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Recuperamos este retrato de uno de los más grandes actores de la historia del cine (el primer artículo lo podéis recuperar aquí) en un momento crucial de su carrera: su resurgimiento comercial y crítico con El padrino (1972). Este hecho marcó toda su trayectoria restante, que, aunque no es demasiado bien valorada por los expertos —sobre todo la etapa pos Apocalypse Now (1979)—, contiene algunas obras interesantes, en las que su madurez y su desinhibición total le permitieron crear algunos de los personajes más curiosos de su carrera. Sin más preámbulos, empecemos la segunda parte de este fascinante recorrido por la carrera de Marlon Brando.

  1. “Podría interpretarse al Padrino como si fuera un dulce anciano. La gente poderosa no necesita gritar”, Francis Ford Coppola hablando de Vito Corleone.

A inicios de los 70, Brando se encontraba en una difícil situación. La industria le consideraba obsoleto (encadenaba 10 fracasos seguidos) y le dejó fuera del tablero. Por esta razón, se vio obligado a rodar una serie de películas en Europa, como hicieron muchas estrellas venidas a menos del Hollywood clásico, donde le recibieron con los brazos abiertos. Además, su fama de ser irascible y excéntrico en los rodajes aún le perseguía. Por esos motivos, cuando Mario Puzo, el escritor de El padrino, y Francis Ford Coppola le propusieron para interpretar al patriarca de los Corleone, los ejecutivos de la Paramount, en una mala situación económica, se llevaron las manos a la cabeza. Finalmente, gracias a la perseverancia de Coppola, la productora aceptó, con la condición de que Brando hiciera una prueba.

Por otro lado, Brando se mostró reticente a participar en el proyecto inicialmente, puesto que no se veía capaz de interpretar a un viejo mafioso italiano. No obstante, su fascinación por el material le empujó a ponerse bajo la batuta de Coppola, que solo contaba con 3 filmes en su currículo de director. Para el actor, El padrino (1972) es una metáfora de la mentalidad corporativa: los gánsteres intentan emular sus valores (aunque por otras vías) debido a que la sociedad les margina por ser inmigrantes italianos.

En cuanto a la caracterización y construcción del personaje, beben de diversas influencias. El artista quería crear un nuevo canon para los gánsteres, muy lejos del histrionismo de Edward G. Robinson y de otros actores del cine clásico. Al observar a su Vito no intuimos a un personaje malvado, sino a un dulce anciano, en palabras de Coppola. Por lo tanto, un modesto y humilde anciano requería una voz tenue, sin grandes estridencias. El mérito del disfraz vocal no es únicamente de Brando. La inspiración principal fue la voz de Frank Costello, mafioso italiano, registrada en una comisión del Senado de los EE. UU. Escuchad a ver si encontráis el parecido.

El maquillaje, obra de su habitual colaborador y amigo Philip Rhodes, es una maravilla. Desde los algodones dentro de la boca hasta los tapones en las orejas, para escuchar peor los diálogos y emular los problemas de oído del personaje, todo conforma una de las caracterizaciones más famosas y complejas de la historia del cine.

Finalmente, destacan un par de momentos made in Brando, evidentemente improvisados, que se han convertido en icónicos. Estos son el resultado de su proceso de inmersión en el personaje y de su genial habilidad para dominar el espacio que lo rodea, utilizándolo, de una forma muy teatral, para dar realismo y captar la atención del espectador. Así tenemos sus caricias a un gato callejero, el momento en que huele una rosa y su utilización de una naranja para espantar a un niño.

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  1. “Es como si estuviéramos viendo la forma más pura de actuación según el método, un escaparate acerca de cómo un actor se inspira en sus propios recursos de memoria, ira y ansiedad para crear un personaje”, Foster Hirsch hablando de la interpretación de Brando en El último tango en París (1972).

La atención mediática que generó El padrino (1972) desembocó en una desmesurada lluvia de ofertas de la industria que le aseguraba grandes cantidades de dinero en proyectos muy confortables. Irónicamente, el actor, que ya había aprendido la lección, decidió irse a París para participar en El último tango en París (1972), un proyecto que le puso contra las cuerdas.

