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¿Cómo se imaginarían ustedes un documental con este título? ¿Qué imágenes aparecen al leer la palabra selva? ¿Y la selva inflada? Hemos escuchado y leído atributos para la selva de hoy en día como “explotada”, “maltratada”, “talada”, “destruida”… pero ¿inflada? ¿Hablamos de su volumen? ¿Hablamos de ecología, de geografía, de biología o de botánica?

La selva que veremos en este documental es una pequeña parte del todo y, a su vez, de una de las partes más importantes: sus habitantes humanos. Pero, al menos en la primera mitad de la película, no les veremos rodeados de oxígeno verde durante el día ni bajo el gran telón de estrellas y luciérnagas por la noche. No nos mostrarán a su familia o su sangre dibujada en su piel, ni estarán semidesnudos. Sus manifestaciones estéticas, más que las propias de la Amazonía colombiana, son una mezcla de peinados y camisetas de futbolistas europeos, alabando símbolos corporativos del textil de marcas millonarias.

El Vaupés es una de las regiones con los niveles de inflación más altos de Colombia. Por esta razón, entre otras, veremos a los jóvenes protagonistas rodeados de autos ennegrecidos, misceláneas, establecimientos, vidrios, alcohol, basura, billetes y demás elementos que arrastra la vida moderna en regiones como esta.

La selva inflada en el palomitron

Aquí llegan numerosos niños procedentes de comunidades indígenas del interior de la Amazonía, lugares autosostenibles de difícil acceso con largos kilómetros que deben permanecer alerta a las invasiones o intentos de alterar la perpetuación de su sistema. No es un trabajo fácil. Muchas familias creen que, enviando a sus hijos a la región del Vaupés para cursar el bachillerato, invierten tanto en el futuro de sus hijos como en el de la comunidad. Creen que, con lo que aprendan en la escuela, podrán llevar a la comunidad hacia mejores sistemas de sostenibilidad y desarrollo de calidad.

Entonces los pequeños habitantes de estas comunidades, siempre hombres, enrollan su hamaca, agarran dos mudas, y comienzan un viaje de nueve años caminando sobre la hermosa tierra húmeda que les dio (y les da) la vida, y la abandonan para calzarse unas deportivas de marca y llegar a su destino pisando el asfalto ardiente tras las huellas del neumático.

En su viaje estudiarán varias materias: matemáticas, literatura, historia, inglés… Sus profesores afirman que deben saber inglés, porque sin él están out del mundo globalizado. Lo verdaderamente perturbador es preguntarse si su calidad de vida sería muchísimo más sana si permanecieran out y no in del sistema globalizado. Y, en realidad, simplemente al ver las condiciones en las que viven en su nueva ciudad pavimentada, la pregunta se contesta rápidamente, a favor del out.

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Algunos de los estudiantes, con inocente optimismo, sueñan con aplicar los conocimientos de física y química adquiridos para la tecnología de su comunidad, para hacerla más fuerte y robusta, más resistente al exterior, y desarrollarse libremente en lugar de luchar en contra de su inminente extinción.

El problema es que el occidentalizado currículum del bachillerato no está precisamente orientado a la tecnología amazónica ni a los sistemas que la permitirían desarrollarse con equilibrio. Un diploma en la Amazonía sirve para lo mismo que los dichosos billetes: para absolutamente nada. Para recordar nueve años entre ladrillos, hormigón, cemento y plástico, yaciendo en sus hamacas en la hermética apatía de la vida del adolescente civilizado: consumiendo reguetón y conociendo a la mujer a través de su alta literatura, aprendiendo a emborracharse para lidiar con la pobreza, una pobreza que en sus hogares no existía como tal.

El tema principal de denuncia del documental es la reciente (y creciente) ola de suicidios por parte de los adolescentes que acuden a estudiar el bachillerato a la región del Vaupés, emigrantes, desplazados, separados de sus familias y con un fin no muy concreto ni mucho menos realista.

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Un disparate estructural que termina con una foto de un joven con indumentaria académica y gorrito de graduado, y que comienza por el miedo a fotografías finales peores, como la de un posible joven soldado de la guerrilla, del ejército paramilitar o del ejército nacional.

La selva inflada es un documental sin tapujos, sin imágenes violentas, pero con una firme invitación a sentir lo que observamos en la pantalla: el sabor a caucho, a restos de cerveza en los vidrios, el olor al bronce del dinero y la aspereza del cemento rayado del instituto, en contraposición con el refrescante descanso de la sinfonía de la selva: el fluir del río, el viento haciendo llover las hojas, los pasos descalzos haciendo crujir los tallos.

La conclusión es clara: si los jóvenes habitantes de este lugar han de estudiar, no ha de ser el bachillerato occidental ni han de hacerlo lejos de su hogar.

 

Blanca Álvarez

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