monótona si la comparamos con jugar a dicho videojuego. El cine carece de la libertad de la que disfrutan los programadores, y el tiempo es limitado. El universo de los videojuegos no se puede comprimir en apenas 120 minutos. Así, no es de extrañar que la mayoría de las adaptaciones tengan una recepción muy tibia por parte de los fans. Quizás la más aclamadas hasta la fecha, por acertar en las recreacciones de las atmósferas, haya sido SILENT HILL (CHRISTOPHE GANS, 2006), quedando el resto de propuestas como meros vehículos de lucimiento de sus intérpretes (TOMB RAIDER o MAX PAYNE) o experimentos fallidos que se acercaban más al bochorno que a cualquier tipo de interés cinematográfico (DOOM, MORTAL KOMBAT, STREET FIGHTER…).

 

NEED FOR SPEED

 

Lo que ha hecho SCOTT WAUGH en NEED FOR SPEED es aislar la esencia del videojuego y envolverla con el espíritu de las cintas clásicas nortemericanas de la década de los 70, aquellas en las que la trama era un punto de partida y la carretera, con sus peligros y obstáculos, se convertía en la verdadera protagonista. Así es imposible no acordarse de cintas como PUNTO LÍMITE CERO (RICHARD C. SARAFIAN, 1971), o la posterior LOS LOCOS DE CANNONBALL (HAL NEEDHALM, 1981) como referentes, renunciando a copiar la machacada fórmula de las primeras entregas de A TODO GAS. Poco importa, menos mal, la trama o las motivaciones de los protagonistas. Aquí los dueños de la función son los superdeportivos y las escenas de conducción. Carreras y persecuciones planificadas para sacar el máximo rendimiento a los vehículos que aparecen en pantalla, y en esto WAUGH saca buena nota porque rueda bien este tipo de escenas. Junto al excelente sonido de los motores apreciamos una cierta hablidad a la hora de rodar y montar las secuencias de persecuciones, algo que va a encantar a los fans de este tipo de productos. Si en las últimas entregas de A TODO GAS parece que las tramas ganan terreno a la importancia de los vehículos, algo que está sentando de maravilla a la franquicia de PARAMOUNT, en NEED FOR SPEED sólo hay sitio para los coches.

 

NEED FOR SPEED

 

La trama es una excusa llena de agujeros y fallos de continuidad (atentos a esos repostajes sobre la marcha o a cómo un 4X4 es capaz de hacer 2.000 Km antes que un Shelby Mustang que rinde casi 900 C.V.) por lo que lo mejor es obviarla del todo y disfrutar de los modelos que aparecen en pantalla. Se agradece, eso sí, que por fin podamos disfrutar de mitos como el Koenningseg Agera, el Bugatti Veyron Supersport, el McLaren P1 o el Lamborghini Sesto Elemento, entre otros, porque de modelos japoneses y muscle car americanos ya hemos tenido bastante con la saga de VIN DIESEL y el tristemente fallecido PAUL WALKER.

Encabezando el reparto nos encontramos con AARON PAUL como cabeza de cartel, reclamo perfecto y apuesta de los productores para arrastrar al público joven a las salas. Junto a él, DAKOTA JOHNSON (fijaros bien en ella porque será “Ana”, la protagonista de 50 SOMBRAS DE GREY), la incómoda compañera de viaje de nuestro protagonista, que si al principio es un lastre, finalmente acabará por demostrar su valía al volante. El resto del reparto no tiene mucho que hacer, aparte de masticar chicle, sonreir, ladear la cabeza o chocar “la pala” entre ellos. La gran sorpresa en este apartado es la recuperación de MICHAEL KEATON, en un personaje tan hecho a su medida que da la sensación de que se interpreta a si mismo. Sus escenas son todas hilarantes.

Cinta reservada a los amantes de los coches, que por los modelos y el buen hacer de SCOTT WAUGH para rodar las secuencias más vertiginosas y transmitir la sensación de velocidad, saldrán encantados. Nuestro consejo es que no hagáis mucho caso a la historia porque podeis salir del cine totalmente descolocados.

 

 

LO MEJOR:

  • Los modelos que pueblan la cinta. Verdaderos mitos del asfalto.
  • Lo bien rodadas que están todas las carreras y el trabajo en el aprtado sonoro. Ojo al sonido de los motores.
  • MICHAEL KEATON. Su histriónico papel nos recuerda un poquito a aquella enigmática locutora que guiaba a los Warriors de WALTER HILL por los distritos de Nueva York.

 

LO PEOR: 

  • Su guión. Totalmente inverosímil. ¿Tan difícil era pulirlo “un poquito” más?.
  • Está pensada para un público muy concreto.

 

Alfonso Caro

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Alfonso Caro Sánchez (Mánager) Enamorado del cine y de la comunicación. Devorador de cine y firme defensor de este como vehículo de transmisión cultural, paraíso para la introspección e instrumento inmejorable para evadirse de la realidad. Poniendo un poco de orden en este tinglado.

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