Bernardo Bertolucci, también impulsado por el éxito de El padrino (1972) decidió contactar con Brando. El director, como es natural, sentía una gran admiración por el actor. Este factor, sumado al hecho de que el cine europeo siempre tiende más a forjarse a través de la libertad en el trabajo de los actores, hizo que fuese la cinta donde se le permitió improvisar más. Asimismo, Bertolucci le incitó a usar sus propios recuerdos para producir emociones, contrariamente a la doctrina de Stella Adler, que, como vimos, confiaba en el poder de la imaginación. Como resultado de este proceso tan radical, tenemos su actuación más desgarradora desde las últimas escenas de La ley del silencio (1954). Si a todo esto le añadimos su instinto y su larga experiencia en la profesión, obtenemos una de las mejores secuencias de su carrera y, nos atreveríamos a decir, de la historia del cine.

Sin embargo, su nivel de involucración le pasó factura. Muchos se preguntan por qué, después de demostrar semejante talento (“la forma más pura de actuación”), su trayectoria fue tan errante y, probablemente, esta sea la respuesta. Como alguien dijo una vez, Brando se hizo famoso antes de descubrirse como persona, y esto lo arrastró durante toda su vida. No podía permitirse jugar tanto con su pasado. Hasta hay una escena en la cinta en la que narra hechos verídicos que le sucedieron, cuando aún no los había asimilado ni se había perdonado por sus errores.

  1. marlon brando el palomitron“Reía, lloraba, me ponía histérico. Nunca había llegado tan cerca de perder la cabeza en un papel”, Marlon Brando hablando de su proceso creativo en Apocalypse Now (1979).

Su aventura parisiense y su aventura en la locura de la guerra de Vietnam están separadas por 7 años, por dos películas y por dos salarios millonarios (uno de 1,5 millones de dólares y el otro de, atención a las personas con problemas cardíacos, 14 millones de dólares). Su actitud rebelde había durado un año y, aunque hizo un buen espectáculo en la ceremonia de los Oscar, había hecho las paces con la industria. Se acabaron los filmes de autor: ahora tocaba papeles cortos en películas muy comerciales para poder embolsarse un buen fajo de billetes. No hay mejor ejemplo de esta codicia que su participación en Superman (1978), en la que no aparecía más de 20 minutos de metraje (3 semanas de rodaje) y por la que cobró los 14 millones dólares (su sueldo más el 11,3 % de la recaudación).

El año siguiente participó en el considerado por muchos cinéfilos como su último gran papel. No opinaron lo mismo algunos críticos que asistieron a la presentación de Apocalypse Now (1979) en Cannes y que calificaron su interpretación de pretenciosa. Y es verdad que, en manos de otro actor, un personaje que se dedica a reflexionar sobre la existencia en la penumbra de su templo podría haber sido insoportable. No obstante, la fantástica presencia física del actor, el halo de misterio con el que dota a Kurt y su voz hipnótica crean el tono ideal para acabar el filme de forma apoteósica. El actor se volvió a sumergir en la mente de un personaje y esta fue la última vez que lo hizo. El resultado es indescriptible.

 

  1. Carmine Sabatini (Marlon Brando): Cuando acabes la universidad de cine, me gustaría ayudarte, puesto que conozco mucha gente en Hollywood.

    Clark Kellogg (Matthew Broderick): ¿Sí?

    Carmine Sabatini: Sí. Te podría abrir un par de puertas, darte una cuantas oportunidades.

    Clark Kellogg: Oh. Oh, no. No, no. No sé… No creo que sea necesario.

    Carmine Sabatini: No, no, no, en serio. Es fácil para mí. Solo haré una llamada. Hacértelo fácil.

    Marlon Brando riéndose de la industria cinematográfica en el papel autoparódico que hizo en El novato (1990).

La relación entre Marlon Brando y la comedia fue un drama en la mayoría de títulos de este género en los que participó. Probablemente fue debido a que su método tan introspectivo y profesional no encajaba con los mecanismos que hacen funcionar la comedia. Sus primeros personajes eran héroes torturados, afectados de una dimensión trágica. Por consiguiente, en su primer papel cómico —Ellos y ellas (1955)— su caracterización amanerada, mas no peor, chocaba con el tono liviano de la cinta y de las actuaciones de Jean Simmons y Frank Sinatra.

El año siguiente participó en La casa de té de la luna de agosto (1956), en la que también abordó el papel utilizando el método. No obstante, en esta cinta su caracterización, tanto facial como de los gestos, era muy superficial y tópica y encajaba muy bien con el tono del filme.

