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Melissa McCarthy se ha convertido en una de las mayores estrellas de los últimos años en Estados Unidos. Fanes o no de la actriz, todos deberíamos alegrarnos por semejante logro, y es que no es fácil conseguir un éxito semejante siendo mujer, teniendo más de cuarenta años y con un físico que no casa con los patrones hollywoodienses. El merecidísimo reconocimiento que ha recibido desde 2011 es la demostración de que el trabajo duro a veces recibe su recompensa. Y McCarthy llevaba años luchando por ella.

A continuación os contamos las 5 claves que han llevado a la actriz a saborear las mieles del éxito:

1.º: Empezar desde abajo
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McCarthy no es Jennifer Lawrence y su fama no surgió de la noche a la mañana. Su carrera comenzó hace casi veinte años y tardó quince en ser la estrella que es hoy en día. En estos años ha tenido tiempo suficiente para conocer cómo funciona la maquinaria hollywoodiense y, al contrario que gente como Chris Pratt, no ha necesitado ninguna dieta baja en carbohidratos ni vivir en el gimnasio para llegar a lo más alto.

Su primer papel hace ya veinte años lo consiguió por enchufe en The Jenny McCarthy Show, programa de sketches protagonizado por su prima, pero que no le ofreció garantía alguna en futuros trabajos cinematográficos. Conseguiría anecdóticos papeles más cercanos a la figuración que a la interpretación propiamente dicha en películas como Viviendo sin límites, La vida de David Gale, Los ángeles de Charlie o La flor del mal, y su primer rol relevante llegaría en 2007 de la mano de John August, que la había dirigido una década atrás en un modesto cortometraje y que esta vez había escrito un personaje expresamente para ella en The Nines, una interesantísima cinta que nadie vio protagonizada por Ryan Reynolds y que contaba con un entregado reparto que se desdoblaba interpretando a varios personajes. A pesar de la casi inexistente promoción y distribución, The Nines fue la demostración del talento de una actriz que dominaba diferentes registros que no había podido explotar en cine porque nadie confiaba en ella todavía. Quedarían todavía 4 largos años para la llegada del huracán La boda de mi mejor amiga, y McCarthy siguió apareciendo en cintas hasta entonces, pero ninguna digna de mención.

 

2.º: Labrarse una carrera en televisión

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La televisión es el mejor vehículo de lucimiento para un gran número de actores (y en especial actrices) que a los que el cine empieza a dejar de lado. Cuando Robin Wright se dio cuenta de que estaba harta de interpretar personajes irrelevantes en películas donde nadie la recuerda, apostó por la televisión , su Claire Underwood de House of Cards le ha reportado más fama y prestigio del que pudiese imaginar. Otros, como Melissa McCarthy, comienzan su carrera en televisión con la esperanza de dar un salto al cine, donde poder interpretar un mayor abanico de personajes.

Aunque era una desconocida para el gran público hasta 2011, McCarthy llevaba varios años engordando su cuenta corriente gracias a la televisión. En el 2000 se unió a Las chicas Gilmore, y aunque su papel era el de “mejor amiga de”, pasaría los siguientes siete años de su vida interpretando a Sookie St. James en un total de 153 capítulos. Una vez rematado su periplo Gilmore, y con más prisa que pausa, se unió al reparto regular de la sitcom Samantha Who?, y como Hollywood nos ha demostrado en infinidad de ocasiones, si tienes sobrepeso estás sentenciado a ser el mejor amigo, y lo mismo le pasó en esta serie protagonizada por Christina Applegate. Mike & Molly fue el comienzo de su época dorada y con ella logró dejar atrás aquel prototipo de rol que la había acompañado siempre. El punto de partida de su nueva serie trataba de dos personajes (los Mike y Molly del título) que se conocen en una reunión de Gordos Anónimos (¡!) y se enamoran. Esta comedia romántica logró unas críticas bastante tibias, pero McCarthy construyo una Molly adorablemente humana que le reportó unos cuantos premios. La actriz ha respetado su contrato compaginando la serie con los numerosos taquillazos que ha protagonizado en cines desde 2010.

3.º: Dar la campanada con una película

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Paul Feig ha sido, sin duda, el gran instigador del éxito de McCarthy. El polifacético director, productor, actor y guionista conoce como nadie las claves de la comedia (se ha curtido en series como Nurse Jackie o The Office): la sucesión de gags y cómo sacar oro de la faceta cómica de actores serios. La boda de mi mejor amiga se convirtió en uno de los grandes taquillazos de 2011. A pesar de ser calificada R (donde solo se permite la entrada a menores si van acompañados de un adulto), la cinta comenzó su andadura norteamericana con 26 millones de dólares durante el primer fin de semana, que, gracias al estupendo boca a boca, se convirtieron en 180 al final de su carrera comercial (seis veces su presupuesto), más otros 120 millones en el mercado internacional.

Con perlas tales como “Sale de mí como si fuese lava” o “a veces me gustaría ver las noticias de la noche sin que me penetre”, la nominación a Mejor guion original de la cinta en los Oscar de aquel año fue una sorpresa para todos en unos premios donde la comedia nunca tiene cabida, a menos que hablemos de comedia sofisticada (véanse las cintas sin gracia protagonizadas por gente como Diane Keaton). La boda de mi mejor amiga logró un inusitado éxito crítico y un buen puñado de premios y nominaciones en diferentes gremios, lo que la convirtió en una rareza en el género.