8 años pasaron hasta que volvió al género en Dos seductores (1964). En ella interpretaba a un hombre que actuaba para seducir a mujeres. Este personaje le dio alas para experimentar con nuevos registros más histriónicos.

No estuvo tan acertado en La condesa de Hong Kong (1967), donde le faltó histerismo e ironía para interpretar a un personaje que Cary Grant hubiera bordado. La exageración que le faltó en la cinta de Charles Chaplin le sobró en Candy (1968).

En su última etapa, en la que se mostró más relajado a la hora de interpretar a determinados personajes menos exigentes, destacó en la parodia de Vito Corleone que hizo en El novato (1990), en la tragicomedia Don Juan de Marco (1994) y en Asalta como puedas (1998), donde creó una caracterización muy divertida y completamente desacomplejada, como podéis ver a continuación:

  1. don-juan“La pauta del actor en los últimos 25 años de su carrera fue la siguiente: cobrar un montón de dinero en el período más corto y con el menor esfuerzo posibles, de modo que pudiera seguir financiando al Movimiento Indígena Estadounidense (AIM), así como sus diversos proyectos en Tetiaroa”, Patricia Bosworth en Marlon Brando.

Como hemos comentado anteriormente, sus últimos años profesionales se caracterizaron por los salarios estratosféricos en películas intrascendentes. Mas todo este comportamiento tiene una explicación, como bien apunta Patricia Bosworth en las líneas que encabezan este apartado.

Su mirada crítica y cínica de la industria le permitió coger el toro por los cuernos y, en lugar de contemplar como Hollywood se aprovechaba de él, utilizar sus mecanismos para sacar el máximo dinero posible de la partida y dedicarlo a asuntos muchos más importantes, como era financiar la lucha por los derechos de la comunidad indígena cruelmente humillada, aniquilada y silenciada desde la llegada de los primeros colonos. Como ya había hecho en otras luchas (por ejemplo la de los derechos civiles de la comunidad negra), su participación no se limitaba únicamente a la financiación, sino que asistía a los actos de protesta y se ofrecía para ser aprisionado y así conseguir repercusión mediática para el movimiento indígena. También había acogido en su casa a líderes del AIM perseguidos por la justicia.

Otra causa en la que invertía toda esta millonada de dólares era la mejora del ecosistema de la isla que poseía: Tetiaroa. El artista financió toda clase de proyectos científicos para ayudar a los habitantes de la isla, tanto humanos como miembros de otras especies.

  1. marlon5“Nadie entiende del todo las fuerzas psicológicas que nos mueven, y tampoco puede —al menos de momento— entender todas las reacciones bioquímicas que se producen en el cerebro y que nos llevan a tomar una decisión y no otra, a seguir un camino y descartar otros”, Marlon Brando en Las canciones que mi madre me enseñó.

La percepción del intérprete sobre la verdadera naturaleza del ser humano fue evolucionando a lo largo de los años. En su juventud, su mirada inocente solo diferenciaba el mundo entre buenos y malos. Esta visión también venía determinada por su odio irracional hacia las personas que oprimen: en la figura del abusón veía a su irascible padre. Durante muchos años mantuvo esta teoría por comodidad, puesto que le resultaba difícil acercarse a las zonas oscuras de la mente humana. Sin embargo, la madurez le llevó a concluir que la mente humana es muy ambigua y que todo lo que hacemos es un producto de nuestra herencia, nuestra perspectiva, nuestros genes y nuestra experiencia. “Ningún niño nace malo”, concluye en su autobiografía.

 

  1. marlon4“Una estrella de cine no representa nada. Freud, Gandhi, Marx… Esas personas sí que son importantes. Actuar en el cine es solo un trabajo gris, aburrido e infantil. Todo el mundo actúa: cuando queremos algo, cuando queremos que alguien haga algo…; todos actuamos constantemente”, Marlon Brando en una entrevista de la revista Time.

Es curioso que uno de los actores que más ha aportado al arte de la interpretación sea el emisario de la frase anterior. Más curioso aún si tenemos en cuenta que Brando se forjó en los teatros, y no precisamente en los más comerciales, donde este arte es mucho más que una herramienta para llevar la gente a las salas, vender muchas entradas y permitir a unos pocos hacerse muy ricos.