La película impulsó la carrera de la mayor parte de los implicados: Feig retomó con más éxito que nunca su carrera como director de largometrajes; Kristen Wiig se afianzó como una de las mejores (si no la mejor) cómicas de la actualidad, y Rose Byrne se deshacía con éxito de su registro más dramático demostrando que, aunque pocos lo sepamos, es una de las grandes de Hollywood. Pero fue Melissa McCarthy quien sacó mayor partido al gigantesco éxito de la cinta. Tras 15 años en la profesión conseguiría al fin convertirse en cabeza de cartel de cintas donde el mayor reclamo sería… ella misma.

La Megan de McCarthy en La boda de mi mejor amiga (vergonzosa y plagiadora traducción al español del original ‘Damas de honor’) es el típico personaje secundario que se utiliza en cualquier comedia romántica de manual: se incluye a alguien gracioso que normalmente está desconectado de la trama principal para que el público ría y tenga un respiro del “pareja se conoce, se enamora, se enfada y se reconcilia al final”. Sin embargo, esta no es (del todo) una película de manual, y a pesar de cumplir, en parte, con la profecía destinada a este prototipo de personaje, sabe cómo humanizar a Megan, cómo hacer reír al espectador sin necesidad de recurrir a chistes escatológicos (que también los hay, y algunos muy buenos) y cómo hacer que deseemos que vuelva a aparecer en pantalla. No puede ser casualidad que la escena poscréditos esté dedicada a ella.

 

4.º: Convertir en oro (o dinero) todo lo que protagonizas

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Tras el sorprendente éxito de La boda de mi mejor amiga, los productores de Hollywood se fijaron en que Melissa McCarthy había causado revuelo suficiente, y tenía presencia y talento como para ser capaz de levantar por sí misma una película y llenar las arcas de su distribuidora. Aun así, había que ser cautelosos, y hacerla protagonista total era arriesgar demasiado. Es por ello por lo que le endosaron un compañero de reparto famoso y graciosete, Jason Bateman, y juntos protagonizaron Por la cara, una comedia del montón que se convirtió en taquillazo en su país de origen (hizo 135 millones, frente a los 30 que costó), pero no tanto en el resto del mundo, donde apenas recaudó una cuarta parte de esa cantidad.

Había nacido una nueva estrella en América (¿dónde si no?) y los productores se bañaban en billetes de cien. Resacón 3 fue una decepción taquillera (algo lógico teniendo en cuenta que la anterior entrega había sido basura), pero los cuatrocientos millones que hizo en todo el mundo ayudaron a la actriz a seguir dándose a conocer, a pesar de contar con un papel casi anecdótico en ella. Con su siguiente proyecto, Cuerpos especiales, consiguió que sus últimas tres cintas sobrepasaran la barrera de los cien millones en Norteamérica. La película, dirigida por su salvador, Paul Feig, y coprotagonizada por Sandra Bullock, arrasó entre los americanos otra vez. No ocurrió lo mismo en el resto del mundo, donde los 70 millones recaudados supieron a poco y su estreno español se saldó con menos de medio millón de euros, debido en parte a una pésima campaña publicitaria. Un par de años después llegaba su tercera colaboración con el director en Espías, que se saldó con una gran recepción de público y crítica, y coronaba a McCarthy como una de las actrices más rentables de la actualidad. Aquí el público internacional (¡y hasta el español!) cayó rendido ante los encantos de la nueva estrella.

Tammy convirtió definitivamente a McCarthy en un valor seguro en taquilla. A pesar del descalabro crítico (aunque hay algún gag afortunado, la película es un despropósito), el público (norteamericano, of course) respondió llenando las butacas de los cines y la cinta recaudó cuatro veces lo que había costado. La cinta fue escrita a cuatro manos por ella y su marido Ben Falcone, que, además, se encargó de dirigirla. Tras el éxito de Tammy, el matrimonio se embarcó también en la escritura y dirección de ¡Es la jefa!, que llegó al número 1 en EE. UU. y consiguió recaudar el doble de su presupuesto.

 

5.º: Contar con el respaldo de la crítica

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Si bien hay un montón de grandes actores que siempre se han quedado estancados en papeles secundarios (Richard Jenkins es uno de los ejemplos más flagrantes), otros como Melissa McCarthy han tenido más suerte. La boda de mi mejor amiga la puso en el radar público y crítico y le proporcionó una nominación al Oscar por una película y un tipo de personaje que no casan con los patrones que sigue la Academia para establecer a sus nominados. La clave del enorme reconocimiento que consiguió por aquella película se basa en su enorme capacidad para conjugar la comedia más física (el momento lavabo) con la emocional (su discurso de amiga), tomándose la comedia en serio, sin el histrionismo que caracteriza a Jim Carrey y con las habilidades interpretativas que le faltan a Adam Sandler, por ejemplo. Aquel mismo año conseguía, además, su primer Emmy por Mike & Molly (más adelante lograría otras tres nominaciones en los premios más prestigiosos de la televisión). Su nominación al Globo de Oro por Espías demostraba de nuevo que la crítica había caído rendida a sus pies.

 

Este año tendremos a Melissa McCarthy por partida doble en los cines españoles: primero con ¡Es la jefa!, sobre una expresidiaria que debe empezar de cero al salir en libertad (como la Cookie Lyon de Taraji P. Henson, pero en blanca) y que supone uno de los mayores vehículos de lucimiento para la actriz. En verano llegarán Las cazafantasmas, polémico reboot de la película homónima que ya está siendo vilipendiado en redes sociales (podéis leer los comentarios machistas y trogloditas en el tráiler de la película en Youtube), que, si consigue el éxito esperado, se convertirá en la primera saga protagonizada por la actriz, que, además, ha ganado la friolera de 14 millones de dólares por su aparición en la cinta. Además, retomará su personaje de Las chicas Gilmore en el revival que prepara Netflix, en forma de miniserie de 4 capítulos. Tenemos McCarthy para rato, y eso es una noticia excelente para la comedia.

 

Jose Cruz

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