Analizado racionalmente, es verdad que la importancia de los hechos perpetuados por las tres figuras enumeradas en la frase es mucho mayor para la historia de los seres humanos que la de sus aportaciones al arte de la actuación. Sin embargo, es injusto comparar la obra de uno mismo con la de semejantes personalidades, puesto que, evidentemente, palidecerá.

Marlon también apunta en sus memorias (muy acertadamente) que la profesión de actor es inútil, ya que no tiene ningún tipo de repercusión en la sociedad, no ayuda a mejorar la vida de las personas si la utilizas para productos destinados únicamente a entretener, sin ningún tipo de aspiración a vislumbrar algo trascendente, sin intentar captar una porción de la esencia del ser humano. No obstante, es injusto calificar su carrera de intrascendente, pues en ella destacan títulos que, aunque él no lo considerase, son obras de arte en mayúsculas comparables a clásicos atemporales de la pintura o la literatura.

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En Don Juan de Marco (1994) realizó una sutil y emotiva interpretación

  1. “No critico a quienes piensan lo contrario, pero nunca he considerado acertado dar premios a los actores. […] Ahí está el problema: se lo toman (los actores) demasiado en serio. Cuando el mundo tiene tantos problemas graves resulta preocupante ver que un acontecimiento tan intrascendente adquiere semejante importancia”, Marlon Brando en Las canciones que mi madre me enseñó.

Si, como hemos visto, a Brando ya le parecía de escasa relevancia la profesión de actor, el reconocimiento de este trabajo en forma de premios, sobre todo si son otorgados por el mismo gremio, no le despertaba ningún tipo de interés. Sin embargo, a los inicios de su carrera su fama de rebelde no le impidió asistir a la ceremonia de los Oscar, y hasta subió al escenario en una ocasión para recoger el premio por La ley del silencio (1954).

Otra cosa que Brando despreciaba de los premios (en este caso de los Oscar) era su comportamiento frío y despiadado, paralelo al de la industria y la prensa cinematográfica. En su etapa de oro, irónicamente aquella en que no se dejó domar por los estudios, recibió nominaciones anuales (de 1951 a 1954 estuvo nominado cada año). No obstante, cuando su trayectoria empezó a tambalearse, la Academia le giró la espalda. Entre Sayonara (1957) y el El padrino (1972) fue ninguneado completamente y, aunque es verdad que la calidad media de sus películas (no la de sus interpretaciones) había descendido, continuó demostrando su enorme versatilidad y talento en filmes olvidados (pero muy reivindicables) como son La jauría humana (1966), Reflejos de un ojo dorado (1967) y Queimada (1969), donde realizó, según el mismo Brando, una de las mejores actuaciones de su carrera. Sin embargo, los Oscar (y la industria) optaron por vender su participación en El padrino (1972) como el renacimiento de un actor que estaba en horas muy bajas y adornarlo con una victoria mítica. Como es bien sabido, el actor tenía otros planes, y astutamente decidió utilizar los mecanismos de un evento tan mediático para reivindicar los derechos de los indígenas.

El actor fue nominado dos veces más, aunque no asistió a ninguna de las dos ceremonias: por El último tango en París (1972) y Una árida estación blanca (1989). En esta última realizaba una sutil (calidad difícil de encontrar en sus últimos trabajos) e irónica interpretación secundaria que no destacaba demasiado, pero que sirvió para reivindicar una importante película sobre el apartheid.

Mención aparte merecen los premios Razzie. Es curioso que un actor tan prestigioso fuera nominado 4 veces a estos “antipremios”. Es verdad que en los últimos pasos de su trayectoria trabajó en algunos proyectos de dudosa calidad solo para ganar dinero, como muchos otros jubilados de Hollywood. Sin embargo, en dichas cintas él era lo mejor. Ni en La isla del Dr. Moreau (1996) estaba tan mal (de hecho era lo único salvable) ni en Cristobal Colón: El descubrimiento (1992) (y mira que la película era un despropósito), ni muchos menos en La fórmula (1980) que, por otro lado, era una película muy digna y con un mensaje muy interesante y subversivo. En conclusión, llegó a los Razzie por el efecto arrastre: todas las películas por las que fue nominado tuvieron muchas nominaciones, y lo incluyeron para darse publicidad.

Brando quedó muy descontento con Cristobal Colón: El descubrimiento (1992)

Finalmente, cabe destacar que el actor poseía un premio al mejor actor de Cannes por ¡Viva Zapata! (1952), un Fotogramas de Plata por Queimada (1969) y una Concha de Plata por El rostro impenetrable (1961).

  1. “Ángel como hombre, monstruo como actor”, Marlon Brando según Bernardo Bertolucci.

Hasta este punto, hemos escuchado muchas opiniones de Brando haciendo autoanálisis. Ahora es el momento de coger la pluma y, desde la lucidez que nos proporciona el paso del tiempo, escribir nuestra versión de la historia. Intentemos responder: ¿Qué nos enseñó Marlon Brando?

En primer lugar, nos mostró que la actuación no era una ciencia exacta y que no era suficiente seguir una serie de pautas que establecían un tono de voz, una postura, un gesto en diferentes situaciones. Para conectar con el espectador, el actor debía desnudarse emocionalmente en la pantalla. Escenas como la del coche en La ley del silencio (1954), la que descubre su identidad sexual en Reflejos en un ojo dorado (1967) o aquella en la que conoce la muerte de su hijo en El padrino (1972) son pruebas que le dan la razón.

En segundo lugar, dio una lección a Hollywood (y a todo el statu quo estadounidense del momento) de dignidad moral y de decencia humana al solidarizarse e implicarse con muchas de las luchas por los derechos civiles de diferentes colectivos oprimidos. No fue la única lección que les dio, como veremos a continuación.

En tercer lugar, consiguió mantener cierto compromiso artístico y social a la hora de seleccionar proyectos durante buena parte de su carrera, y en ningún momento se rindió totalmente a los placeres de la industria. No negaremos que hizo filmes flojos, pero, si uno indaga en su filmografía en profundidad, verá títulos ignorados por los ranking pero que destacan por su suspicacia y por su retrato de situaciones y personajes alejados de los tópicos.

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Su desdibujado personaje en Missouri (1976) le permitió probar nuevas tesituras

Finalmente, creó un icono artístico y social que aún ejerce influencia en los jóvenes actores. En el siguiente y último apartado, analizaremos el fenómeno más a fondo.

  1. “En cierto sentido, Marlon había creado a esos tipos”, Al Ruddy hablando de Al Pacino, Robert Duvall, James Caan…

Era imposible que un actor tan icónico, que inventó (o perfeccionó) un nuevo método de actuación y protagonista en algunos de los filmes más esenciales del cine norteamericano no dejara huella en las generaciones de actores que le precedieron. Sin embargo, no era tan evidente que prácticamente 70 años después de su debut aún habría jóvenes promesas que lo citarían como referente fundamental. Analicemos un poco las distintas generaciones que han cogido su testigo.

El magnetismo del actor provocó ya entre sus contemporáneos una especie de idolatría hacia su figura. No hay caso más claro que el de James Dean, que construyó su corta carrera (y su vida personal) alrededor de Marlon Brando, especialmente de su personaje en Salvaje (1953). El primer Paul Newman, que también estudió con Stella Adler, también estaba muy influenciado por Brando.

Saltemos un poco en el tiempo para retratar a una nueva generación de sus vasallos, la generación “padrino”. Como bien señala Al Ruddy, Marlon era el motivo por el cual Duvall (que trabajó con él en 3 ocasiones), Al Pacino, Robert de Niro (que interpretó a un Brando joven en El padrino 2 y que tiene una trayectoria con bastantes puntos en común con la de Brando), James Caan o John Cazale, entre otros, se habían dedicado a la interpretación.

En la siguiente generación encontramos al actor con quien más conectó en su última etapa y con quien formaba una bonita relación paternofilial: Johnny Depp. Congeniaron muy bien tanto delante como detrás de la cámara en Don Juan de Marco (1994), y la relación se fortificó con la participación de Brando en el debut como director de Depp, The Brave (1997). No obstante, su dedicación absoluta y su metodología tan severa le acerca más a Edward Norton, con el que coincidió en Un golpe maestro (2001).

Finalmente, en la actualidad vemos destellos de Brando en Tom Hardy, Jake Gyllenhaal y Ryan Gosling (que lo considera su principal referente).

Desde James Dean a Ryan Gosling, este arte ha evolucionado mucho, mas Brando permanece imperturbable como faro de inspiración y como signo de la sublimación del arte de la interpretación.

Pau Jané

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